SOBREVIVIENDO AL HORROR

"Daba lástima. Los niños lloraban y el asesino se acercaba y los mataba"

Testimonio de un sobreviviente de la masacre de Texas.

Sutherland Springs: el pueblo de Texas de apenas 500 habitantes vivió el domingo su mayor tragedia. Foto: Reuters
Sutherland Springs: el pueblo de Texas de apenas 500 habitantes vivió el domingo su mayor tragedia. Foto: Reuters

Joaquín Ramírez salió vivo del foso de los horrores. Recuerda al asesino entrando en la iglesia, "muy enojado", gritando: "¡Van a morir todos, hijos de puta!". Mexicano de 50 años, Ramírez regresó el lunes a su casa con su esposa Rosana Solís, de 57. Él recibió un balazo en un pie. Lo de ella fue más crudo. Cuando Devin P. Kelley estaba regando toda la iglesia de plomo con su fusil semiautomático, Rosana estaba en el suelo bocabajo. Las balas rebotaban en el piso a centímetros de su cabeza. Notó que un hombro le sangraba.

Tres días después de la matanza de la iglesia de Sutherland Springs (Texas) diez víctimas siguen en estado crítico. Hasta ayer los muertos eran 26, con edades entre los 77 años y los 17 meses. Al menos una docena de menores perdieron la vida en la capilla del pueblo. Ramírez dice que Kelley, de 26 años, vestido con ropa oscura de combate y con una máscara de calavera, no quiso dejar un niño con vida. Varios pequeños se escondieron bajo un banco. El atacante enloquecido fue hacia ellos y apuntó con su fusil de asalto hacia el banco desde arriba y le soltó una ráfaga para acribillar a los pequeños abajo.

Fue la peor matanza de un tirador solitario en la historia de Texas. Y la quinta peor de Estados Unidos, apenas un mes después de la mayor: 58 masacrados en Las Vegas.

En Sutherland, Kelley disparó 450 balas. La policía cree que sus "problemas domésticos" fueron la espoleta de su cacería humana. Su suegra era asidua a esa iglesia. Ella no fue el domingo, pero sí la madre de la suegra, y fue uno de los cadáveres que dejó Kelley en su estallido de muerte.

"Daba lástima ver cómo mataba a los niños", dice Ramírez. "Primero mató a la gente que estaba a la entrada de la iglesia. También mató a la hermana que estaba hablando de Dios. No recuerdo cómo se llamaba. La agarró así a quemarropa y tá-tá-tá. Los niños lloraban y el asesino se acercaba y les tiraba. Luego se fue a mano derecha de la iglesia contra todos los hermanos que estaban en ese lado y tá-tá-tá-tá-tá-tá, muertos todos. (...) Yo estaba a mano izquierda con mi mujer. Nosotros nos echamos al suelo. Solo pensábamos que íbamos a morir".

Ellos sobrevivieron. Los Holcombe no. Es uno de los casos más brutales de la masacre. Una familia de ocho personas que acudió al servicio religioso. Murieron los ocho. Bryan y Karla Holcombe, un pastor y su esposa; su hijo Marc Daniel; su nuera Crystal, embarazada de ocho meses; y cuatro nietos, Greg, Megan, Emily y Noah.

Como siempre que hay una matanza por armas de fuego, en Estados Unidos el debate sobre su regulación entra en ebullición unos días hasta que se apaga sin que se pongan límites al suculento mercado de los instrumentos de matar. En la discusión, el presidente Donald Trump ha salido a dar su opinión afirmando que si hubiesen más restricciones al acceso a las armas las matanzas serían peores, porque nadie podría defenderse. "En vez de 26 muertos hubiéramos tenido cientos más", dijo.

A Kelley lo detuvo un individuo que pasó por allí con un rifle y le disparó al verlo asomarse por la entrada de la iglesia. El monstruo de Sutherland recibió dos impactos de bala, arrojó su fusil al suelo, se subió a su coche y escapó del lugar. El hombre que le disparó se subió a un vehículo con otra persona y persiguieron a Kelley unos 10 minutos a más de 100 kilómetros por hora y dando a la policía por teléfono indicaciones de su ruta hasta que el homicida se salió de la carretera. Al llegar, los agentes hallaron a Kelley muerto. Se había dado un tiro.

