UNA POTENCIA DECIDE SU FUTURO

Merkel favorita por cuarta vez

Socialdemócratas decididos a quitarle el poder; alemanes eligen miembros del Bundestag.

La publicidad electoral de Angela Merkel y de Christian Lindner, líder del Partido Demócrata Libre, en la ciudad de Ribnitz-Damgarten. Foto: Reuters
Cierre de campaña de cara a legislativas en Alemania

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Angela Merkel no muestra los dientes. En los carteles ubicados por toda la ciudad apenas eleva las comisuras de sus labios dibujando una sonrisa adusta, como de tía complaciente. Quizá sea una cábala. En la sede de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) se pueden ver afiches de la primera elección que ganó, la de 2005; más joven, sin el peso de los años y del poder encima, el gesto era el mismo. Aquí ya están listos para los festejos. Hay un estrado gigante para el discurso triunfal, papelitos rojos para tirar al aire cuando ella salga a escena y también grandes dispensadores de cerveza. Todos coinciden en que Merkel, de 63 años, va a ser por cuarta vez consecutiva la candidata con más votos, lo que no está claro es si podrá armar la coalición que necesita para gobernar.

Olav Goehs es un alemán de gestos refinados y hablar pausado, preocupado por ser claro en cada cosa que dice. A veces, para reafirmar una idea, luego de terminar una oración escribe con el dedo índice un punto imaginario en el aire. Es uno de los hombres de confianza de Merkel. Es el encargado de Asuntos Exteriores, Defensa, Desarrollo, Derechos Humanos y también de Programa Político y Análisis de su partido. Él dice que el uso de publicidad fue un "factor decisivo para llevar a Merkel a la reelección" —o re-re-re-reelección— y que se implementaron nuevas estrategias para conseguir votantes, aunque las que nombra no parecen tan nuevas. Se aumentó la presencia en YouTube y en las redes sociales, y se hizo un trabajo "puerta a puerta, en la que los candidatos iban y explicaban a cada ciudadano qué querían hacer". El CDU gastó entre 20 y 25 millones de dólares en su campaña.

Al parecer dio resultado. La encuesta de Forsa, una de las más prestigiosas, la da a la alianza del CDU y la Unión Social Cristiana de Baviera (CSU), su socio histórico, un 36% de las preferencias. Le sigue el Partido Socialdemócrata (SPD), con el 23 %. Y luego ya aparecen los movimientos menores: el izquierdista Die Linke con el 10%, el liberal Partido Demócrata Libre (FDP) con el 9%, la ultraderecha nacionalista de la Alternativa para Alemania (AFD) también con el 9% y el Partido Verde con el 8%. Así todo indica que la AFD, antiinmigrante, en contra de la Unión Europea, y acusada por muchos de neonazi, pueda entrar por primera vez al Parlamento. Incluso hay otros sondeos que la dan tercera, con entre 11% y 13%.

Hasta ahora el CDU había conseguido formar con el SPD una alianza para gobernar juntos, pero para esta nueva legislatura el candidato socialdemócrata, Martin Schulz, ya adelantó que no va a hacer un pacto con Merkel y que intentará formar una mayoría con los otros partidos menores (excluyendo a la AFD) para gobernar él. La campaña de los últimos días fue vital para captar indecisos, pero sobre todo para intentar cautivar a los que prefieren quedarse en su casa.

El secretario de la Agencia de la Educación Cívica de Berlín, Rheinhard Fischer, sostiene que este año se ha hecho un "intenso trabajo" para "motivar y educar a las personas" para que vayan a votar. En la última elección, la de 2013, solo sufragó el 70% de los habilitados.

Elegidos.

No hay dudas de que entre Merkel y Schulz va a salir el próximo canciller. Desde el CDU están confiados en que "la dama de hierro" alemana tiene todas las de ganar. "Es difícil que los socialdemócratas puedan formar un gobierno si ella se lleva la mayoría de los votos", confía Goehs, y pone un punto en el aire.

