Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Cooperativa de votos

La penosa situación generada por el expresidente Mujica, con su insulto a Esteban Valenti, reeditó una inquietud que compartimos muchos: ¿volverán a votar juntos en 2019? Y la respuesta de todos los implicados es categórica: claro que sí.

La penosa situación generada por el expresidente Mujica, con su insulto a Esteban Valenti, reeditó una inquietud que compartimos muchos: ¿volverán a votar juntos en 2019? Y la respuesta de todos los implicados es categórica: claro que sí.

Dicen que por encima de las diferencias personales, por más duras que sean, comparten un proyecto común. Como si existiera algo en común entre el pragmatismo de Gabriel Oddone y el pensamiento mágico de Daniel Olesker. Como si lo hubiera entre quienes se escandalizaron (sin éxito) por el mal manejo de las empresas públicas y aquellos que, en el colmo de algo que no se sabe si es cinismo o ignorancia, opinan que estas deben ser deficitarias para cumplir bien su función.

Desmenuzando los argumentos con que justifican que mantendrán este matrimonio por conveniencia, aparece la lealtad inquebrantable a la izquierda, en oposición a la satanizada derecha. (Hace unos días, en ocasión del aniversario del 9 de febrero de 1973, tuvimos que escuchar otra vez que los partidos fundacionales, a pesar de haber cosechado entonces más del 80 por ciento de los votos, representaban a “la oligarquía”). Y no hace falta aclarar que ese argumento también es falaz: ¿qué tienen de “derecha” el wilsonismo, el batllismo, el Partido Independiente y Unidad Popular, todos ajenos al gobernante Frente Amplio?

La verdad es que, al día de hoy, tal como lo constataba Francisco Faig en su columna de hace unos días, la unidad del oficialismo se justifica pura y exclusivamente por la necesidad de mantener el poder. Es lo que ellos mismos reprochaban a los partidos tradicionales antes de la dictadura, a los que calificaban como “cooperativas de votos” que integraban en una misma colectividad a personalidades tan disímiles como Aguerrondo y Ferreira Aldunate o Pacheco Areco y Vasconcellos. Pero la contradicción de hoy es más grave que la de entonces. Porque nunca antes en la historia del país las propuestas y decisiones de un presidente fueron tantas veces rechazadas por la mayoría de los legisladores de su propio partido.

La cooperativa de votos se puede transformar en un ascensor para el cadalso. ¿Qué dirán a sus votantes los frenteamplistas responsables, cuando se siga aislando al país de los acuerdos comerciales globales, se continúen cambiando las reglas del juego tributario en perjuicio de las empresas y se acentúe la tendencia a subvencionar lo populachero por encima de las más altas expresiones culturales? ¿Vale la pena ejercer el poder para hacerlo con un desempeño nefasto? ¿No habrá llegado la hora de tomar decisiones audaces, aunque resulten antipáticas al piloto automático que adormece las conciencias?

En sus orígenes, el Frente Amplio mismo fue la expresión de libertad de un conjunto de dirigentes, la mayoría de ellos bien intencionados, que entendieron que debían franquearse las barreras partidarias para inventar otra cosa, un camino donde quienes pensaban lo mismo, votaran juntos.

Hoy, ante el bloqueo político que se produce por insalvables diferencias ideológicas, parece necesario un mismo nivel de audacia. Porque ya no se trata de romper la estructura: se está desmoronando sola, por la erosión de intereses sectoriales en pugna. Un sinceramiento político permitiría restar influencia a quienes tienen más aparato que votos y reasignársela a los que representan a las verdaderas mayorías.

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