NUEVA GENERACIÓN EUROPEA

La UE puede tener desde hoy a su gobernante más joven

Encuestas dan ganador en Austria a Sebastian Kurz que rechaza inmigración.

Sebastian Kurz. Foto:Reuters
Sebastian Kurz. Foto:Reuters

Con solo 31 años, nueve de ellos en la actividad política y seis en el gobierno, Sebastian Kurz es el candidato a las elecciones generales adelantadas que se realizan hoy domingo en Austria, a quien las encuestas de intención de voto dan más opciones de ser el nuevo canciller federal, al frente de un Partido Popular (ÖVP) al que ha cambiado los estatutos, el nombre y hasta el color.

Por tanto, puede convertirse en el gobernante más joven de la Unión Europea (UE), desplazando de ese lugar al presidente de Francia, Emmanuel Macron que tiene nueve años más que él y al primer ministro de Irlanda, Leo Varadkar, que tiene 38 años. Para lograrlo, es probable que tenga que hacer un acuerdo con la ultraderecha.

Ha renovado totalmente a su partido, al extremo que su candidatura pone su nombre delante, "Lista Sebastian Kurz", dejando de lado el de una fuerza política con siete décadas de historia, la mayor parte en el desempeño del gobierno.

Ascenso.

Kurz, nacido en Viena, en 1986, comenzó su carrera en la política con 23 años, al hacerse cargo de las juventudes del ÖVP. Dos años después fue nombrado secretario de Estado de Integración; con 27 ya era ministro de Exteriores; y desde el pasado julio es presidente del partido.

Su experiencia laboral en la empresa privada es mínima y no ha terminado sus estudios de Derecho.

Pese al magro currículo, ya meses antes de hacerse cargo del partido, en los medios se le mencionaba como la gran, o única esperanza, de una formación que andaba en mínimos históricos de intención de voto y era parte de una coalición con los socialdemócratas asediada por los conflictos internos y el auge del FPÖ.

Tras la renuncia del anterior líder del partido, Kurz rechazó la oferta de su socio socialdemócrata para mantener la gran coalición, pidió elecciones anticipadas y asumió la presidencia del ÖVP imponiendo un cambio de estatutos que le da plenos poderes para decidir cargos, candidaturas y estrategias.

Con este nuevo líder, el ÖVP subió en pocas semanas diez puntos porcentuales en intención de voto, más o menos los mismos que ha perdido el FPÖ, y se ha desatado una auténtica "kurzmania".

El candidato conservador defiende una restrictiva política de inmigración y asilo, en la que ha planteado que la Unión Europea copie la estrategia de Australia de internar directamente en islas a los refugiados interceptados tratando de llegar a sus costas.

En lo económico, defiende la bajada de impuestos para la clase media y empresas, además de prometer una reducción de la deuda a largo plazo, en parte reduciendo subvenciones y el gasto social que, asegura, provoca la llegada de inmigrantes y refugiados.

Cambio.

Sus críticos le recriminan la falta de concreción (ha presentado su programa electoral en tres partes, la última apenas 18 días antes de las elecciones) y que su estrategia esté dominada por la imagen y el marketing, sin contenido detallado ni ideas nuevas.

En su propaganda electoral Kurz invita a sumarse a un "movimiento", en un aparente guiño al "En Marche!" del presidente de Francia, Emmanuel Macron, y ha llegado al extremo de que en los carteles ni siquiera aparece el logo o el nombre del ÖVP.

El color turquesa ha sustituido al tradicional negro con el que el partido se identifica desde su fundación en 1945.

Así, alguien que no ha sido otra cosa que político en un partido del "establishment", ha logrado presentarse como "embajador" de una nueva forma de hacer las cosas, alejada de la vieja política.

Pese a esa revolución, Kurz cuenta con el apoyo de los barones del partido, que ven en él la oportunidad de volver a ocupar la jefatura del gobierno después de diez años de segundones en coaliciones con los socialdemócratas.

De hecho, muchos analistas ven tras el ascenso de Kurz la guía y la mano del último canciller conservador, Wolfgang Schüssel, que en 2000 formó gobierno con el FPÖ.

Eso desató una oleada de críticas dentro y fuera de Austria, incluyendo sanciones diplomáticas de los demás países miembros de la UE por permitir que un partido ultra llegara al gobierno.

Kurz no está casado ni tiene hijos pero vive en Viena con Susanne, su novia desde su época en el instituto, que trabaja en el Ministerio de Finanzas.

Encabeza la elección con seis puntos de ventaja.

Sebastian Kurz aparece con un 33% de intención de voto en las encuestas, supera a sus dos grandes contrincantes, el Partido Socialdemócrata (SPÖ), del canciller federal Christian Kern, que tiene 27% y el ultraderechista Partido Liberal (FPÖ), liderado por el populista Christian Strache, con 25%. Kurz ha arrebatado parte de sus votantes y su tema estrella al FPÖ: la inmigración y las consecuencias que esta tiene para la UE. Los otros partidos —Los Verdes (ecologistas), Neos (liberal) y Lista Peter Pitz (izquierdista escindido de Los Verdes— tendrían entre 5% y 7% cada uno, lo que resulta muy bajo para ser relevantes a la hora de formar una coalición de gobierno.

Califican de brillante cómo borró la imagen aburrida de su partido.

Austria —con 8.754.413 habitantes y un territorio de 83.871 km— es uno de los países ricos de la Unión Europea, pero ahora realiza un gran esfuerzo para que la gente pueda volver a tener oportunidades laborales, después de cinco años de creciente desempleo que se sitúa en 6,1%, a lo que se suman temores por la globalización y el cambio impulsado por la revolución digital. Eso inquieta a los ciudadanos que siempre buscan el consenso.

En ese panorama surge Sebastian Kurz, respaldado por estrategas, que ha creado el Proyecto Ballhaus, en referencia a la dirección en Viena del despacho del canciller, situado en la Ballhausplatz.

"Sabe lo que quiere y es despiadado", señala Stefan Lehne, académico de Carnegie Europe. "Había un enorme bloque oscuro en Austria, y Kurz lo pinta de turquesa, lo define como un movimiento y le cambiala cara a uno de los partidos más aburridos de Europa. Es brillante".

El jueves, en el debate con los otros candidatos, ratificó que los refugiados agotan los recursos del país. "Por eso me opongo, a que los refugiados, que no aportan al sistema, reciban beneficios aunque sean más bajos. Esto debe terminar. THE NEW YORK TIMES

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