LA BITÁCORA

El Watergatede Trump

El fantasma regresó y seguirá rondando la Casa Blanca. El gobierno de Donald Trump nació a la sombra de un Watergate y el caso será una espada de Damocles sobre el primer gobernante que inició su mandato con riesgo de terminar en juicio político. No podría ser de otra manera.

No se trata, como dice Trump, de una operación de la prensa, a la que denigró desde la campaña electoral, como hacen todos los líderes populistas. Se trata de lo que está a la vista desde que, en la campaña electoral, fue el primer candidato de la historia norteamericana que elogió a un líder ruso y al modelo de liderazgo autocrático que caracteriza al modelo de poder que encarna Vladimir Putin. También fue el candidato al que el jefe del Kremlin elogió públicamente y cuyo triunfo festejó sin disimulo.

A eso se suma la fallida incorporación de Michael Flyn en el Consejo de Seguridad Nacional, destituido poco después al conocerse sus constantes contactos con funcionarios de Moscú y con la embajada rusa en Washington. También la designación como secretario de Estado de Rex Tillerson, CEO de la petrolera Exxon que pasó años en Moscú y trabó amistad con la elite que gobierna Rusia. Y no fue todo: Trump criticó a la OTAN, amenazando con sacar a los Estados Unidos de la alianza que estableció el cerco geoestratégico que sofocó a la Unión Soviética y contra la cual Putin manifiesta abiertamente su aversión.

Una teoría con mucha lógica dice que cuando Carlos Menem estaba en campaña electoral para su primera presidencia, la DEA le manifestó estar al tanto de un plan para que Argentina reemplazara a Panamá en el trayecto del dinero narco que necesitaba ser lavado. Esa teoría explica que por esa embestida de la DEA, cuando llegó a la Presidencia, Menem dejó de lado su nacionalismo caudillista, se convirtió en un neoliberal de último momento, se lanzó a las privatizaciones y proclamó las "relaciones carnales" entre Argentina y EEUU.

A esta altura del Rusiagate, Trump está obligado a sobreactuar enemistad con Rusia, del mismo modo que Menem sobreactuó amor al Tío Sam y al Consenso de Washington.

La diferencia es que, en Estados Unidos, la sobreactuación no lo salvaría de un juicio político si se prueban las sospechas.

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