TERREMOTO

Un pueblo de pescadores enfrenta el aislamiento, la destrucción y escasez

Los suministros son entregados en vuelos de helicóptero militar.

En El Matal, un lugar donde viven pescadores, el estrecho camino de nueve kilómetros que conecta al poblado con la ruta principal, se desintegró como consecuencia de las violentas sacudidas y dejó a la zona aislada. En las horas iniciales después del sismo, los habitantes intentaron, en vano, remover los escombros con palas y palos. Algunos usaron sus manos para remover la montaña de tierra y arena provocada por una colina que se desmoronó y aplastó varias viviendas.

El martes pasado, un helicóptero militar hizo el vuelo de 40 minutos desde la capital provincial, Portoviejo, transportando abastecimientos. "¿Usted pregunta qué edificaciones cayeron? La pregunta es cuáles no cayeron", dijo Eduardo Alciva Domínguez, un pescador de 59 años, a los enviados de The New York Times, quien se aprestaba a lanzar las redes de pesca cuando se produjo el terremoto.

El helicóptero militar entregó los abastecimientos a la alcaldesa de El Matal, Isabel Pico, quien los recogió con un camión, para repartir agua, bananas, cereales y otros suministros entre la multitud de habitantes que la esperaba. "Los alimentos nos mantendrán con vida, pero nuestro poblado quedó destruido y no estoy segura de cómo nos recuperaremos", comentó Pico.

EL terremoto básicamente partió a Ecuador en dos. De un lado están las ciudades como Portoviejo que se conectan con la ruta principal. Si bien fueron severamente golpeadas, los trabajadores de emergencia y rescatistas llegaron desde diferentes zonas del país y del mundo para salvar vidas y ayudar a sepultar a las víctimas.

Del otro lado, hay decenas de ciudades y poblados donde los caminos fueron bloqueados o destruidos por el terremoto, a los que los rescatistas y trabajadores de diversos servicios públicos tuvieron enormes dificultades de acceso.

En Portoviejo, en los escombros del hotel El Gato, que fue un complejo edilicio de cinco pisos en el centro de la ciudad, decenas de policías y bomberos rescataron con vida al carpintero Pablo Córdova. El martes, Gloria Caiche Méndez miró con desesperación, pero con la esperanza de que los rescatistas pudieran repetir el milagro con su marido, Ángel Figueroa, de 63 años, quien había llegado de Guayaquil para visitar a clientes. Diez minutos antes del terremoto, llamó a su señora para relatarle los hechos del día y se acostó. "Era un hombre muy bueno, que tenía mucha fe en Dios y rezaba todos los días para agradecerle a Dios por su vida", dijo Caiche.

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