La Bitácora

El miedo residual a Cristina

A Trujillo le gustaba acostarse con esposas y con hijas de sus ministros. También adoraba humillarlos en público, pavoneándose de lo ocurrido en su alcoba con las mujeres que le ofrendaban sus vasallos. Lo atestiguan rumores que recorrían la República Dominicana durante su atroz dictadura. Y lo describió Vargas Llosa en su novela "La fiesta del chivo".

Su heredero, Joaquín Balaguer, estuvo al margen de tales indignidades y humillaciones, pero no porque fuera un hombre íntegro, sino por no tener esposa ni hijas para ofrendar al siniestro dictador.

En otra dimensión de la indignidad, el kirchnerismo arrodilló a parte de la dirigencia peronista, articulando el miedo y las ambiciones de poder de los "caciques" del partido.

Casos como los cordobeses José De la Sota y Juan Schiaretti, que se atrevieron a gobernar la provincia mediterránea en rebelión contra el "dictat" de la presienta, no fueron la regla, sino la excepción.

El palo y la zanahoria funcionaron durante la "década K" y ahora, que no hay zanahoria porque el kirchnerismo perdió el poder, a Cristina le queda sólo el temor que causa en la dirigencia, para seguir comandando el vasto espacio justicialista.

El peronismo se debate entre el miedo y la auto-reafirmación. En voz baja, la mayoría habla de librarse del matriarcado histérico que lo sometió en estos años de monarquismo verticalista. Pero todavía son pocos los que se atreven a levantar la voz. Y no es por lealtad a un "liderazgo peronista", ya que Cristina, a diferencia de su esposo, humilló al peronismo y a su expresión institucional, el Partido Justicialista, quitándolos del centro del discurso político y marginándolos en el escenario del poder.

Los antiguos griegos llamaban "hybris" al que consideraban el peor de los pecados: emular a los dioses del Olimpo. Evita y "el general" son los únicos dioses del Olimpo peronista, mientras que la "hybris" justicialista es intentar ponerse por encima de ambos. En los noventa, Menem cometió una hybris simpática y frívola. En cambio, en la "década ganada", Cristina lo hizo de manera histriónica, histérica y furibunda. Por eso, la secuela que deja parece un complejo de identidad y un síndrome de Estocolmo, difíciles de superar. Dos mandatos despreciando al movimiento creado por Perón, debieran ser suficiente motivación para poner fin al matriarcado. Pero el miedo a Cristina aún gravita, haciendo que el proceso de creación de un nuevo liderazgo, aunque inexorable, sea lento y tembloroso.

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