Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Pensamiento mágico

Es famoso el cuento popular del investigador que se preciaba de lograr que una araña caminara bajo sus órdenes, y que al cortarle las patas y comprobar que no podía hacerlo, concluía que sin estas, la araña se volvía sorda. Es un buen ejemplo de pensamiento mágico, aquel que desdeña la lógica y opta por simplificar o tergiversar la verdad, forzando la racionalidad para que se adapte a preconceptos falsos.

Es famoso el cuento popular del investigador que se preciaba de lograr que una araña caminara bajo sus órdenes, y que al cortarle las patas y comprobar que no podía hacerlo, concluía que sin estas, la araña se volvía sorda. Es un buen ejemplo de pensamiento mágico, aquel que desdeña la lógica y opta por simplificar o tergiversar la verdad, forzando la racionalidad para que se adapte a preconceptos falsos.

El pensamiento mágico tiene su expresión más típica en las supersticiones y creencias religiosas, que buscan explicar los misterios del hombre y la naturaleza. El cortocircuito entre sus argumentos y la racionalidad que provee la ciencia se ha justificado tradicionalmente en un valor no demostrable, pero existente, el de la fe. Cuando llevamos estas reflexiones al pedestre mundo de la gestión pública, podemos apreciar cuánta influencia ejerce la fe ideológica y partidaria sobre la realidad.

El martes 28, el senador Ernesto Agazzi, relativizando el déficit de Ancap, respondió a Daniel Castro en La mañana del Espectador: “Las empresas públicas no son empresas. Son servicios del dominio comercial e industrial del estado (…) Quiero combatir la idea de que se las pueda evaluar con los mismos parámetros que a una empresa privada”. Hay mucho de pensamiento mágico en este aserto, pronunciado por uno de los senadores más influyentes del sector político mayoritario del oficialismo. Se justifica el déficit mediante una curiosa negación tautológica: una empresa no es una empresa, Kesman no es Kesman. Si de verdad Ancap no se tuviera que evaluar con los mismos parámetros de las empresas privadas, habría que preguntarse quién la financia, quién paga sus sueldos y gastos operativos. Es razonable admitir que los entes no estén obligados a producir ganancias, pero de ahí a promover sus pérdidas hay un largo trecho. No las pagará el gran bonete, serán de cargo directo del bolsillo del consumidor. El eslogan con que esta empresa casi fundida justificó sus cuantiosas inversiones sin respaldo, es bien expresivo del nuevo país del pensamiento mágico: “el Uruguay que queremos”. Lo dicen ellos mismos: quieren un Uruguay que gaste más de lo que produce, promoviendo carreras políticas a cuenta de futuros ajustes de cinturón, que por suerte quedan siempre para después de las elecciones.

Pero esta falta de responsabilidad declarativa no es patrimonio del ala voluntarista del FA, en la que Sendic lidera al MPP, PC y otros. Del lado de los pragmáticos, el intendente Daniel Martínez, expresidente del ente, declaró algo similar al diario El País el jueves 23: “Pregunto: ¿de qué estamos hablando? ¿Ancap tiene que dar balance positivo o tiene que hacer lo que los uruguayos necesitan?”.

Una falsa oposición que irritaría al pobre Vaz Ferreira. Brindar un buen servicio no debería argumentarse como condición necesaria de descalabro financiero. Al contrario, si se quiere “hacer lo que los uruguayos necesitan”, hay que empezar por gestionar con seriedad y eficiencia, para no comprometer su economía con inversiones imposibles de amortizar, que después pagaremos todos.

Mientras tanto, ciertos politólogos de las tertulias radiales minimizan la gravedad de estas disonancias discursivas, atribuyéndolas al “juego político”, como si hubiera que naturalizar las promesas falaces.

Algo huele a podrido en el país de José Pedro Varela.

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