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El zapatero de Vázquez y Bush

Zapateros artesanales y lustrabotas: dos viejos oficios a un paso de quedar en la historia.

Bisignano: Carmelo, uno de los tres hermanos que dirigen la zapatería es consciente de que el oficio "lentamente tiende a desaparecer". Foto. Fernando Ponzetto
Bisignano: Carmelo, uno de los tres hermanos que dirigen la zapatería es consciente de que el oficio "lentamente tiende a desaparecer". Foto. Fernando Ponzetto
Bisignano: Carmelo, uno de los tres hermanos que dirigen la zapatería es consciente de que el oficio "lentamente tiende a desaparecer". Foto. Fernando Ponzetto
Bisignano: Carmelo, uno de los tres hermanos que dirigen la zapatería es consciente de que el oficio "lentamente tiende a desaparecer". Foto. Fernando Ponzetto
Bisignano: Carmelo, uno de los tres hermanos que dirigen la zapatería es consciente de que el oficio "lentamente tiende a desaparecer". Foto. Fernando Ponzetto
Bisignano: Carmelo, uno de los tres hermanos que dirigen la zapatería es consciente de que el oficio "lentamente tiende a desaparecer". Foto. Fernando Ponzetto
Prócer: "La gente antes se lustraba más", sostiene Raúl que lleva 15 años en la plaza. Foto: Fernando Ponzetto
Prócer: "La gente antes se lustraba más", sostiene Raúl que lleva 15 años en la plaza. Foto: Fernando Ponzetto
Prócer: "La gente antes se lustraba más", sostiene Raúl que lleva 15 años en la plaza. Foto: Fernando Ponzetto
Prócer: "La gente antes se lustraba más", sostiene Raúl que lleva 15 años en la plaza. Foto: Fernando Ponzetto
Prócer: "La gente antes se lustraba más", sostiene Raúl que lleva 15 años en la plaza. Foto: Fernando Ponzetto
Prócer: "La gente antes se lustraba más", sostiene Raúl que lleva 15 años en la plaza. Foto: Fernando Ponzetto
Prócer: "La gente antes se lustraba más", sostiene Raúl que lleva 15 años en la plaza. Foto: Fernando Ponzetto
Prócer: "La gente antes se lustraba más", sostiene Raúl que lleva 15 años en la plaza. Foto: Fernando Ponzetto
Prócer: "La gente antes se lustraba más", sostiene Raúl que lleva 15 años en la plaza. Foto: Fernando Ponzetto
Prócer: "La gente antes se lustraba más", sostiene Raúl que lleva 15 años en la plaza. Foto: Fernando Ponzetto
Prócer: "La gente antes se lustraba más", sostiene Raúl que lleva 15 años en la plaza. Foto: Fernando Ponzetto
Prócer: "La gente antes se lustraba más", sostiene Raúl que lleva 15 años en la plaza. Foto: Fernando Ponzetto

Bisignano es el nombre de un pueblo ubicado en la provincia de Cosenza, al sur de Italia. Allí crecieron Carmelo (69), Mario (65) y José Rago (71), tres zapateros que en 1954 llegaron a Montevideo con su familia cuando todavía eran niños. Bisignano también es el nombre de un pequeño local ubicado en el Centro de Montevideo en el que los tres hermanos diseñan, confeccionan y fabrican zapatos a medida desde hace más de 30 años.

En los primeros días de marzo de 2007, los hermanos estaban en su taller de la calle Barrios Amorín en el momento en que llegaron dos hombres que traían dos patas de cuero de potro y unas medidas anotadas en una hoja. Querían hacer un par de botas. No se trataba de un pedido normal, ya que el calzado era el regalo que Tabaré Vázquez, en su primer mandato, le iba a hacer al entonces presidente George W. Bush cuando realizó su visita a Uruguay.

"Nunca nos había pasado algo así", comenta Carmelo. "Vinieron dos funcionarios de la secretaría de Vázquez con las medidas". El presidente es cliente de Bisignano desde hace años y fue su idea obsequiarle a Bush un par de botas hechas a mano.

Vázquez ya se había hecho calzado a medida para la asunción como presidente de la República en 2005. "Cada vez que se hace zapatos con nosotros le va bien", bromea el artesano.

Cuadro en el local con la noticia de la bota de un diario italiano. Foto: F. Ponzetto
Cuadro en el local con la noticia de la bota de un diario italiano. Foto: F. Ponzetto

Repercusión.

Carmelo comenta asombrado que el regalo al mandatario estadounidense trascendió fronteras. Incluso un diario de Italia publicó entonces una nota sobre la zapatería, "un museo viviente donde se conserva un delicioso olor a cuero curtido que llena las fosas nasales", apuntó el periodista al describir el local.

Recuerda que tuvieron que trabajar en las botas con "urgencia" y que en poco más de dos días el calzado ya estaba pronto. "Fue un regalo a Bush en nombre de todos los uruguayos", afirma.

Cuando fue a retirar el cheque al Ministerio de Economía, le preguntaron: "¿Solo esto le vas a cobrar?".

"Se creían que íbamos a hacer las botas y a cerrar la cortina", explica el zapatero, pero lejos estaban de hacerlo.

