La Bitácora

La bomba que tiró Lanata

Teóricamente, la candidatura a gobernador de Aníbal Fernández debió quedar fulminada el domingo a la noche, cuando el programa de Jorge Lanata intentó probar sus vínculos con el narcotráfico. Por cierto, la denuncia periodística puede ser parte de un complot contra el jefe de Gabinete.

No obstante, hasta en ese caso, Aníbal Fernández tiene dos problemas: de haber conspiración, la urdió el candidato presidencial del kirchnerismo, Daniel Scioli, a quien ahora mima el Grupo Clarín, para favorecer la postulación de Julián Domínguez, un moderado que aportaría más, o restaría menos, a la campaña presidencial oficialista, que si quedara en pie la candidatura del agresivo Aníbal, acompañado por el ideologizado Martín Sabattella.

El otro problema es que la sospecha de vínculos con el narcotráfico ensombrece al actual jefe de Gabinete de Cristina, desde que fue intendente de Quilmes. Ahora bien, que la denuncia debiera difuminar su postulación, no quiere decir que eso ocurra. Argentina lleva tiempo mostrando que ni la corrupción, ni el delito, o incluso los posibles asesinatos políticos, influyen sobre el ciudadano a la hora de votar. Es como si el país hubiera perdido el estupor, o la capacidad de indignarse frente a los corruptos, los delincuentes y los crímenes vinculados con el poder. Si no tuviera menguados el estupor y la capacidad de indignación ante ciertos flagelos de la política, la presidenta tendría su imagen pública en el suelo. La inmensa popularidad de Bachelet se derrumbó cuando la prensa mostró que su hijo hizo tráfico de influencia en beneficio de la esposa. La presidenta chilena echó a su hijo del gobierno, lo obligó a pedir perdón en público y también ella pidió perdón en público, pero aun así los chilenos la castigan en las encuestas. Si Cristina fuera presidenta en Chile, las pruebas existentes en la causa Hotesur y otras señales de lavado de dinero mediante testaferros, ya hace tiempo la abrían conducido a juicio político y las encuestas la mostrarían sepultada bajo la indignación social. Pero gobierna la Argentina; el país que se conmocionó por la oscurísima muerte del fiscal Nisman por apenas un par de semanas; el país que no movió un dedo cuando impidieron al juez Bonadío seguir investigando el posible lavado de dinero a través de hoteles de la jefa de Estado. Un país que considera que la corrupción y los delitos son problemas menores. La contracara en esos temas está en las sociedades de Chile y Brasil.

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