LA BITÁCORA

El fantasma del Watergate

El fantasma del Watergate sobrevuela la Casa Blanca. Y como lo adelantáramos en esta columna, se trata de un Watergate peor que el Watergate, por dos razones: aquel escándalo por espionaje electoral para perjudicar al candidato demócrata George McGovern en 1972, no respondió a una potencia externa y, por otro lado,

Richard Nixon había logrado una victoria abrumadora en el voto directo. En cambio, al espionaje para que Donald Trump venciera a Hillary Clinton lo realizó una potencia extranjera, Rusia, y en el voto directo, o sea el de los ciudadanos norteamericanos, fue derrotado por la candidata demócrata por tres millones de sufragios.

La caída de un miembro del Gabinete en tiempo récord, es la primera consecuencia de la injerencia rusa en el proceso electoral que coronó a Trump. Nada menos que el consejero de Seguridad Nacional, cargo neurálgico en una superpotencia planetaria por el cual, en Estados Unidos, pasaron estrategas de la talla de Zbgniew Brzezinski y Brent Scowcroft, ha renunciado a poco de iniciado el gobierno actual.

Michael Flynn estuvo en contacto con el embajador ruso Serguey Kislyak desde la campaña presidencial y se mantuvo en contacto tras el voto del Colegio Electoral. Pero es absurdo pensar que Flynn era un "topo" del Kremlin y actuaba por su propia cuenta. Que Trump haya designado en la Secretaría de Estado a Rex Tillerson, cuya actividad petrolera lo hizo vivir en Rusia y trabar una fuerte relación con Vladimir Putin, al punto de haber recibido la distinción que Rusia otorga a sus "amigos", prueba que Flynn es sólo la parte más fina por la que se corta el hilo. Y si la parte más fina es nada menos que un consejero de Seguridad Nacional, está a la vista la gravedad de la gravitación de Rusia en el proceso electoral y, por ende, sobre el actual presidente norteamericano.

Para colmo, la elección del sucesor en ese cargo clave y estratégico, parece hecha por un enemigo de Estados Unidos. Joseph Kellogg es un militar con una vasta experiencia en guerras, pero fue quien tomó, en 2004, la peor decisión de la desastrosa Administración Provisional que presidió Paul Bremer tras la caída de Saddam Hussein: la desarticulación total de las Fuerzas Armadas iraquíes. De ese modo, la ocupación norteamericana creó el agujero negro que causó la guerra civil, y que aún hoy sigue engendrando milicias fanáticas.

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