LA BITÁCORA

Brasil en estado catatónico

Como en una película de acción y suspenso, la bala que acabaría con una presidencia se atoró en el cargador, justo cuando el dedo ejecutor jalaba el gatillo.

La pistola metafórica es el Congreso. A horas de que el Senado vote el "impeachment" a Dilma Rousseff, y ya nadie dudaba que lo haría, llegó la sorpresiva anulación del proceso que decidió el titular provisional de la cámara baja. En términos futbolísticos, la decisión de Wildar Maranhao fue como la pierna inesperada que saca la pelota sobre la línea, cuando una de las tribunas ya estaba gritando gol.

Los constitucionalistas y las bibliotecas jurídicas se dividirán y no está claro si se sostendrá la decisión de que el tema regrese a la cámara baja, o si se impondrá la visión de que ya es demasiado tarde para que el Senado se eche atrás con la votación que debía realizar mañana. Pero lo que está claro es que la votación de los diputados que acaba de ser anulada, estuvo plagada de vicios que incluyeron los discursos disparatados de muchos diputados que justificaban su voto contra Dilma en cuestiones que nada tienen que ver con la acusación planteada para el juicio político.

También está claro la falta de autoridad moral de Eduardo Cunha, el jefe de los diputados que fue suspendido por corrupción, tras haber habilitado el proceso contra la presidenta.

El legislador que detuvo la ejecución política de Dilma, no pertenece al PT sino a un partido derechista que rompió con el gobierno y apoyó el juicio político. No hay certezas sobre las motivaciones que tuvo para adoptar esta posición, aunque en la votación de los diputados había roto la disciplina partidaria votando contra el impeachment. Las únicas certezas que puede haber, a esta altura, es que el Congreso está en estado catatónico y que el proceso que intenta destituir a la presidenta se parece más a un linchamiento institucional, que a un proceso institucionalmente cristalino, en el que lo que vale es la evidencia objetiva y no la intencionalidad política.

La presidenta tiene responsabilidad en la crisis económica, pero que una clase dirigente turbia y decadente la sacrifique como chivo expiatorio, para expiar su mala imagen ante una sociedad asqueada, resulta un enchastre constitucional que sólo puede traer inestabilidad y salvajismo político.

No está dicha la última palabra sobre la suerte que correrá Dilma

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