Merkel cerró su campaña con un acto en Múnich, una ciudad de tradición conservadora, donde la canciller solo debió soportar algunos abucheos izquierdistas. Schulz, en tanto, eligió como locación para su último discurso Gendarmenmarkt, o Plaza de los Gendarmes, en la vieja parte comunista de la ciudad, y también recibió unos silbidos aislados. En el acto no había más 3.000 personas, poco para una Berlín con 3,5 millones de habitantes, pero el despliegue de los militantes hizo que parecieran muchos más.

Globos rojos copaban la plaza. Repartían libretas, libretitas y lapiceras; chicles, chupetines y caramelos de gelatina con la forma del Bundestag; tapones para los oídos, lancheras para los escolares y hasta preservativos.

Tim Renner, un parlamentario alemán que tiene 52 años pero aparenta varios menos, que también es músico y estuvo muy involucrado en la campaña del SPD, repartió discos en los que intercala discursos políticos con canciones. Renner llegó al acto final en bicicleta. Consultado por El País dijo que su partido gastó entre 30 y 35 millones de dólares en la campaña. Sin embargo, él parece no tomarse la política a pecho. "Si ganamos vamos a ser muy felices, si perdemos igual fue una gran experiencia", señaló, y sonrió sin mostrar los dientes, levantando solo un poco las comisuras de sus labios. Quizá sí sea una cábala.

El sistema alemán con una papeleta que se divide.

El Bundestag se renueva una vez cada cuatro años. Se vota con una única papeleta que se divide en dos: de un lado figuran los candidatos y del otro los partidos, esto permite sufragar cruzado. El votante debe marcar con lapicera a sus elegidos. La cámara tiene 598 bancas, más otras adicionales que se reparten según especificidades del sistema.

Hoy hay 630. La mitad se distribuyen entre los candidatos más votados y la otra mitad entre los partidos. Después de esto, el que obtuvo la mayoría intenta formar una coalición para gobernar.

Fuerte división da revés al orden de la posguerra.

El orden es un estilo de vida para los alemanes. Ya desde el aire, cuando el avión se apresta a aterrizar en Berlín, se nota esto. Los edificios idénticos y todos pintados como nuevos, los bloques de casas con techos de tejas colocados como si fuera una maqueta —sin nada roto, sin colores desparejos—, los autos estacionados uno al lado del otro cuidando la simetría, los cultivos separados por perfectas líneas rectas y algunas canchas de fútbol públicas, repletas de escolares, de un verde que sería la envidia de la mayoría de los clubes de Sudamérica.

No es solo imagen, ellos son así. Buscan la frase justa, tratan de no exasperarse, se desviven por evitar el conflicto; la historia los marcó a fuego. Sin embargo, en las últimas semanas, los modos quedaron de lado. Esta elección es sinónimo de las fuertes divisiones que existen en el país, donde la ultraderecha amenaza con pisar fuerte dentro del Bundestag, y donde la entrada de 1,2 millones de inmigrantes en los últimos dos años generó fuertes divisiones internas. La AFD, nacionalista y acusada por muchos de los opositores de neonazi, es la más crítica en este sentido —ayer la izquierda organizó una protesta en una marcha de ellos y Martin Schulz fue al acto de cierre de campaña con una sobreviviente del Holocausto, y les recordó lo que pensamientos como los de ellos pueden generarle al país.

La campaña en las calles se hace sentir: con puestos en las esquinas más céntricas, con militantes que intentan convencer. Los paran, les regalan una flor o una lapicera, o hasta golosinas y helados, y les hablan. Una particularidad alemana es que quienes reparten volantes suelen ser militantes de edad avanzada, mientras que muchos de los candidatos son muy jóvenes. Se acercan a la gente, los invitan a votar por quien creen que es el mejor, aunque lo cierto es que de la mayoría no reciben más que indiferencia. Algunos se disculpan sonrientes, otros fastidiados. Solo quieren que termine la elección para volver a la normalidad, al orden.

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