Francisco Faig
Profesor universitario. Ensayista
Francisco Faig

2016, un balance y su legado

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Las fiestas y el verano ayudan a ser optimista. Además, se acumularon buenas noticias al cierre del año.

Todo indica que pasó el susto de que la economía se cayera con estrépito. Incluso, el crecimiento será mayor al esperado y completamente desacoplado de lo que ocurre en Argentina y Brasil. El gran objetivo fijado por Vázquez se cumplirá, porque no parece peligrar el grado inversor. Pero además de estos datos generales, hay otros que suman en el mismo sentido optimista.

El desempleo se mantiene en guarismos históricamente bajos y la perspectiva de una buena temporada turística es generalizada; la inflación cedió y permitió al gobierno aflojar la cincha de los ajustes salariales, de forma de impedir bajas dramáticas de salarios reales: en el peor de los casos, la inmensa mayoría parece al menos mantenerse en un horizonte de corto plazo. En el frente externo, el reordenamiento de la agropecuaria parece haberse hecho este año y no se avizoran precios planchados para nuestros productos de exportación. Si bien es verdad que las tasas de interés subirán y que hay mayor endeudamiento agropecuario, también es cierto que hay colchón financiero macroeconómico. Y con la inversión prevista de una nueva planta de celulosa hay también perspectivas de empuje para el producto bruto de aquí a 2019, con exigencia incluso de grandes inversiones en infraestructura.

Con todo este escenario, es difícil convencer a la autocomplacencia nacional de que, en realidad, no vamos bien. Porque siempre se puede ver el vaso algo lleno incluso en áreas que todos sabemos son muy deficitarias. Por un lado, por ejemplo, es posible que al cerrar 2016 los hurtos y las rapiñas no mantengan el ritmo de crecimiento que tuvieron estos años y que los homicidios no crezcan con respecto a 2015. Hay también algunas señales de mejora en las posibilidades de inserción laboral de los presos, con el acuerdo recién firmado entre Interior y la Intendencia de Montevideo. Por otro lado, a pesar de los malos resultados PISA, el plan Ceibal está dando cursos de inglés gracias a plataformas on-line y también lanzó un curso de programación para 1.000 jóvenes.

El problema es, como siempre, el ritmo, la profundidad, la rapidez y la urgencia que se precisan para enfrentar los problemas del país. Porque las numerosas buenas noticias aquí señaladas no alcanzan para mejorar sustantivamente nada. Logran, con suerte, algún empate. Esencialmente, con lo logrado en 2016, seguiremos siendo a futuro un país con malos resultados en seguridad, educación y nivel de desarrollo económico.

No seremos, claro está, los peores del barrio, aunque siempre se omita al afirmar esta evidencia que, en realidad, nunca lo fuimos: ni en 1920, ni en 1950, ni en 1970, ni en 2000. Como nación, siempre logramos sobresalir en la región. Incluso, en el pasado, alcanzamos a estar a la vanguardia del mundo entero.

No tiene vuelta: el 2016 nos deja la certeza política de nuestra preferencia por este gradualismo soso. No enfrentaremos las reformas necesarias para dar los saltos cualitativos que nos permitan en diez años más estar en un lugar diferente y mejor en niveles de ingreso, educación, seguridad y perspectivas de desarrollo. Es su peor legado.

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