Un país en crisis

La odisea diaria de los venezolanos

El nuevo corresponsal de The New York Times en Caracas, relata las penurias para vivir.

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Largas filas se forman todos los días en los supermercados de Caracas en un intento por comprar artículos esenciales. Foto: AFP.

El nuevo jefe de la corresponsalía The New York Times para la región andina, Nicholas Casey, se mudó a la ciudad de Caracas, este mes y realizó una crónica de sus primeros 30 días en Venezuela, un país en gran agitación.

Esta es una selección de sus relatos.

Me reía cuando escuchaba que los periodistas que viajaban a Caracas llevaban una provisión de desodorante. Pensé que simplemente se ponían exigentes.

Ahora, me tocó a mí.

Compré Old Spice. Para lavar la ropa, compré una tonelada de Tide. También traje dos frascos de gotas nasales, tres tubos de pasta dental, hilo dental, una botella de gel para la ducha, crema de afeitar, solución para lentes de contacto, pilas AA, esponjas, detergente, papel higiénico y un frasco grande de ibuprofeno. Dos botellas de whisky.

Una corrida hasta el supermercado, antes de tomar el vuelo, para llenar una maleta con bienes esenciales es un ritual para los que viajan hasta aquí.

Debido a que la economía tuvo una caída aguda en 2015, algunas cosas simplemente no se venden aquí. Otros artículos —caso del papel higiénico— están en el mercado negro pero resulta difícil encontrarlos.

Mi amigo Girish ha hecho estos viajes durante los últimos cinco años. Le pedí consejos sobre lo que debía llevar, además del papel higiénico.

Me respondió, via texto: "Medicamentos. Elementos de primeros auxilios. Especias y otros alimentos que te gusten. Kindle (no resulta fácil conseguir libros aquí), champú, artículos de tocador etc. si te gusta algo específico..."

Al igual que otras personas que viven aquí, Girish trae lo suficiente para pasar alrededor de un mes. Entonces hace una parada en Colombia para abastecerse otra vez. Pero, la mayoría de la gente en Venezuela no puede salir del país y tiene que arreglárselas con lo que pueda encontrar.

Rotos.

Los pequeños perritos de juguete en la vidriera parecen ricos. Con un par de pilas pueden cantar y bailar, de acuerdo con lo que indica la caja. Pero, cuidado con la indicación que tiene una de ellas: "No funciona".

Se le puede llamar el comercio de los juguetes rotos. Es un pequeño comercio en Metro Chacao, una estación de subterráneo en una zona de clase media en el centro de Caracas. Hay muchos juguetes con advertencias similares.

Al lado de los perritos de juguete hay una muñeca del tamaño de una beba con una gorra pequeña y babero al tono. La caja dice: "Bebé real".

"Sí, funciona", dice otra indicación manuscrita. "Pero tiene un ojo mal y le falta la mamadera". Otros componentes están dañados.

Entré al comercio y hablé con el encargado. No, el contenedor en el que fueron enviados los juguetes no fue golpeado. Los juguetes eran de China y fueron enviados en ese estado para ser vendidos, indicó el encargado. China vende juguetes defectuosos o dañados en sus propios comercios o los envía al exterior con un gran descuento.

Venezuela puede tener el suministro de petróleo estimado más grande del mundo, pero eso significa poco cuando los precios del crudo están tan bajos como en la actualidad. La economía está zozobrando y las personas esperan en largas filas para obtener productos esenciales como huevos y leche. Los juguetes rotos y baratos se han convertido en la norma en algunas partes de Caracas. El perrito roto que estaba en la vidriera costaba 2.800 bolívares, o alrededor de cuatro dólares, según la cotización del mercado negro. Es la mitad del precio de venta original, dijo el comerciante. Sin embargo, para algunos venezolanos, ese precio puede ser demasiado alto.

Abastecerse.

Hace pocos días, tome un café a precio excesivo en un barrio de clase alta, muy caro, y puse una foto en Twitter de un fajo de dinero que usé para pagar la cuenta. "Parece una transacción por droga, pero estos billetes pagaron por tres cafés y dos botellas de agua", escribí.

