El escultor dejó una vasta obra pública; su taller permanece inalterado

Zorrilla, a 40 años de un legado

Mañana se cumplen cuarenta años de la muerte del escultor José Luis Zorrilla de San Martín, cuyo taller, en la calle Tabaré, en Punta Carretas, se mantiene tal como el artista lo dejó en su último día de labor, aunque cerrado por ahora a la contemplación del público interesado.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
En el próximo Día del Patrimonio se abrirán las puertas del mágico taller. Foto: BMR.

Seguramente ese mágico mundo de estatuas, bustos, alegorías y ensayos realizados en bronce, mármol o arcilla, al que solo algunos pocos privilegiados pueden acceder, se abra a la contemplación de todos en el próximo Día del Patrimonio. Así, al menos, quedó pendiente una promesa.

Hijo del poeta Juan Zorrilla de San Martín, cuya casona-museo es lindera con los fondos del taller, el escultor despertó muy joven al arte en las disciplinas de la pintura y la escultura, aunque fue en esta última en la que descolló a nivel nacional e internacional con obras que pertenecen a la inmortalidad y enriquecen el acervo cultural del país.

Si El Gaucho (en la conjunción de Constituyente con la avenida 18 de Julio) y el Obelisco a los Constituyentes de 1830 (18 y Bulevar Artigas) son sus monumentos más recordados, no por su mayor fama le restan valor artístico a otras obras públicas de singulares características, como el monumento mortuorio del primer arzobispo de Montevideo, monseñor Mariano Soler, que tallado en mármol blanco se encuentra en la nave sur de la Catedral montevideana, con cuatro figuras alegóricas, de excepcional estética, custodiando el cuerpo inerte del prelado. El conjunto, de gran tamaño, es uno de los grandes aciertos del artista.

También merecen destaque dentro de la obra global de Zorrilla las estatuas de Artigas que el artista concibió en distintos momentos y con la reiterada circunstancia de que lo imaginó siempre de pie, acaso marcando diferencias con el Artigas ecuestre del italiano Zanelli, el de la plaza Independencia.

Los de Zorrilla que se encuentran emplazados en lugares públicos son: el Artigas ubicado en la fachada del edificio del Banco República (Cerrito y Zabala), el de la plaza principal de Tacuarembó, el de la Avenida Libertador de la capital argentina y otro en la plaza Constitución de Melo. Réplicas de algunos de ellos se encuentran también en Roma, París y Nueva York, entre otras ciudades del mundo, prueba de la proyección internacional que el escultor compatriota tuvo en vida.

En Buenos Aires plasmó el imponente monumento al Gral. Julio A. Roca ubicado en la intersección de Diagonal Sur y Lima, en pleno Centro de la capital del vecino país.

Medalla.

Siguiendo el repaso de su obra pública debemos sumar la Fuente de los Atletas, en el Parque Rodó, merecedora de una Medalla de Plata en el Salón de Otoño de París, en 1925. Y si no ganó la de Oro fue simplemente por el hecho de que la misma solo podía acreditarse a los artistas franceses. Para los extranjeros era la de plata.

También merece recordarse el monumento a su padre el poeta, en la Rambla, frente al ingreso al faro de Punta Carretas, como asimismo el bronce de Aparicio Saravia ecuestre en la confluencia de Millán y Luis Alberto de Herrera, encargado por el Partido Nacional. Para muchos, una de sus más llamativas obras es El Viejo Vizcacha, al que, interpretando los versos de José Hernández, lo rodeó de perros y lo sentó en una calavera de vaca. Se encuentra en la plaza Varela (Canelones y Avenida Brasil) y lo concibió, en magnífica síntesis de bronce, con un porte de gaucho digno, conocedor de las cosas del campo y acaso menos ladino de lo que lo describió Hernández.

