Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Gringos progres

La entrevista de Sean Penn al narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán permite poner el foco en una categoría ideológica muy particular: la de algunas celebridades norteamericanas que despotrican contra el sistema, sirviéndose explícitamente de las libertades que otorga.

La entrevista de Sean Penn al narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán permite poner el foco en una categoría ideológica muy particular: la de algunas celebridades norteamericanas que despotrican contra el sistema, sirviéndose explícitamente de las libertades que otorga.

Desconcierta ver a un actor tan brillante como Penn defendiendo con entusiasmo las peores causas. Todavía están frescas sus expresiones de apoyo a la clausura del canal de televisión venezolano RCTV porque, según él, en ese medio “todos los días exhortaban a asesinar a Hugo Chávez” (sic).

Ahora entrevista a un criminal con un cuestionario edulcorado que no hace otra cosa que tirarle centros. Así, Penn transcribe una fantástica autojustificación de Guzmán quien, hablando de su infancia en la pobreza, concluye que “la única manera de ganar dinero para comprar comida, para sobrevivir, era cultivar amapola y marihuana”. Al actor no se le ocurrió repreguntar si toda la gente pobre de ese entonces se dedicaba al delito, o si para el entrevistado el origen humilde santificaba al delincuente.

Es una de las características más comunes de los “gringos progres”: siguen difundiendo la idea de que la violencia, en una sociedad libre, está justificada y avalada por la existencia de la pobreza, lo que significa una afrenta a los miles de pobres que trabajan honestamente para mejorar su situación. Cuando Penn pregunta si el narcotraficante se considera una persona violenta, este responde que “lo único que hago es defenderme, nada más”. Otra vez el lector se queda sin la obvia repregunta al criminal responsable de miles de muertos, y por lo menos un centenar de ellos, periodistas.

Es que parece claro que el entrevistado seduce al entrevistador, quien se muestra más preocupado por denunciar a Estados Unidos como mercado demandante de droga, que a quien se enriquece ofertándola a sangre y fuego. Acaso el actor esté influido por el encanto del delito propia de cierto cine comercial hollywoodense.

Y en su permanente aplauso a gobiernos latinoamericanos que cercenan las libertades públicas, Penn repite el lugar común de que hay pueblos que no merecen el imperio de la ley y las garantías individuales, que tienen que subordinarse a un Estado padre que los proteja del temible capitalismo, el mismo capitalismo que, en su propio país, le habilita a ganar fortunas por su trabajo en películas comerciales.

Es una posición interesantemente contradictoria: porque al mismo tiempo que el actor se exhibe como una persona sensible a realidades sociales que le son extrañas, demuestra su prejuicio de superioridad, que prefiere ver a los latinoamericanos más como pobres a quienes asistir que como individuos a quienes respetar en su libertad de expresión y emprendimiento.

Es el sueño del buen salvaje de Rousseau: allá, de México hacia el sur, existe gente buena e ignorante que necesita narcos que le construyan escuelas o líderes prepotentes que piensen por ella. Pocas películas de Hollywood muestran este prejuicio tan claramente como Avatar, que fue un exitazo internacional y llegó a estar nominada al Oscar. Con un presupuesto multimillonario, James Cameron contó una historia simplista de adorables aborígenes de piel azul que amaban la naturaleza, enfrentados a crueles marines norteamericanos que venían a matarlos por intereses económicos. Eso es Estados Unidos, un país tan libre, que se da el lujo de que sus más poderosos productores culturales le hagan contrapropaganda a escala planetaria.

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