Constantes “ninguneos” del kirchnerismo estancan al candidato oficialista

Scioli acorralado por su propia interna no logra levantar cabeza

El personaje de David Carradine en Kung Fu soportaba, con calma búdica, las afrentas que le hacían los forajidos que encontraba en su larga marcha por el Oeste americano. Pero había un punto en el que, salvando su dignidad, recurría a las artes marciales y, con puñetazos y patadas voladoras, les daba su merecido.

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Oscuro parece el porvenir hacia el balotaje para Scioli. Foto: AFP.

Esa era la fórmula de los libros escritos para televisión por Herman Miller en la década del setenta. Sin la mansedumbre inicial, no se habrían disfrutado tanto los dignos estallidos con que ponía a sus viles agresores en caja. Y sin los justicieros puñetazos y patadas, la serie habría sido un fracaso.

Daniel Scioli es un Kung Fu que nunca salva su dignidad de las afrentas y humillaciones. Desde que empezó a recibir coscorrones en público, muchos argentinos esperan el momento en que la serenidad búdica deje su lugar a la defensa propia. Pero ese momento nunca llegó.

La primera humillación se la propinó Néstor Kirchner, cuando siendo su vicepresidente osó opinar sin consultar al mandatario. El castigo fue una larga temporada en el freezer y la expulsión de los funcionarios que había designado en las secretarías de Turismo y Deportes.

A la segunda tunda se la dio Cristina. Por entonces, además de primera dama era senadora y lo vapuleó duro en una sesión del Senado. Aquel vicepresidente agachó la cabeza y ni dijo ni mu ante la andanada de críticas que le hizo la esposa de su jefe.

Después empezaron a chicanearlo y ningunearlo los intelectuales orgánicos, mientras se convertía en blanco predilecto de la artillería periodística de los medios estatales y de los para-estatales.

Desde hace varios años, una forma de mostrar fe inquebrantable en el "relato" y adoración a su iluminada líder, ha sido criticarle a Daniel Scioli su estética y sus rudimentarios gustos artísticos, además de tratarlo como un impostor menemista que se infiltró torpemente en el progresismo.

Como los televidentes setentistas cuando veían Kung Fu, al acumularse las ofensas crecía la ansiedad de ver a Scioli rebelarse de una vez por todas y librarse de sus maltratadores. Pero en lugar de llegar la digna reacción reparadora, el "patito feo" del kirchnerismo seguió actuando como si sufriera síndrome de Estocolmo.

Ya designado candidato por resignación (ningún otro dirigente kirchnerista se le acercaba en las encuestas), habrá pensado que su largo vía crucis de afrentas y humillaciones terminaba. Volvió a equivocarse. Estela de Carlotto dijo que sería un presidente "de transición hasta que vuelva Cristina"; Carta Abierta habló de "voto desgarrado"; otros kirchneristas notables llamaron a "votar con cara larga" y, como broche de oro, llegó Hebe Bonaffini y dijo que "Scioli hizo mierda la provincia pero hay que votarlo lo mismo porque lo puso Cristina".

Fue una gran oportunidad para la tan ansiada rebelión de dignidad. Quienes aún esperaban esa justa reacción, pensaron que aparecería en la televisión, miraría la cámara y diría "señora Bonaffini, le pido por favor que no me vote. Si de verdad piensa eso que dijo, no actúe desde la obediencia debida. No me vote. Se lo pido por favor". Habría causado la emocionada conmoción que causaban las patadas voladoras y los certeros puñetazos con que el personaje de David Carradine desparramaba a sus despreciables agresores. Pero Scioli siguió agachando la cabeza.

La presidente y sus seguidores nunca llamaron a votar a Scioli por sus virtudes. Jamás le señalaron una sola virtud. Solo piden a la gente que no vote a Macri porque se acaba el mundo. A Scioli, ni lo nombran.

De ganar el balotaje, sería para el kirchnerismo como aquel vicepresidente de Néstor que asumía el cargo cuando el mandatario viajaba. Eso pretende el oficialismo del mandato de Scioli: el de un vicepresidente que asume temporalmente la presidencia pero sin poder, para que no pueda cambiar ni decidir nada, sino simplemente durar hasta que Cristina pueda volver al cargo.

Esa es la única humillación que Scioli no aceptaría. El problema es que tanto empeño kirchnerista en denostarlo, quizá termine impidiéndole alcanzar la cumbre en la que planeaba rebelarse y lavar su magullado honor.

Macri aventaja en 8,5 puntos a Scioli en sondeo.

Si la segunda vuelta electoral fuera hoy, Mauricio Macri se convertiría sin dificultades en el sucesor de Cristina Kirchner.

Ésa es la principal conclusión de la encuesta que Poliarquía Consultores elaboró para La Nación, según la cual el candidato de Cambiemos aventaja a Daniel Scioli por 8,5 puntos cuando faltan 10 días para el balotaje. El detalle indica que Macri tiene una intención de voto de 48,7 % y Scioli, de 40,2 %. El margen de error de la encuesta es de 3,5 puntos, para un nivel de confianza de 95%. Para el estudio, que se hizo entre lunes y martes pasados, se encuestó por teléfono a 800 personas en centros urbanos de más de 10.000 habitantes. El número de indecisos es significativo. El 6,4 % de los encuestados dijo no saber todavía a quién votará el domingo 22. La opción por el voto en blanco o anulado, que Poliarquía sumó dentro de la misma categoría, alcanza al 4,7% de los consultados. En la primera vuelta votó en blanco el 2,57%. Los números no sólo dan cuenta de un intercambio de lugares en el podio, sino además de un crecimiento significativo de Macri respecto de su desempeño del 25 de octubre. En las elecciones que se celebraron hace 16 días, el postulante de Cambiemos había quedado segundo, a casi tres puntos de Scioli, con el 34,15 % de los votos. El pronóstico de Poliarquía le asigna a Macri casi 15 puntos más (14,6%). Scioli, en cambio, sumaría apenas 3,2 puntos a los 37 que obtuvo en la primera vuelta. LA NACIÓN/GDA

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