Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

El tupa sincero

Ya había hecho polémicas confesiones en “Donde hubo fuego” de Adolfo Garcé y “Cero a la izquierda” de Federico Leicht. Ahora vuelve a las andadas para avalar las denuncias que formuló María Urruzola, en el libro del que todos hablan por estos días.

Ya había hecho polémicas confesiones en “Donde hubo fuego” de Adolfo Garcé y “Cero a la izquierda” de Federico Leicht. Ahora vuelve a las andadas para avalar las denuncias que formuló María Urruzola, en el libro del que todos hablan por estos días.

Se trata de Jorge Zabalza, un extupamaro que se bajó hace años del MPP y del Frente Amplio. Para algunos delira. Para otros, se atreve a confesar aquello que los demás callan, amordazándose a sí mismos en un gatopardismo de conveniencia.

La entrevista que le hizo Daniel Figares en radio Espectador, el lunes pasado, es por momentos inquietante. Zabalza confirma la versión de las “tupabandas”, que habrían perpetrado asaltos en la década del 90 con la intención de financiar las campañas del MPP. Pero no condena esos hechos; al contrario, los ensalza. Los llama eufemísticamente “finanzas” y se lamenta de que quienes los cometieron hayan “pagado muy duro con cárcel”, como si esta no fuera una lógica consecuencia de delinquir. “A los asalariados los expropian todos los días. Al país lo rapiñan todos los días. Esta es una sociedad donde la democracia está hecha para tapar el robo del salario y la jubilación. Es así. Entonces la revolución, como yo la veo, es una expropiación a los expropiadores: el pueblo expropiando a los amos de todo, a los dueños del país. Que hubiera gente decidida a hacerlo para financiar una política revolucionaria, perfecto. Yo no puedo condenarlo (…) Estos operativos son delicuenciales para los que hacen el estado de derecho, que todos los días nos roban. No son delicuenciales para nosotros. Hay un derecho a expropiar”.

Es el más puro pensamiento sesentista, que promovieron irresponsablemente muchos intelectuales, habilitando que ciertas cabezas mesiánicas mandaran a la muerte a cientos de chiquilines usados como carne de cañón.

Zabalza nos ilustra que mientras el MLN llamaba a la lucha contra las Fuerzas Armadas, el Partido Comunista planificaba infiltrarlas, para servirse de ellas en la construcción revolucionaria. Dos hipótesis que el diario del lunes evidencia como tan absurdas que serían risibles, si no hubieran propiciado la persecución, la tortura y la muerte de tantos inocentes.

Es posible que Zabalza sea el último en aferrarse a aquel tinglado ideológico y que sus compañeros de entonces hayan evolucionado. Sin embargo, uno no puede menos que recordar algunos pasajes de aquel documental de la televisión alemana de 1996, donde José Mujica decía que “participar en el juego de la democracia liberal no significa estar de acuerdo con ella”. O donde María Topolansky, en un ambiente bucólico y en compañía de su hermana Lucía, valoraba las “muertes decididas, o sea ejecuciones”, aclarándonos que el MLN hacía “un estudio pormenorizado de la persona y de las razones por las cuales debía ser ejecutada”. Menos mal. Esto lo decían en 1996, casualmente la misma época en que Zabalza ubica las “expropiaciones” para financiar al MPP.

Aquellos nobles esfuerzos rindieron fruto: su supuesto ideólogo alcanzó la presidencia, fundió la principal empresa pública y monopólica del país, sembró la división entre pobres y cajetillas, menoscabó la formación académica y, como consecuencia de tantos logros, poco le faltó para ganar un Nobel. Me permito sospechar que, en su anarquismo expropiador de manual básico, Zabalza no sea tan delirante como lo pintan sus antiguos compañeros de armas, sino más bien el único sincero.

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