ARGENTINA

Tras 44 años preso, sale de la cárcel por un día

El mayor asesino argentino se sometió a pruebas médicas.

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Robledo Puch es enviado a un centro para ser sometido a exámenes médicos. Foto: Telam

Carlos Eduardo Robledo Puch, el máximo asesino de la historia criminal de Argentina que lleva 44 años detenido, fue trasladado ayer desde la cárcel de Sierra Chica (centro de la provincia de Buenos Aires) a la Asesoría Pericial de San Isidro para ser sometido a distintos estudios médicos. Es la primera vez, en más de cuatro décadas, que el hombre abandona el penal.

Escoltado por una decena de efectivos del Servicio Penitenciario Bonaerense, Robledo Puch ingresó al playón de estacionamiento de la sede pericial. Allí se realizó una serie de estudios hasta que finalmente a las 10.45 se retiró, otra vez en medio de un importante operativo de seguridad.

Este famoso criminal argentino fue condenado en 1972 a reclusión perpetua, más la pena accesoria de reclusión por tiempo indeterminado, por haber cometido 10 homicidios calificados, un homicidio simple, una tentativa de homicidio, 17 robos, una violación, una tentativa de violación, un abuso deshonesto, dos hurtos y dos raptos.

El "Angel de la muerte" entró a prisión con apenas 20 años. Hoy, con más de 60, permanece recluido en el pabellón 10 de este penal de máxima seguridad.

Según constataron periodistas presentes en el lugar donde le realizaron los estudios médicos, Robledo Puch llegó y se fue escoltado por personal penitenciario y tanto en su arribo como a la salida contaba con un chaleco antibalas. Fuentes policiales aseguraron que en ningún momento el hombre hizo declaraciones.

El terror de Olivos.

Su historia delictiva comenzó en 1970 con otro criminal, llamado Jorge Ibáñez, con el asalto a la joyería de Rachmil Klinger, en Olivos, una ciudad ubicada a 22 kilómetros de la capital Buenos Aires. De allí se habrían llevado 100.000 pesos. También se los acusó de robar en un taller de caños de escape, a pocas cuadras de la joyería.

El primer homicidio que se les adjudica a estos jóvenes ocurrió en 1971, con la muerte de Manuel Godoy, sereno de una boite de Olivos, y del encargado, Pedro Mastronardi, quienes fueron sorprendidos dormidos.

Con ese puntapié, se inició un raid de crímenes que incluyó el asesinato del sereno de una casa de repuestos, de un empleado de un supermercado y la violación y muerte de dos mujeres.

Pero la complicidad terminó abruptamente en agosto de ese año, cuando protagonizaron un accidente de tránsito en la avenida Cabildo, una de las principales avenidas de Buenos Aires. Ibáñez falleció instantáneamente. Algunos dudan de que la muerte de su primer socio haya sido un accidente.

Al poco tiempo del fallecimiento de Ibáñez, Robledo Puch consiguió un nuevo cómplice. Se trató de Héctor Somoza, junto a quien habría asesinado a un hombre en una concesionaria y a otro sereno en una agencia de automóviles.

Pero este socio tampoco le duró mucho tiempo. En 1972 ambos asesinaron a un hombre en una ferretería, tras lo cual Robledo Puch habría matado de un balazo a Somoza y le habría prendido fuego en la cara y las manos para evitar que lo reconozcan, según se sostuvo en la investigación. Un error en este hecho fue lo que llevó a que finalmente el "Angel de la muerte" fuera detenido: olvidó su cédula en el bolsillo de Somoza.

Sin embargo, Robledo Puch niega cada uno de los asesinatos por los cuales fue condenado, aunque admite haber cometido varios robos, según se explica en la investigación de su causa.

El mayor criminal continuará en prisión.

En los últimos 25 años ha pedido varias veces su libertad. En su última solicitud, presentada ante un tribunal, Robledo Puch sugirió que le colocaran una pulsera electrónica para demostrar que no tiene la intención de huir. Los informes psicológicos y psiquiátricos realizados indican que todavía no cumplió los objetivos de resocialización.

Un fantasioso con ganas de matar al presidente.

En sus años de reclusión, Carlos Robledo Puch tuvo varios brotes psicóticos. Así lo establecieron los diferentes peritajes psiquiátricos, que hablan de una persona con "perturbación esquizoide" y se cree "libre de todo mal y toda culpa".

Una de las manifestaciones más claras de su estado mental ocurrió a fines de 2001, cuando Puch se disfrazó con unas antiparras y una capa asegurando ser Batman. Así personificado, quemó un taller del penal.

En una visita que realizó el diario argentino La Nación a la cárcel de Sierra Chica, personal del penal contó anécdotas de este hombre que pasa gran parte de sus días leyendo, escuchando la radio y escribiendo. Entre otras cosas, contaron que una vez le regaló una muela a una de sus psiquiatras.

También hablaron de su humor cambiante. Dependiendo de su estado de ánimo, por momentos manifiesta grandes deseos de libertad para vivir en paz, lejos de la cárcel, mientras que en otros momentos habla de salir para ser "el sucesor de (Domingo) Perón" e incluso dicen que llegó a decir que mataría a la persona que fuera presidente.

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