Ocurre que eso no fue nada. La verdadera transacción al estilo "El Chapo" se produjo ayer, cuando entré a un banco para recoger algunos fondos destinados a la corresponsalía de The New York Times. Cuando me retiré del cajero, el bolso que llevaba estaba hinchado. Si estuviera en Nueva York, parecería qué hubiera asaltado el lugar. Retiré 100.000 bolívares que equivalen a unos US$ 152 en las calles. Resultaría más fácil si imprimieran billetes de 1.000 bolívares, pero los billetes de denominación más alta son los de 50 y 100, que equivalen a monedas de cinco y diez centésimos de dólar.

Mi visita a la cafetería y la parada que hice en el banco me recordaron que, con frecuencia, las partes más habituales de la vida, como es pagar, aquí parecen las más surrealistas.

Los bachaqueros hacen el gran negocio multiplicando por 14.

Los bachaqueros —un nombre derivado de una hormiga pequeña y roja que come las hojas— proveen un servicio valioso a los residentes de las clases media y alta que no quieren perder la mitad del día de trabajo esperando en fila para comprar artículos esenciales. En Caracas es común ver a cientos de personas —tanto revendedores como ciudadanos— esperando horas frente a un comercio para obtener algo básico como café.

Un par de semanas después que llegué a Caracas decidí que era hora de conocer a algunos bachaqueros en su habitat natural. Subí a la parte trasera de un taxi moticleta y me dirigí al mercado negro en uno de los barrios más grandes de Caracas, llamado Petare. ¿Qué aspecto tiene el mercado negro? Si una persona espera ver colmillos de elefantes y transacciones en callejones en las sombras, quedará desilusionado. Se parece a cualquier mercado informal que uno ve en Ciudad de México, Harlem o Beirut. Hay una docena de pequeños puestos bajo un toldo. Cada uno vende cinco o seis productos como papel higiénico y champú. ¡Qué precios! El día que lo visité, el precio subsidiado por el gobierno de una bolsa de porotos negros era 50 bolívares, alrededor de US$ 00,06. En los puestos, era de 700 bolívares, casi un dólar.

Los maestros y empleados públicos ganan un salario mínimo que está apenas por debajo de 10.000 bolívares por mes. Es poco probable que los porotos del mercado negro aparezcan en su menú en poco tiempo.

MERCADOS DE BIENES Y DIVISAS.

El realismo mágico de los dólares.

Cuando el gobierno bajo el ex presidente Hugo Chávez comenzó a establecer los controles de precios, creó algunos desincentivos para producir en Venezuela. Por ejemplo, el precio fijado para la leche a veces era inferior al costo de los productores. Por tanto, Venezuela importó leche —y casi todo lo demás. No exisitieron problemas mientras el gobierno vendía petróleo a precios altos y en dólares, ¿verdad?

Ahora que los precios del petróleo cayeron y arrastraron con ellos a la moneda, Venezuela se encuentra en problemas.

El gobierno todavía tiene que comprar todo en dólares. También tiene que imprimir mucho más dinero solo para pagar los salarios de los empleados públicos. Más dinero en el mercado significa que vale menos y la inflación crece. Los precios se disparan. El bolívar se sigue depreciando.

Con todo este dinero flotando, nadie realmente lo quiere. De acuerdo con lo que indica el gobierno, el tipo de cambio oficial es 6,3 bolívares por dólar. Sin embargo, el mercado no acepta eso. En las calles, quienes realizan cambio de moneda estarán contentos de comprarle a uno los dólares por 700 bolívares cada uno.

Este es el realismo mágico de Caracas. ¿Los cafés que tomé el martes? Cuestan 2.200 bolívares. En el mercado negro eso equivale a tres dólares. Al tipo de cambio oficial, son US$ 349.

Muchos productos que no es posible encontrar en un comercio se venden en la calle, a precios bastante más altos. Parte del motivo por el cual hay escasez de jabón en Venezuela es que los años de distorsión económica han dejado al país sin capacidad de producir algunos artículos de primera necesidad. Pero, los subsidios y los controles de precios también son un factor.

Durante la presidencia de Hugo Chávez, el gobierno redujo los precios de los productos de almacén y otros bienes con el propósito de que fueran más accesibles. (THE NEW YORK TIMES).

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