LA BITÁCORA

Rasgos de un estado narco

Mientras las usinas kirchneristas propalaban críticas y burlas a la gobernadora María Eugenia Vidal y a la ministra Patricia Burllich por los traspiés de la persecución, al menos tres cosas habían quedado claras.

La primera es que no fue el gobierno provincial del PRO el que dejó escapar a los narco-criminales de la prisión, en supuesto pago por las declaraciones contra Aníbal Fernández que hizo el cabecilla Martín Lanatta a un canal del Grupo Clarín, en plena campaña electoral.


Más allá de los sabotajes internos y de la proverbial ineptitud de los cuerpos de seguridad, es evidente que el esfuerzo de los funcionarios propició una cacería humana como nunca se había visto. Es tan evidente ese esfuerzo, que logró la captura del principal buscado.

La segunda realidad que, a esa altura de la persecución, resultaba indiscutible, es que los funcionarios macristas lidian con fuerzas plagadas de quintacolumnistas pasando información a los prófugos, o produciendo falsas novedades, para abochornar la conducción del operativo y para que los cercados puedan seguir escabulléndose de los pocos efectivos que de verdad quieren capturarlos.

La tercera evidencia, que muestra la naturaleza hipócrita de la crítica kirchnerista, es la más importante y reveladora: en Argentina está quedando a la vista la construcción de un narco-Estado. Las mafias han infiltrado y carcomido las instituciones judiciales y los cuerpos de seguridad. Ese proceso debió tener, inexorablemente, la protección del poder político. Y obviamente ese proceso de “mexicanización”, como lo llamó el Papa Francisco, no comenzó en el puñado de días que lleva gobernando el macrismo.

Del mismo modo que Pablo Escobar huyó en 1992 de la cárcel de Envigado, cuando sus infiltrados en el Estado le avisaron que el presidente César Gaviria se disponía a encarcelarlo de verdad y extraditarlo, el trío narco-criminal argentino se fue de la cárcel al enterarse de la “emergencia de seguridad” declarada por la gobernadora Vidal.

Que escaparan tan fácilmente prueba que a las cárceles las controla el narcotráfico, un flagelo que creció de la mano de la efedrina, a partir de su suculento aporte a la campaña presidencial de Cristina en el 2007.

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