Los hermanos continúan atendiendo a una clientela selecta —médicos, empresarios y políticos— y también a muchos integrantes de la colonia italiana que conocen su trayectoria.

Vázquez se ha convertido en cliente habitual.

"Cada tanto viene", comenta Carmelo, aunque la que más aparece por el pequeño taller de los hermanos italianos es la primera dama, María Auxiliadora, a encargar el pedido para su esposo.

Cuando el presidente viaja el exterior, elige un calzado "náutico suave" para que no se le hinchen los pies, explica el artesano. También le han hecho "tres o cuatro pares de zapatos de vestir y algún mocasín". Su horma (del talle 41) es especial porque tiene "el empeine alto y el pie ancho", explica Carmelo.

Bisignano es de los pocos comercios que fabrican zapatos a medida y que se han perpetuado en el tiempo.

El oficio forma parte de una tradición aprendida desde la infancia. Cuando iba al colegio, Carmelo pasaba largas horas en el taller de su padre y así fue aprendiendo la labor. "Enderezás algún clavito, pegás alguna cosa y empezás como un juego", comenta; y agrega que "después te das cuenta que es un oficio".

En vías de extinción.

El artesano reconoce que "últimamente el negocio no marcha muy bien".

Años atrás las costumbres eran otras y con el correr del tiempo y la aparición de nuevos productos, el negocio se hace cuesta arriba.

Carmelo admite que la profesión "de manera lenta, está tendiendo a desaparecer" aunque no se preocupa por la competencia de calzados deportivos ya que "un zapato chino no se compara con uno de cuero, hecho a mano".

Pasaron 10 años de aquel encargo para el presidente Bush y los hermanos continúan en el mismo lugar. Ahí, en ese rinconcito de la calle Barrios Amorín, con ese "delicioso olor a cuero curtido", rodeados de cuadros, fotografías y recuerdos que evocan a su querido pueblo calabrés, es donde los hermanos van a estar "hasta que el cuerpo aguante".

Raúl, el lustrabotas del mausoleo que saca brillo al oficio

Desde hace quince años atiende a su clientela en la Plaza Independencia.

Raúl (83 años) se levanta a las cuatro de la mañana y a las siete enciende la TV y mira a Núbel Cisneros para conocer el pronóstico del tiempo. Entonces decide si ese día saldrá a trabajar o no. Si no llueve, ni el viento es muy fuerte, cerca de las 11 empieza a guardar las pomadas, los cepillos y los paños en su mochila, que coloca en un carrito para partir rumbo a la Plaza Independencia.

Una vez que llega, camina hasta el parking de la calle Juncal para ir a buscar lo único que el físico no le permite cargar: la silla diseñada para sus clientes. A las 12 ya está instalado, coloca la silla a pasos del Mausoleo de Artigas y se mueve con su carrito cual pieza de ajedrez que intenta hacerle jaque a la sombra para dar con el rayo de sol que lo mantenga caliente.

Hace 15 años que Raúl se jubiló, y como la plata no le alcanza decidió retomar el oficio que aprendió de chico, el de lustrabotas.

Raúl nació en Minas, su padre era empleado municipal y su madre se dedicaba a coser pantalones en una máquina a pedal. Cuando tenía 10 años la situación económica de la familia empeoró. Su madre empezó a cocinar pasteles y tortas fritas y les pidió a Raúl y a sus hermanos, que lavaban vasos en distintos bares, que la ayudaran a vender la comida en la calle durante las tardes. Pero él ocupaba sus tardes yendo a barrer y a lustrar algún zapato a una zapatería cerca de su casa, que era propiedad de un italiano.

"Lo que me enseñó me quedó grabado", recuerda.

Tiempo más tarde la familia se mudó a Montevideo. En plena adolescencia empezó a trabajar con su padrino en el Mercado Agrícola y poco a poco se convirtió en feriante mayorista, hasta que se jubiló.

Junto a los restos de Gervasio Artigas, Raúl encontró su espacio. Colgó un tablón —"El Prócer Calzados"— y se instaló, como un apéndice del monumento. "La plaza me encantó porque es un público distinto, prolijo, respetuoso y está cerca de mi casa", dice.

Los turistas se sacan fotos frente al Mausoleo de Artigas, mientras de reojo miran a Raúl, que vestido con un abrigo, pantuflas y un gorro de pescador saluda a alguna persona que pasa y grita su nombre. "El público de ahora no es el de antes, la gente antes se lustraba más", reflexiona. Reconoce que los calzados deportivos le han "pegado fuerte" a su oficio.

"Los championes son para cuatro o cinco meses", dice; "en cambio, con un zapato bien lustrado seguís caminado como si nada".

"Tome, don Julio, le dejo estos que son marrones" dice un hombre de traje mientras le entrega una bolsa con zapatos que pasará a recoger más tarde. Poco le molesta a Raúl que el joven confunda su nombre. "Acá la gente me apoya mucho", dice. Hay mujeres que salen del Sodre y le dejan sus carteras para que él las lustre o les haga algún arreglo.

Sobre las seis de la tarde, a paso aletargado, tal como llegó, Raúl comienza a desarmar lo montado, llena el carrito y va hasta el parking de Juncal a dejar la silla guardada hasta el día siguiente, si Núbel Cisneros lo permite.

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