Sutherland Springs queda ya como uno de los puntos más negros de la incesante saga de los asesinatos masivos. "Este pueblito estará para siempre marcado por lo que pasó", dice Robert, un vecino de la cercana San Antonio, oteando desde lejos la iglesia acordonada.

Un precioso crepúsculo de película de vaqueros caía sobre Sutherland. Sobre sus casas de madera, sobre sus caminos polvorientos, sobre sus vecinos, la mayoría mudos ante la prensa o encerrados en sus viviendas con las persianas bajas. Y en su jardín, Joaquín Ramírez atendía al tercer grupo de reporteros en una hora. Joaquín repitió lo mismo que antes. Pero esta vez no mantuvo el gesto triste pero contenido. Esta vez rompió a llorar. Porque esto no era el ocaso de un film del Far West. Era el inicio de una pesadilla que los va a perseguir toda su vida.

Escape de una clínica y la omisión de denuncia.

Devin Kelley, que masacró el domingo a 26 personas en una iglesia de Texas, fue internado en una clínica psiquiátrica cuando era militar, luego de amenazar con matar a sus superiores, indicaron ayer martes medios de prensa estadounidenses.

Kelley, exmilitar acusado de agredir a su mujer y a su hijastro, había sido detenido en la terminal de autobuses de El Paso (Texas) en junio de 2012. Acababa de escapar de una clínica de Santa Teresa (Nuevo México), a unos 20 km de El Paso, donde fue internado por haber proferido amenazas de muerte contra sus superiores.

Según el informe policial, un testigo que informó sobre la desaparición de Kelley declaró a los oficiales que el joven, que entonces tenía 21 años, "sufría problemas psicológicos y quería escapar" de la clínica en un autobús.

De acuerdo a este testigo, el militar "representaba un peligro para sí mismo y para los demás porque había sido descubierto introduciendo armas en la base de Holloman", donde estaba en funciones, a 150 km al norte de El Paso. Kelley "pretendía concretar sus amenazas de muerte", agregó.

Ayer se supo además que Kelley pudo comprar armas legalmente porque nunca fue ingresada una condena previa por violencia doméstica a una base de datos del FBI. La Fuerza Aérea también reconoció que no transfirió información sobre la condena de Kelley al sistema del Centro Nacional de Información Criminal. AFP, REUTERS

CONTEXTO

Cinco mitos sobre las muertes con armas.

Cada día decenas de personas mueren baleadas en Estados Unidos, pero se habla solamente de las matanzas como la perpetrada el domingo en Texas. Esto alimenta diversos mitos.

1) El número de muertos por armas de fuego alcanza un nivel récord. Inexacto, aunque el FBI constata un aumento de los asesinatos en 2015 y 2016. "Aunque los tiroteos con numerosas víctimas (más de cuatro) han aumentado en forma espectacular en Estados Unidos, la tasa global de homicidios y aquellos por arma de fuego han sufrido un declive y están en la mitad del nivel de hace 25 años", explicó Gregg Carter, de la Universidad Bryant de Rhode Island.

2) Las víctimas son escogidas al azar. De hecho, los estudios muestran que la mayor parte de los tiroteos están dirigidos contra una persona o una institución por la que el autor tenía un reproche particular.

3) La gran mayoría de las muertes ocurren en grandes tiroteos. Es falso en la realidad cotidiana de la violencia por armas de fuego.

4) Los asesinos son mayoritariamente enfermos mentales. Un estudio en Baltimore, St. Louis y Los Angeles concluyó que los hechos de violencia atribuibles a problemas mentales graves son apenas el 4%. En otras palabras, la inmensa mayoría de los tiroteos se explican por otros factores, como la ira, los celos y el odio.

5) La mayoría de los estadounidenses quiere prohibir las armas. Esta idea extendida en el extranjero es ampliamente falsa. Incluso los más virulentos militantes antiarmas han renunciado a modificar la sacrosanta Segunda Enmienda de la Constitución sobre su posesión y ninguna figura política estadounidense llama a confiscar las armas. AFP

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