Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

El ADN del caos

Pocas metáforas más infelices se han usado en comunicación política que la de cambiar el ADN de la educación. No porque deje de ser original o ingeniosa, sino porque obliga a quien la formula a alcanzar un objetivo ambicioso que, en las actuales circunstancias de desgobierno educativo, es prácticamente imposible de cumplir.

Pocas metáforas más infelices se han usado en comunicación política que la de cambiar el ADN de la educación. No porque deje de ser original o ingeniosa, sino porque obliga a quien la formula a alcanzar un objetivo ambicioso que, en las actuales circunstancias de desgobierno educativo, es prácticamente imposible de cumplir.

A Jorge Batlle le pegaron por su presunción de un gobierno divertido. A Lacalle Herrera por su apelación a la motosierra. A Mujica por tantas expresiones malsonantes, que no alcanzarían los 3.500 caracteres de esta columna. Tal vez este gobierno de Vázquez sea recordado por su metáfora del cambio de ADN que, en educación, ni siquiera pasará de ser un recorto y pego.

El episodio reciente de la elección de horas docentes es una perla más en este collar de abulia, inoperancia y desencanto. Una iniciativa mínimamente lógica, que contaba con amplio consenso político y que permitía que en 2017 no se reeditara el panorama vergonzante de grupos sin docente, ahora cae, otra vez y como siempre, por la oposición sindical.

Es todo un símbolo: en un país donde sube el índice de desempleo y los puestos de trabajo del sector privado tambalean aquí y allá, hay una corporación de funcionarios públicos que se da el lujo de rechazar la garantía de empleo seguro y estable por dos años.

Entre los que criticamos este escándalo, hay un punto de vista que rechazo frontalmente: el de quienes se restregan las manos satisfechos por un nuevo fracaso del gobierno. Es una mirada egoísta y torpe. La víctima no es aquí el Frente Amplio, sino los miles de estudiantes que siguen postergando su oportunidad de recibir una educación de calidad y con ello, hipotecando su futuro. La causa educativa no debería ser una moneda de intercambio de divismos partidarios. Tendría que convertirse en una misión nacional que traspasara fronteras partidarias y uniera a todos los demócratas contra un puñado de intolerantes con poder inmerecido, enfermos de corporativismo e impiedad. Como en cualquier otro cambio, el educativo solo podrá verificarse si se toman medidas que para algunos serán muy antipáticas.

Con la malsonante sinceridad que lo caracteriza, el ex presidente Mujica dijo claramente qué había que hacer con los sindicatos de la enseñanza, en el libro de Danza y Tulbovitz. Sin llegar a tal solución escatológica, como docente egresado del IPA que soy, creo que llegó el momento en que mis colegas demócratas y bien intencionados, que son la amplísima mayoría, abandonen la prescindencia sindical y militen seria y denodadamente para sacar de la dirección gremial a ciertos ultras que representan a muy pocos. Que olvidan la célebre frase de Héctor Rodríguez, un líder obrero en serio, cuando decía que la condición de izquierdista no se mide por la radicalidad de las propuestas de lucha.

Hablo con amigos docentes y me desespero. Mayoritariamente se han desafiliado de un sindicato que consideran cooptado por los radicales. Incumplen los paros y ocupaciones estúpidas que estos decretan, pero no hacen nada para cambiar la realidad que está afectando directamente a estudiantes provenientes de los sectores más frágiles de la sociedad. Todos los argumentos racionales del mundo no alcanzarían para convencer a dirigentes cegados por su prejuicio ideológico. Pero confío en que la inmensa mayoría de los docentes, esos que llevan en su ADN el amor por la enseñanza, algún día se rebelarán y los bajarán de su podio de cartón.

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