LA BITÁCORA

Salto al vacío

Las cartas ya están echadas. La esgrima verbal entre Rajoy y Puigdemont terminó. Ahora la pulseada se traslada a las calles de Barcelona y al escenario diplomático. Allí librarán su titánica pulseada los dos hombres que tienen la responsabilidad de que se haya llegado a semejante situación.

Celebraciones en Cataluña por la declaración de Independencia. Foto: EFE
Celebraciones en Cataluña por la declaración de Independencia. Foto: EFE

La responsabilidad de Rajoy comenzó con las presiones de su partido hasta lograr que el Tribunal Constitucional anulara 14 artículos del Estatut autonómico promulgado en el 2006.

Los gobiernos de Convergencia y Unión (CyU) intentaron en vano negociar con el hombre que asumió la Presidencia en 2011. En definitiva, Cataluña pedía el control de la economía que tiene el País Vasco. Pero Rajoy no tuvo la cintura política con que Felipe González había construido exitosamente una unidad española en la diversidad ibérica.

Su intransigencia debilitó al catalanismo moderado y le infló las velas al independentismo. La responsabilidad de Puigdemont está en haber dividido la sociedad catalana, con un "relato" que estigmatiza a todos los que sienten la catalanidad como una identidad cultura que forma parte de España.

Ese relato confundió la democracia nacida de la Constitución del 1978, con la dictadura castellanizante de Franco. Es un relato victimista que oculta una realidad evidente: en la democracia española, Cataluña potenció su economía, alcanzando niveles envidiables de prosperidad y un sólido Estado de Bienestar.

El otro error de Puigdemont y Oriol Junqueras, fue sumar a su deriva demagógica el extremismo de la CUP, un movimiento cuya ideología se resume en patear tableros.

Cuando las empresas empezaron a emigrar, Puigdemont empezó a darse cuenta que la independencia como alegre paseo hacia una mayor prosperidad, no era más que la fantasía demagógica que los separatistas difundieron. Y empezó a poner el pie en el freno cuando Bruselas dejó en claro que la UE no recibiría con los brazos abiertos a una Cataluña que aplicó unilateralmente la secesión. Si lo hiciera, mañana crujiría el mapa de Francia en Córcega, el de Bélgica en Flandes y el de Italia en Lombardía y la Región del Véneto.

Por eso Puigdemont buscó a último momento una salida alternativa: convocar a elecciones anticipadas a cambio de que no se aplique el artículo 155. Ya era tarde. Y terminó empujando a Cataluña al vacío.

En las calles de Barcelona se verá si triunfa la aventura de un puñado de demagogos que confundió declarar la independencia con construir un país independiente, o triunfa el Estado español logrando que la mayoría de los catalanes acepten la aplicación del artículo 155.

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