La Bitácora

La política "tinellizada" de Argentina

LLa Constitución iraní fija, entre otros límites a la democracia, la potestad estatal de depurar arbitrariamente la lista de aspirantes a la presidencia y demás cargos electivos.

Normalmente se inscriben cientos de personas, pero el Consejo de Guardianes, organismo facultado para decir quién puede y quien no puede ser candidato, finalmente deja un ínfimo puñado para competir en el comicio.

En Argentina, igual que en muchos otros países, no existe semejante limitación constitucional a la libre elección de las autoridades pero, en los hechos, existen poderes fácticos que, como el Consejo de Guardianes que imponen los ayatolas, terminan filtrando candidatos hasta dejar un grupo ínfimo que podrá monopolizar los debates y los espacios en los medios.

Las encuestas y la televisión son los principales "patovicas" de las elecciones argentinas. Se paran en la puerta de la campaña electoral y empiezan a decir quién entra y quién no a la competencia final.

En esta oportunidad, dejaron entrar a tres: Daniel Scioli, Mauricio Macri y Sergio Massa. Los demás quedan afuera de los escenarios centrales. Ese sistema no constitucional, segrega a quienes no están gobernando distritos con cuyos fondos puedan financiar sus campañas publicitarias.

A ese filtro que deja afuera, no a los peores, sino a los más débiles en materia de financiación, se sumó el programa de Tinelli. El gran debut de la edición 2015 consagró, definitivamente, que solo hay tres presidenciables.

En Argentina, cuando el show no va a la política (con los humoristas Miguel del Sel y Cacho Buenaventura, por ejemplo), la política va al show. Y allí fueron Scioli, Macri y Massa. Bailaron cuando Tinelli los quiso hacer bailar, hicieron monerías con sus imitadores y trataron de mostrarse como tipos simpáticos, casados con mujeres bellas. En síntesis, actuaron, como corresponde en un show. Y cuando hablaron de política, fueron tan insustanciales como cuando hablan habitualmente en tribunas o programas periodísticos.

Churchill decía que el mejor argumento contra la democracia surgía de "conversar cinco minutos con el votante medio".

Pero si estuviese en la Argentina de hoy, prendiera el televisor, sintonizara el programa de Tinelli y encontrara cantando, bailando y paveando a los que medios y encuestas imponen como presidenciables, primero quedaría estupefacto. Y después, escuchándolos responder al periodismo, posiblemente Sir Winston Leonard Spencer Churchill corregiría su vieja reflexión, para afirmar ahora que el mejor argumento contra la democracia surge "de conversar cinco minutos con los tres principales aspirantes al trono de Cristina".

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