PESCADORES ARTESANALES DE RÍO NEGRO

Vidas a la deriva en el río Uruguay

Muerte de dos jóvenes en una barca sacó a luz la azarosa subsistencia de los pescadores.

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Luis Navarro en busca de leña en el río, tiene enfrente la planta de UPM. Foto: D. Rojas

Viven de la naturaleza, lejos de leyes previsionales y no saben de domingos o feriados. Muchas veces pasan hambre y frío cuando una tormenta los sorprende en el medio del río y deben refugiarse en una isla durante dos o tres días. Es la vida que llevan unos treinta pescadores que residen, en su mayoría, en el periférico barrio Las Canteras de Fray Bentos. Han encontrado en el agua la única forma de subsistir. Cuando la presencia de peces en el río Uruguay es baja, se la rebuscan haciendo leña y matando algún jabalí para llevar algo de sustento a la casa.

La precariedad con la que conviven decenas de pescadores artesanales en Río Negro salió a luz a partir de la tragedia ocurrida en la tarde del sábado 22 de julio. Ese día, una embarcación con cuatro tripulantes zozobró en el río Uruguay cerca de la desembocadura del arroyo Yaguareté y frente a la planta de UPM, campos a los que habían concurrido para recoger leña de monte que iban a llevar hasta playa Ubici para venderla como atados. El sobrepeso parece haber sido la causa del accidente que ahora investiga la Justicia.

Dos personas mayores lograron salvarse, una de ellas con el único chaleco salvavidas que había a bordo, y llegaron a la costa a nado. Otros dos jóvenes, de 21 y 17 años, no corrieron la misma suerte. Al cuerpo del menor lo terminaron hallando casi tres días después, con un importante despliegue de la Armada. Sin embargo, fue un pescador, empleando su red de pesca, quien logró encontrar el cuerpo y sacarlo a la superficie. Esa colaboración desinteresada terminó por romper la única herramienta con la que contaba Óscar Morales para ganarse el sustento diario. De inmediato, la comunicadora local Sandra Dodera organizó una campaña en las redes sociales para reunir el dinero a modo de agradecimiento por su trabajo.

El pescador.

"Hace cuarenta años, desde chiquito, conozco bien el río por arriba y por abajo, lo conozco como la palma de mi mano", contó Oscar Morales a El País, en su humilde vivienda del barrio Las Canteras, por donde pasa el arroyo La Esmeralda.

Cuando todavía se buscaba el cuerpo del joven tripulante desaparecido, Morales se puso a disposición de los familiares. "No sabía cómo decirles para colaborar, pero como cuento con mis conocimientos y herramientas de pesca, me terminé ofreciendo".

"Yo hago pesca de arrastre con redes y era la única forma de encontrar al muchacho en el fondo del río. Tengo una red de 150 metros cargada de plomo que es la que se utiliza para encontrar el pescado que está en el fondo del río. Y usted, del fondo del río, saca lo que haya, desde cucharitas hasta ramas o troncos. Se trabaja desde arriba del bote en marcha a la redonda, se va cerrando el círculo y después se junta. Cuando se termina de cerrar, el motor va cinchando y después junta todo lo que hay abajo", explicó el pescador sobre la metodología empleada.

Contó que le llevó entre tres y cuatro horas encontrar el cuerpo del menor desaparecido. "Nadie me indicaba una zona exacta donde tirar la red, luego me explicaron adónde encontraron al otro joven, entonces le calculé unos quince metros de distancia, suponiendo que podían haber ido juntos nadando. Enseguida le avisé a Prefectura, que estaba desplegada en toda la zona", contó Morales.

Esa tarea hizo que la red se rompiera. "Lo hice por colaborar, fue de corazón, en solidaridad con esa familia del pobre muchacho", dijo.

"No pretendía que me dieran nada pero la gente empezó a enterarse y vino el padre y me dio 5 mil pesos. No necesito más nada, con eso alcanza para comprarme una red. La vieja quedó muy rota por los troncos y el ramaje", aclaró Morales.

Detrás de un escritorio.

Al pescador le resultó "un poco raro" que los jóvenes se hayan ahogado en una zona donde hay bancos de arena y la profundidad no supera el metro y medio. "Ellos (por el personal de la Armada) están detrás de un escritorio, estudiaron por libros y uno en cambio conoce todo por estar en contacto directo con la naturaleza. Puedo sacar varias conclusiones, pero sobre todo me pregunto cómo es posible que la ropa del fallecido estuviera dentro de la embarcación. Para saber mejor los hechos habría que hablar con UPM que tiene cámaras apuntando a toda esa zona, a lo mejor así las autoridades pueden encontrar más elementos para saber cómo ocurrió esto", reflexionó el experimentado pescador.

Vida y costumbres.

"Casi todos en este barrio somos obreros y pescadores, y en Fray Bentos no hay trabajo, así que imagínese... Nuestro jornal en el agua es como la quiniela: a veces se sacan cien kilos, otras veinte, y a veces nada. Es brava, la vida del pescador es difícil. Uno sale con la expectativa de traer algo a casa y a veces volvés sin nada", confiesa Morales.

"Uno también se acobarda de tanto pasar frío y hambre. A veces se sale con un poco de yerba nomás, es la realidad de las cosas. En mi caso, me voy cerca de Nuevo Berlín buscando el pescado, me encuentro con viento o lluvia y me arrimo para cualquier lado, agarro un nailon y espero que calme la tormenta", cuenta el baqueano del río Uruguay.

La pesca depende mucho del nivel del río y del movimiento en las represas. "Hace poco pasamos como tres meses sin pescar nada con el tema de las inundaciones porque con el río crecido, los peces se meten en zona de esteros para no ser arrastrados y se mantienen allí hasta que baja".

"Entonces hago un poco de leña o alguna changa pero usted ya sabe cómo está la cosa; acá no hay trabajo para nadie. Por supuesto que me encantaría agarrar un trabajo y contar con un sueldo seguro todos los meses, porque acá no hay jubilación ni nada", explicó.

"La vida en el río es linda, pero se vive de a ratos".

El pescador Luis Navarro tiene su campamento casi en la desembocadura del arroyo Yaguareté.

Levanta los ojos y enfrente tiene la inmensa planta de UPM. Se crió de niño en el río. "La vida aquí es linda, estoy más tranquilo que en el pueblo. Si pudiera me quedaría de continuo acá, pero de esto se vive de a ratos, y a ratos se corta", explica.

Por estas horas, la pesca es escasa.

"Un pescador que quiera vivir de esto tiene que hacer por lo menos 900 pesos, o al menos unos 400 por día para tirar. Nos pagan entre 15 y 16 pesos el kilo de sábalo", afirma. Antes eran pocos lo que vivían como él, "pero ahora es un disparate la cantidad de gente que se dedica a lo mismo", dice Navarro.

A merced del frío y de los mosquitos en verano.

Darío Centurión vive cerca de la casa de Morales. Tiene 28 años, esposa y tres hijas que esperan su regreso a casa todos los días. "Es un trabajo sacrificado. En invierno el frío es terrible y en verano el calor y los mosquitos te matan. Además hay muchos peligros en el agua", dice. "Si se levanta mucho viento uno tiene que quedarse dos o tres días sin volver a casa porque te agarra el mal tiempo afuera". En su caso, pesca con trasmallo especies como boga, sábalo, tarariras y dorado, respetando las épocas de veda. Casi todos lo venden y cobran en el momento en la cámara frigorífica que existe en el barrio.

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