LA COLUMNA DE PEPEPREGUNTÓN

Tuya, Wilmar

El gobierno y no solo el ministro del Interior, Eduardo Bonomi, decidió hace rato salirse del fútbol.

En lugar de asumir la responsabilidad de mantener el orden y de garantizar la seguridad de protagonistas y espectadores, el gobierno optó por el camino más cómodo. El de lavarse las manos. Quedarse hubiera significado hacer lo que había que hacer. Enfrentar a los violentos, reprimir si es necesario y erradicar a los delincuentes de las canchas. ¿Pero quién estaba dispuesto a pagar el costo político de una Policía dando palo? Nadie. Ni el presidente Tabaré Vázquez, ni su incombustible ministro del Interior, nadie.

Era imperioso encontrar a alguien a quien el Estado pudiera transferir una responsabilidad que, como cualquiera sabe, es del propio Estado. Y que aceptara la tarea. Así fue que Bonomi, el subsecretario Jorge Vázquez, el secretario de Deportes, Fernando Cáceres, y el subsecretario Alfredo Etchandy se encargaron de instalar en la opinión pública, en forma machacona, la idea de que "en todo el mundo" la Policía ya no entra a los estadios y que la seguridad de los espectáculos debía ser responsabilidad de los clubes y de la Asociación Uruguaya de Fútbol, y no del Estado, del gobierno, del Ministerio del Interior o de funcionario alguno.

El Operativo Lavado de Manos estaba en marcha. Pero para funcionar era preciso encontrar a una AUF dispuesta a decir a todo que sí. A no cuestionar nada con tal de que el circo siguiera abierto. A asumir como propias responsabilidades ajenas.

Y la encontraron. Todos sabían de antemano que la seguridad privada no sería la solución, porque no tiene el marco legal para hacer cumplir la ley ni las herramientas para reprimir cuando hay que hacerlo. Todos sabían que no vender entradas el día del partido no alejaría a los violentos, sino a la gente de bien. Todos sabían que las cámaras de reconocimiento facial no solucionarían todo. Y todos sabían que sin la Policía en las tribunas, haciendo lo que por ley debe hacer, sería imposible.

Hoy todos le piden al gobierno que ceda, que asuma su error/horror y que, por una vez, asuma su responsabilidad. Que vuelva a poner a la Policía en la tribuna, como corresponde. Que no tenga miedo de ejercer la autoridad. Lo piden los espectadores, los jugadores, los jueces, el personal de recaudación, los entrenadores y el sentido común.

Y entonces sale, cuándo no, el inefable Bonomi, a explicar que no debe pedirse a la Policía "que resuelva el hecho social". "Cuando hay un aumento de la violencia se toma a la Policía como la que tiene que resolver. Habría que llamar a toda la sociedad a encarar esos problemas", dijo.

En algo tiene razón Bonomi. La sociedad debe asumir el liderazgo. Debe llamar a responsabilidad al gobierno y al Ministerio del Interior. Debe exigirles que hagan lo que deben hacer. Que cumplan con las funciones que les son propias.

Y si no se animan o prefieren no hacerlo, que no haya fútbol. Y que el gobierno tenga que explicar a los uruguayos, a los que parece importarles más el fútbol que tantas otras cosas, por qué no está rodando la pelotita.

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