El interior del país se enriqueció con obras de Zorrilla, como el monumento a la Batalla de Sarandí, una alegoría inaugurada en 1923 en la plaza principal de Sarandí Grande realizado cuando apenas tenía 32 años; o el Grito de Asencio, en Mercedes, escenificado en un jinete gaucho que es pura energía y el monumento a la Acción de Dolores, en la ciudad homónima, una alegoría que recuerda el primer encuentro armado de la gesta de los Treinta y Tres orientales.

Si por las obras se conoce a la persona, se puede deducir que Zorrilla fue un perspicaz estudioso de nuestra historia, un conocedor del hombre de la Patria Vieja (hay un óleo suyo en el Museo Casa de Rivera que lleva precisamente ese título) y un artista identificado con la savia oriental, que supo con maestría adaptar a la esencia nacional un estilo escultórico de influencia italiana. Y acaso ese apego a la tradición histórica nacional lo abrevó desde muy joven en el arte de su padre el poeta, que supo cantarle en inflamados versos a la forja independentista de 1825 (La Leyenda Patria), a los charrúas (Tabaré) y al Prócer oriental (La Epopeya de Artigas).

El 24 de mayo de 1975, 40 años atrás, el escultor dejó de existir, pero su obra permanece como legado artístico al alcance de todos los compatriotas, que pueden contemplar sus monumentos públicos en diversas calles y plazas. No obstante, hay otras que se atesoran entre las paredes de ese taller que se mantiene tal como Zorrilla lo dejó el día que ya no pudo ascender a un andamio para modelar en arcilla una nueva estatua. Alguna vez, en el Día del Patrimonio, los descendientes del escultor lo abrieron, siendo en esas oportunidades uno de los lugares más visitados de la particular jornada. Pero han sido pocas. Este año, empero, será una de ellas, para solaz de la población que podrá apreciar ese mágico mundo elaborado con sus manos.

ASOMBRO.

Un gaucho uruguayo navegando por el Sena.

El Gaucho, su obra más representativa, tiene la particularidad de no haber sido concebido en nuestro país.

En efecto, la estatua fue moldeada en París, porque Zorrilla, luego que ganara el concurso al llamado de la Federación Rural (que quería donar la estatua de un auténtico gaucho a la ciudad de Montevideo) prefirió alejarse de toda influencia local para concebir su hombre de tierra adentro y optó por instalar un taller en la capital francesa, donde —con poco más de 35 años de edad— se abocó durante muchos meses a la tarea de modelar a ese entrañable personaje uruguayo.

Cuando al fin tuvo el yeso pronto, se encontró con inesperadas demoras en las broncerías francesas, que le impedían llegar a tiempo a la fecha de inauguración (el último plazo era el 31 de diciembre de 1927). Zorrilla, entonces, envió el yeso a Bélgica, sorteando las dificultades para movilizar tamaño monumento. Y cuando al fin el bronce del Gaucho estuvo pronto, se lo envió de vuelta a París en una chata fluvial. Hubo entonces crónicas muy jugosas en la prensa francesa, que narraban con asombro cómo un gaucho de las pampas, montado a caballo, iba navegando por el Sena hasta desembarcar en París.

Nacido en Madrid y padre de China.

Nacido por circunstancias fortuitas en Madrid el 5 de setiembre de 1891 (su padre ejercía en esos momentos la función de ministro plenipotenciario del Uruguay ante el reino de España) José Luis Zorrilla de San Martín tuvo muy pronto inclinaciones por varias ramas del arte. Esa inquietud lo llevó a ensayar también la pintura mural, cuyas huellas pueden seguirse en los techos de la capilla del Buen Pastor en la excárcel de mujeres de la calle Miguelete y en el comedor de la casona-museo de su padre, donde plasmó en un tríptico una admirable interpretación de la cena de Emaus con Jesucristo y sus discípulos luego de la Resurrección. Al margen de su tarea propiamente artística, José Luis fue también director del Museo Nacional de Bellas Artes (1940).

Casado con Guma Muñoz del Campo, formó una familia con cinco hijas que, a su manera, cada una tuvo también tendencias hacia el arte, descollando sobre todo China, actriz idolatrada en las dos márgenes del Plata y Gumita, genial vestuarista.

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