LA BITÁCORA

Primer paso al abismo

Lo que hizo ayer Comey fue entreabrir una puerta y dejar a la vista los primeros escalones de la larga escalera que comienza en ese umbral. Los legisladores deben dar el primer paso, en un trayecto que podría conducir al juicio político.

Trump empezó a pagar caro su negligencia. No debió echar al director del FBI en el momento en que lo hizo. Meses antes lo había elogiado, a pesar de las turbias decisiones que tomó sobre los e-mails de Hillary Clinton en plena campaña electoral.

Destituido Comey, es imposible que su sucesor en el FBI no continúe las investigaciones que causaron la destitución. Ergo, echando a Comey, Trump no podía lograr más que alimentar las sospechas que lo están cercando.

Un presidente puede echar al director del FBI, pero la razón debe ser muy clara. Desde que en 1972 terminó el largo reinado de Edgar Hoover, se estableció el tope de diez años. La única destitución, antes de Comey, fue la de William Sessions. Lo había designado Reagan y lo sacó Bill Clinton, pero no por la conocida antipatía de Sessions hacia el demócrata de Arkansas, sino por arbitrariedades consideradas corrupción, como usar el avión oficial para viajes privados.

Por los actos turbios de Comey en el proceso electoral, Trump le dedicó efusivos elogios. Meses después lo despidió y ayer Comey afirmó que fue por no haber cedido a sus presiones para cerrar el caso de la injerencia rusa en el proceso electoral.

Si Trump de verdad pidió al entonces jefe del FBI que le sea "leal", entonces deberá probar que nunca supo que Moscú movía hilos para sabotear la campaña demócrata. Un jefe del FBI, igual que un juez y un legislador, no debe ser leal al presidente, sino al Estado. Esa sola frase de Trump lo deja malparado. Por cierto, es aún más grave que le pidiera, como Comey asegura que hizo, el cierre de las investigaciones. Si Comey no se equivoca al afirmar que Moscú intervino para influir en el resultado de la elección, Trump tendrá que responder si sabía o no de tal actividad. En ese punto, deberá negar haber tenido conocimiento y luego, inexorablemente, tendrá que probar que no miente.

Si Nixon tuvo que renunciar por haber negado falsamente que sabía sobre el espionaje en el edificio Watergate, y si Clinton atravesó el vía crucis del impeachment por haber negado las relaciones sexuales con Mónica Le-winsky en el Despacho Oval, sería una auténtica incoherencia histórica que el Rusiagate no desemboque en juicio político.

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