Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Risas grabadas

Algunos discursos de legisladores oficialistas, en la sesión por la capitalización de Ancap, me hicieron acordar a una ingeniosa campaña publicitaria internacional contra el consumo de tabaco.

Algunos discursos de legisladores oficialistas, en la sesión por la capitalización de Ancap, me hicieron acordar a una ingeniosa campaña publicitaria internacional contra el consumo de tabaco.

Se limitaba a exponer momentos de los juicios públicos realizados contra las tabacaleras, acusadas de engañar a sus clientes durante décadas, por ocultar intencionadamente los perjuicios a la salud que provocaban sus productos. El recurso de los comerciales consistía en reproducir argumentos formulados por la defensa de las empresas y agregarles un coro de risas grabadas, como las que sonorizaban las series humorísticas norteamericanas.

Escuchando algunos discursos a favor de la gestión de Ancap, sentí el sincero deseo de incorporarles el mismo comentario sonoro.

Un legislador socialista dijo que el déficit es condición imprescindible de toda empresa monopólica que se precie. Otro, comunista, echó de menos que en el balance de Ancap no aparecieran los buenos sueldos percibidos por los obreros que construyeron la planta desulfurizadora. Tampoco faltaron las esmeradas declaraciones de fe ideológica, para dulcificar ineficiencias que rompían los ojos: el diputado que debió volver de Cuba para lograr el quórum, se justificó argumentando que se encontraba en Santa Clara, “en donde está el memorial del Che Guevara y donde fue una de las últimas batallas victoriosas de la revolución”.

Sorprende, y en parte también angustia, el diletantismo que exhiben ciudadanos que deberían estar mejor preparados sobre los temas que tienen que debatir, porque representan a vastos sectores de la ciudadanía. Estoy seguro que no se expresan así con intención de engaño: realmente creen en lo que dicen, apelando a un pensamiento mágico carente de cualquier base teórica.

No es casual que, según informa Búsqueda, un técnico como Pedro Apezteguía renuncie al Partido Socialista, harto de compañeros que entorpecen la gestión de Gobierno con “una irresponsabilidad producto del infantilismo”. En esa línea se inscribe también la disculpa pública formulada a los uruguayos por Esteban Valenti, a esta altura uno de los últimos voceros realmente lúcidos y sinceros del FA. Un pasaje de su columna pone el dedo en la llaga que nos aqueja: “Perdón por poner al frente de las empresas públicas gente sin ninguna credencial o experiencia en administrar un kiosco, simplemente porque son nuestros”.

Con dolor y con cientos de millones de dólares de los uruguayos tirados al resumidero, todos terminamos aceptando que el tiempo de la politiquería llegó a su fin y debe empezar, es forzoso que empiece, el de los técnicos capaces y experimentados, elegidos por estricto concurso, sin importar a qué partido pertenecen.

Es un déficit que no empieza con el FA. Después de la elección departamental de mayo, se supo que hubo ejemplos de despilfarro y falta de probidad administrativa en intendencias de distintos signos partidarios.

Debería existir una legislación que obligara a ocupar los cargos técnicos con personas idóneas, del mismo modo que nadie permitiría que un dentista construyera un puente o un zapatero operara una apendicitis, por el solo hecho de comulgar con la revolución cubana, la heroica Paysandú o los mártires de Quinteros.

El lexicón populista define esto como “tecnocracia”. En lo que me es personal, prefiero técnicos bien controlados a demagogos incontrolables que timbean el patrimonio de los uruguayos.

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