Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Despertá, mamado

La ingeniosa metáfora lanzada por Lucía Topolansky durante la campaña de 2014, hoy aplica más que nunca, pero para la oposición.

Quedaron atrás los días en que un FA trancado, defendiendo al indefendible exvicepresidente, caía en las encuestas y permitía avizorar su derrota electoral en 2019. Un par de sondeos realizados con posterioridad a la renuncia de Sendic muestran un FA fortalecido, exitoso en su iniciativa de sacrificar al chivo expiatorio.

Ser la oposición de un oficialismo desgastado es un boleto. Alcanza con exponer sus falencias y dejar que la opinión pública se decante sola. Pero ahora la circunstancia es bien distinta: no basta con seguir dando palos de ciego. Hay que demostrar a la ciudadanía que se está en condiciones de alternar en el ejercicio del poder, una sospecha que el mismo FA, desde el presidente hacia abajo, se solaza en abonar.

El domingo pasado, el Ec. Gabriel Oddone declaró a este diario que "efectivamente, el gobierno no tiene agenda, pero la oposición tampoco la tiene". Con ello marca una equidistancia crítica que puede ser injusta, porque tanto los partidos fundacionales como el PI y el PG están trabajando notoriamente en sus definiciones programáticas. Pero su observación importa porque revela la escasa difusión que se asigna a estos aspectos, mientras los voceros opositores insisten en una estrategia de confrontación, cuando no en un internismo adelantado e inconveniente.

Es claro que no están dadas las condiciones para pensar en una alianza opositora de cara a 2019, pero eso no impide reclamar un esfuerzo consistente de coordinación de una plataforma común. Basta con advertir las coincidencias entre los expertos de distintas tiendas en economía y educación, por ejemplo, para aceptar que existe un espacio real de propuesta opositora unificada, más allá de la comprensible diversidad de partidos y candidaturas.

Hay coincidencia en que debe abatirse el déficit en lugar de aumentarlo y enjuagarlo con nuevos impuestos. Hay coincidencia en que deben combatirse los corporativismos que anclan a la educación en el atraso y la inequidad. Hay coincidencia en que las empresas públicas tienen que gestionarse con transparencia, probidad y profesionalismo, poniendo punto final a la asignación de cargos por amiguismo y cuota politiquera. Hay coincidencia en que esos Frankesteins llamados "empresas públicas de derecho privado" deben ser auditados con todo el rigor que sea necesario, y que las observaciones del Tribunal de Cuentas tendrían que dejar de tomarse como anécdotas risueñas. Hay coincidencia en que los tratados de libre comercio están ahí para aprovecharlos y no para dejarlos pasar, por torpes orejeras ideológicas. No sé si hay coincidencia (pero debería haberla) en la importancia de una política cultural en serio, que combata el deterioro de la convivencia.

Todos estos temas y muchos otros tendrían que constituirse en la agenda opositora. No costaría nada juntar a los líderes partidarios para redactar un compromiso de unidad, independientemente de que presenten énfasis diferentes hacia la elección parlamentaria.

Seguir señalando errores del gobierno cotiza electoralmente a la baja. Ellos son muy eficientes en digerir sus propias incoherencias. Hoy criticar a De León equivale a fortalecer a Astori.

La oposición no debería estar polemizando sobre el comportamiento pretérito de los muertos. Tiene la obligación moral de acordar y promover el cambio que reclama el futuro.

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