Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Nuestro Día D

Después de compartir en las redes sociales el notable artículo “Estupor”, firmado por Andrea Blanqué en Búsqueda, tuve que enfrentarme a decenas de posteos de lectores, cuestionándola por promover un supuesto odio religioso.

Después de compartir en las redes sociales el notable artículo “Estupor”, firmado por Andrea Blanqué en Búsqueda, tuve que enfrentarme a decenas de posteos de lectores, cuestionándola por promover un supuesto odio religioso.

Claro que ella estuvo muy lejos de cualquier posición sectaria o discriminatoria. Mucha gente todavía no entiende la diferencia entre islamismo e Islam, entre el integrismo criminal de un puñado de fanáticos, peligrosamente esparcidos por el mundo y bien financiados por autarquías corruptas, y la buena fe de millones de musulmanes tolerantes y pacíficos.

En la ya aburrida prédica de algunos, que parecen despreciar el privilegio de vivir en el lado democrático del mundo, se insiste en exculpar a los terroristas y buscar siempre un oscuro origen del mal en los gobiernos de Occidente. Por un lado dicen que la responsabilidad de estos desmanes la tienen los sistemas de seguridad de los países atacados. Sin embargo, si estos asumieran un control policial proporcional al peligro que enfrentan, sus mismos críticos se quejarían inmediatamente de escaladas represivas y pérdida de libertades. Habría que ver qué sistema de seguridad es capaz de evitar que un desquiciado extraiga un cuchillo en plena calle para apuñalar a un transeúnte.

Uno de los argumentos más irritantes que leí en los últimos tiempos, en ese ánimo de justificar o aun exculpar a los criminales, tiene que ver con la circulación de fotos de inmigrantes rechazados por países europeos. “¿Ven? ¡Ahí tienen! Si después uno de estos, a los que impiden el ingreso, se suma al Estado Islámico, no se quejen”. Si no fuera trágico, daría gracia. ¿O sea que acoger inmigrantes no sería un acto solidario sino defensivo? ¿Ser una persona pobre que huye de un país en guerra da pie a convertirse en asesino? ¡Cuánta simplificación, cuánta paradójica estigmatización de la pobreza se oculta detrás de ese pensamiento falsamente profundo y torpemente crítico! He leído a sesudos académicos americanos y europeos, cuestionar la respuesta bélica contra el ISIS y postular que Occidente debería “negociar” con los terroristas, para que no se extralimiten de determinados territorios. ¿Se puede negociar algo con personas que confiesan abiertamente su intención de exterminar a quienes profesan creencias tolerantes y respetuosas de la diversidad?

En el fondo, lo que mueve a estas conciencias a perderse en teorías conspirativas e inversiones de la relación causa-efecto, no es la falta de información ni la carencia de estructuras lógicas de pensamiento. Es miedo. Es la sensación muy primitiva de que “como soy una buena persona, a mí no me va a pasar nada”. ¿Y saben qué? Estamos en un momento del terror global en que nos puede pasar a todos. No importa en qué país estemos viviendo. En esta compleja guerra que emprende el oscurantismo medieval contra el mundo libre, todos somos víctimas potenciales.

Recuerdo la primera secuencia de una gran película de Steven Spielberg, “Rescatando al soldado Ryan”. Con un nivel de truculento realismo, pocas veces visto en cine, registra el desembarco de las tropas americanas en Normandía, en el famoso Día “D”. Spielberg demuestra que caer o avanzar en esa playa fue una cuestión de azar. Y esa es nuestra realidad actual. Solo por vivir en Occidente, cualquiera sea nuestro credo, religión o ideología, podemos ser asesinados. Lo único que nos queda es correr hacia delante, tratando de abrir una brecha en la defensa de la libertad.

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