Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Coraje, huyamos

Elijo el título de esta divertida comedia francesa de Yves Robert para comentar un dato de la realidad local bastante más sombrío.

Elijo el título de esta divertida comedia francesa de Yves Robert para comentar un dato de la realidad local bastante más sombrío.

Según los resultados de una encuesta realizada por el Grupo Radar para la revista PRO Universitarios, de la que informara El País hace unos días, el 60% de los estudiantes terciarios uruguayos considera la posibilidad de emigrar una vez que finalice su carrera. Eso piensa el 92% de los alumnos de Bellas Artes, el 83% de los del Claeh, el 79% de los de Agronomía de la UdelaR y el 74% de los de ORT, por poner algunos ejemplos. Esta vocación migratoria podría atribuirse a una saludable ambición de realizar posgrados y adquirir experiencia en el exterior, o incluso a una natural consecuencia de la globalización. Por mi parte, me permito interpretarla como el signo de un deterioro de la confianza en el futuro del país, que se torna creciente en los jóvenes con mayor nivel de instrucción. Esto se hace visible cuando se cruzan los datos anteriores con otros resultados surgidos de la misma encuesta, que se hicieran públicos a fines del año pasado. Al consultar a los muchachos acerca de cuáles empresas elegirían para trabajar una vez que se reciban, las 10 más votadas siguen un revelador patrón: ocho son públicas (o instituciones estatales) y apenas dos son privadas. Para un universitario uruguayo es deseable trabajar en Antel, el BPS, el BROU, la Intendencia de Montevideo, el Mides, la DGI, la UdelaR y la UTE. Solo en los puestos cinco y 10 figuran tímidamente el estudio Ferrere y Montevideo Refrescos.

Cruzar ambos resultados (la mayoría de estudiantes que eligen emigrar y la simpatía por arroparse bajo el edredón del Estado) pone de manifiesto la gravedad de nuestra situación actual. Puede ser que los muchachos aplaudan a Mujica cuando dice sus máximas a lo Paulo Coelho, pero en los hechos comprenden que si ejercen su profesión liberal o trabajan en emprendimientos generadores de riqueza, lo más seguro es que sean víctimas del bullying pobrista y la voracidad tributaria. ¿Para qué elegir el tortuoso camino de producir para pagar impuestos, si se puede cobrar un buen sueldo donde se persigue a quienes los evaden? Hartos de un sistema que ensalza al comunismo pitufo en los textos escolares, toman uno de dos caminos: adaptarse a la mesocracia del empleo público o rajar lo más rápido posible a países en serio que sepan aprovechar los conocimientos que recibieron en el nuestro y los valoren como corresponde. Hace unos días, un docente que preside uno de los sindicatos de la enseñanza hablaba con sorna contra el fomento al emprendedurismo que muchos reclamamos. Lo oponía tendenciosamente al desarrollo del espíritu crítico, sin comprender que este último es uno de los insumos más importantes con que debe contar un emprendedor, justamente para comprender la realidad que lo rodea y aportar su creatividad en modificarla. Uno se pregunta a esta altura si no existe una intención explícita de socavar la capacitación individual y el ansia de superación personal, con el fin de manejar más fácil a masas subeducadas, anestesiadas por el fóbal, el porro y las telenovelas turcas. Tal vez sea paradójicamente correcto atribuir a un oscuro jerarca de la educación el título de “José Pedro Varela del quinquenio”. Porque, en cierta forma, los uruguayos hemos asistido en estos años a una revolución educativa, pero al revés. Una formidable y muy eficiente involución hacia la lumpenización y el oscurantismo.

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