Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Pibes chorros

Después del crimen del policía en la pizzería de Pocitos, se divulgó el posteo en Facebook de una chica, aparentemente vinculada al asesino.

Después del crimen del policía en la pizzería de Pocitos, se divulgó el posteo en Facebook de una chica, aparentemente vinculada al asesino.

Traduciendo su casi inentendible forma de escribir, lo justifica explicando que su autor debía llevarle un plato de comida a sus hijos, porque además “los milicos se lo merecen, por todo lo que le hacen a los pibitos chorros”. Agrega que “si cae en cana va a estar mejor que ustedes, porque en la cárcel se respetan los pibes que matan a los milicos antichorros”. Y concluye: “que maten a los milicos por todo lo que le hacen a los pibes que andan robando, vamo arriba”.

También se viralizaron los datos del perfil de la muchacha, y así nos enteramos que su lema de vida es “la calle te enseña lo que un libro no te da”.

El posteo puede ser verdadero o falso, pero la verosimilitud de esas palabras es incuestionable. Existe un sector de la sociedad que justifica la violencia públicamente y con orgullo, porque está integrada a su forma de vida y a sus valores. Son los herederos del relativismo cultural y la ideología de la polarización. Los que reivindican las letras de Los pibes chorros y Fuerte Apache como revolucionarias. Los antisistema que se valen de dos o tres conceptos descontextualizados de un marxismo básico para justificar sus rapiñas como “expropiaciones”.

El debate que debemos darnos en estos días, ante una violencia criminal que se desborda, es acerca del origen de este minoritario pero gravitante sector de la sociedad. El fantasma que más se agita es la crisis del 2002. Tiene la ventaja de ser creíble, por el agravamiento de la pobreza y la indigencia en esa época, y de librar a quienes nos gobiernan desde 2005 de toda responsabilidad. Pero suena cada vez más a coartada intelectual.

Pasaron quince años. Atravesamos un largo período de bonanza económica. Los índices de pobreza e indigencia fueron abatidos y, sin embargo, las cárceles están atestadas de personas y en las calles se mata a sangre fría y sin piedad.

Todavía hay analistas de la realidad con telarañas en el cerebro, rémoras de un pasado complaciente con el violentismo, al ritmo de aquella canción del Chueco Maciel, con que Viglietti inflamaba las viejas utopías revolucionarias.

Varias generaciones de intelectuales y artistas fuimos corresponsables de una glamorización de la violencia que hoy, sin pobreza ni indigencia pero con asesinos sueltos por la calle, nos devuelve nuestra ingenuidad con un tiro en la cabeza. Otra coartada intelectual es la del narcotráfico, cuyo poder económico y penetración social harían prácticamente imposible derrotarlo (salvo por la genial idea de vender, desde hoy, marihuana patrocinada por el Estado en un puñadito de farmacias).

Pero no debería haber misterios. La violencia del narcotráfico solo se combate con probidad en el ejercicio del poder y represión policial, aquí y en cualquier parte del mundo.

Y la cultura del crimen, con educación y cultura. En su última columna en el semanario Voces, Hoenir Sarthou lo expresa con meridiana claridad: “la situación se describe en pocas palabras: marginalidad cultural. Detrás de eso hay un enorme, porfiado e inocultable fracaso de las políticas educativas y sociales meramente asistencialistas”. Es notable la velocidad con que actúa el gobierno cuando en un liceo público se reparten estampitas. Ojalá reaccionara igual de rápido algún día contra el relativismo cultural y moral.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te puede interesar
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)