Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Pared de baño público

Las redes sociales constituyen una herramienta extraordinaria, democrática y democratizadora como pocas. No hace falta tener acceso a un periódico para que el bloguero, el usuario de Facebook, Twitter o Youtube hagan oír su voz. Es cierto que el uso que se hace de estas herramientas es desigual. Enviar un tuit diciendo cosas como "ahora voy a comer una milanesa con papas fritas" o ventilar intimidades en Facebook, puede ser muy catártico pero poco agrega a una comunicación inteligente.

Sin embargo, ese defecto no es tan grave como el que hoy nos ocupa: la creciente agresividad y prepotencia que se está dando en estas redes sociales. Por momentos, el nivel de insultos y ordinarieces es tal, que deberíamos pasar a llamarlas "redes cloacales".

Hace unos meses, en su columna de Búsqueda, Claudio Paolillo transcribió algunos de los posteos publicados en Facebook en respuesta a Laetitia D'Arenberg, que cometía el pecado de defender a empresarios e inversores contra la voracid

Las redes sociales constituyen una herramienta extraordinaria, democrática y democratizadora como pocas. No hace falta tener acceso a un periódico para que el bloguero, el usuario de Facebook, Twitter o Youtube hagan oír su voz. Es cierto que el uso que se hace de estas herramientas es desigual. Enviar un tuit diciendo cosas como "ahora voy a comer una milanesa con papas fritas" o ventilar intimidades en Facebook, puede ser muy catártico pero poco agrega a una comunicación inteligente.

Sin embargo, ese defecto no es tan grave como el que hoy nos ocupa: la creciente agresividad y prepotencia que se está dando en estas redes sociales. Por momentos, el nivel de insultos y ordinarieces es tal, que deberíamos pasar a llamarlas "redes cloacales".

Hace unos meses, en su columna de Búsqueda, Claudio Paolillo transcribió algunos de los posteos publicados en Facebook en respuesta a Laetitia D'Arenberg, que cometía el pecado de defender a empresarios e inversores contra la voracidad recaudadora del estado. Ella dijo lo mismo que ha expresado el Presidente Mujica en distintas oportunidades, y lo hizo usando un similar lenguaje llano. Pero tuvo menos suerte que el mandatario: la lluvia de insultos que recibió en Facebook fue atroz.

Un bombardeo semejante se descargó en los últimos días contra el actor Diego Delgrossi, que protagonizó un accidente de tránsito habiendo bebido alcohol. Los comentarios en las redes se ensañaron con él de una manera increíble: un número inesperado de personas se sintió en el derecho de insultarlo, burlarse e inventar agravantes falsos, para poder pegar al caído con más virulencia y desprecio. Lo más doloroso para mí fue que algunos de los autores de esos mensajes fueran colegas del medio teatral, que en lugar de solidarizarse con el compañero que cometió un error y asumió todas las consecuencias inherentes a ello, hicieron escarnio de él, mencionando con sorna que posee un auto de alta gama. No se podía creer que artistas de su mismo gremio verbalizaran de forma tan explícita la envidia a su éxito, insensibles al dolor que un gran tipo, como todos sabemos que es Diego Delgrossi, estaría viviendo en ese momento.

Es que con las redes sociales pasa algo curioso: el usuario escribe con una baja percepción de su responsabilidad como emisor del mensaje, y esto no pasa solamente cuando usa seudónimo. Tampoco existe una línea demarcatoria de procederes en lo ideológico o partidario. Las redes hieden tanto a insultos pueriles contra los ex presidentes, como a agresiones gratuitas de gente opositora al gobierno actual. Basta recordar la viralización descabellada que tuvo la foto del presidente Mujica con sus uñas de los pies descuidadas y la sarta de agravios soeces que despertó. Hay motivos mucho más importantes para criticar al mandatario que su apariencia personal: denostarlo por ella es bajar la discusión a nivel de zócalo y descentrarla del debate que realmente importa, que es el de las ideas y la acción de gobierno.

Pero todo este dislate forma parte de un mismo estilo de comunicación que degrada la democracia, sustituyendo la respetuosa contraposición de ideas por el mediocre manoseo patoteril. Es lamentable que tanta gente utilice estas herramientas de comunicación como quien escribe obscenidades en la pared de un baño público. Tan lamentable como sintomático del deterioro cultural que nos aqueja. Cuando cantamos que Uruguay es el mejor país y celebramos la bendición de The Economist y Mia Farrow, está bueno darse una vuelta por Facebook y Twitter para conocer la realidad.

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