LA BITÁCORA

Exhibición bélica

Fue una exhibición extraña. Minutos después de anunciar el ataque en Afganistán, la administración Trump exhibió la "súper-bomba" como Enzo Ferrari exhibe los últimos modelos de su escudería.

En términos tácticos y estratégicos el ataque fue incuestionable. El blanco fue ISIS, una organización genocida, y el lugar la provincia de Nangahar, donde las montañas que rodean su capital, Jalalabad, están plagadas de cuevas y túneles que constituyen búnkeres naturales. En esos laberintos montañosos estaba la guarida de Bin Laden y los escondrijos de talibanes y jihadistas de Al Qaeda. No muy lejos fue la batalla de Tora Bora, que demostró lo difícil que es combatir insurgencias con fuerzas regulares en esa geografía. Y el punto bombardeado atenuaba el riesgo de víctimas civiles. De haberla usado para atacar a ISIS en Siria o en Irak, donde sus cuarteles están en aldeas y ciudades, habría masacrado civiles.

Pero más allá del acierto táctico y estratégico, estuvo la extraña forma de ostentar esa bomba que integra el arsenal norteamericano desde la década pasada pero aún no había sido estrenada. Quizá esa ostentación intentó ser un mensaje a Rusia, para que modere su expansionismo en el Este de Ucrania y cese de amenazar a Lituania, Estonia y Letonia con su poderosa flota del Báltico. También pudo ser un mensaje a China, para que modere su expansionismo en el Mar Meridional creando islas artificiales. Como advertencia a China, Trump ya había tenido un gesto que constituye una grosería y un estropicio diplomático: mientras degustaban el postre con Xi Jinping y la primera dama china, dio la orden de lanzar 58 Tomahawk sobre Siria.

Iván Vasilievich III (el Terrible) solía sorprender a sus invitados con alguna ejecución o con algún anuncio escalofriante. Algo similar hizo Trump mientras sus visitantes saboreaban una torta de chocolate. Ese no es precisamente el gesto del gobernante de una democracia. A renglón seguido, la exhibición de la "madre de todas las bombas" con fotos y videos, parece el equivalente actual de los desfiles armamentistas que en los tiempos soviéticos presidía la nomenklatura del Kremlin, desde el palco de Mausoleo de Lenin. La versión pekinesa de la Plaza Roja es Tiananmén, que significa "paz celestial", aunque Mao Tse-tung y Chou En-lai la utilizaban para exhibir tropas, misiles y tanques.

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