EMERGENCIA CLIMÁTICA: DRAMAS AL NORTE Y AL SUR

"Vendemos todo, nunca más vuelvo a mi casa"

Inundación histórica del río San José afectó a 2.000 familias.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El río San José transformó el hipódromo en un enorme embalse. Foto: F. Flores

Bajo una lluvia persistente, Victoria Magallanes cargaba estoicamente en el maletero de su Suzuki Swift Sport las alfombras que había logrado salvar de la inundación de su casa. Su hermana, Raquel, le acercó una enorme sombrilla de playa, cuya toldo de color verde sobresaltaba el barniz del mango de madera. "Nos vamos porque nos dijeron que el río (San José) estaba subiendo otra vez", dijo a El País, mientras su esposo encendía la luz del frente de la vivienda.

La ciudad de San José vive la mayor inundación de su historia al alcanzar el río homónimo la altura de 11,35 metros. El agua tapó en poco tiempo decenas de casas en la tarde del sábado 16. Se estima que la creciente afectó a 2.000 familias de toda clase social.

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La educadora preescolar Ana Gonnet y su esposo, Martín Tabárez, un empleado del frigorífico San José, tapiaban ayer puertas y ventanas de su casa con chapas usadas, decididos a abandonarla para siempre. "En el terreno hay tres casas. Lo venderemos al mejor postor. Nunca más voy a vivir en esta casa", dijo Tabárez.

El ladrillero Julio César Bravo Taio perdió todo. Su casa humilde quedó inundada hasta el techo, lo mismo que su horno de ladrillos. El agua destruyó todas sus herramientas: motosierra, soldadora, taladro. Lo único que se salvó fue un camión Bedford que Bravo Taio puso a resguardo. "Me quedó solo la ropa que tenía encima. De todas formas la vamos a pelear para salir adelante. A los 50 años tengo el cuero duro", expresó.

Eusebio Sosa y su esposa duermen desde hace tres días en dos carpas artesanales a 50 metros de su casa inundada, que se encuentra al final de la calle Lavalleja. Solo salvaron una vieja cocina, la garrafa de gas y una mesa antigua. No se van de la zona porque temen que les roben lo poco que el agua no destrozó. La corriente sacó de la casa una cama de una plaza y, aguas abajo, esta fue "rescatada" por otras personas que no quisieron devolverla. "Lo que trae el agua no es de nadie", le dijeron a Sosa.

Hasta el cuello.

El sábado por la tarde llovía en San José. Detrás del cementerio, Sosa y su esposa se enteraron de que el río había comenzado a crecer. Fueron a ayudar a una vecina con varios hijos. Cuando Sosa y su esposa se dieron cuenta, el agua ya había llegado a sus rodillas.

No tuvieron tiempo de llegar a su casa. "Perdimos casi todo; heladeras, camas, colchones, televisores. Todo fue de repente. Estamos acostumbrados a las inundaciones", dijo Sosa.

Una pregunta recurrente que se le hace a las víctimas de inundaciones es: ¿por qué no se van de este lugar? Eusebio respondió: "Por un tema económico. Mi jubilación no me permite alquilar una casa a $ 6.000 mensuales. No tenemos dónde ir".

El río San José corre a unos tres kilómetros del cementerio. Sin embargo, esa zona de campo es baja y tiene dos lagunas. Como el río creció a un nivel récord, el lugar se transformó en una inmensa represa de varios kilómetros de ancho.

En 2009, el granjero Julio Berrueta construyó una casa de dos pisos. Antes de levantarla, preguntó a los moradores del barrio si el agua había alcanzado su terreno. "Jamás llegó", le dijo un vecino.

Por las dudas, Berrueta levantó el piso unos 60 centímetros. Rodeó todo el predio con un muro de dos metros de bloques. Un portón corredizo de hierro permite el ingreso de su camioneta Volkswagen Saveiro. Al llegar el agua, colocó todas sus cosas a la altura de un metro. Sin embargo, esta alcanzó los dos metros.

Entre las pérdidas, Berrueta mostró un freezer inundado con 100 kilos de carne de pollo. Luego golpeó una puerta interior para mostrar que el agua la había destruido. Por encima de la cerámica del piso de la casa, se observaba una costra de barro de un aspecto extraño.

A unas 20 cuadras de allí, el hipódromo de San José también se había transformado en una enorme embalse.

Haití es una pequeña callecita de unas tres cuadras situada frente al circuito hípico. En la tarde de ayer, cada 15 metros había una montaña de basura formada por trozos de muebles de contrachapado, televisores, colchones mojados, lavarropas y comida en estado de descomposición. Varios perros se hacían una fiesta.

Del otro de la calle Haití, el río San José corría a toda velocidad fuera de madre. Allí habían algunas casas viejas. Estaban vacías, sus paredes mostraban la línea de hasta dónde había llegado el agua.

En la tarde de ayer, los pobladores de los barrios más bajos sacaban de sus casas lo poco que habían rescatado de la creciente del sábado 16. Parecía una especie de "éxodo". Colchones y heladeras era lo que más se veía en las cajas de las camionetas y camiones livianos. Otros se llevaban ropas y frazadas en carros tirados por motos.

Enrique Martínez, empleado del frigorífico San José, tiene un criadero de cabras en el fondo de su coqueta casa con fachada de madera y ladrillos. Para salvar a sus cabras de la creciente, las hizo subirse al techo de su hogar.

Tres días sin agua en la ciudad de San José

La inundación afectó la sala de bombeo de OSE y San José está sin agua desde hace tres días. Para palear la situación, OSE envió camiones cisterna para distribuir agua. "Desde el sábado no nos bañamos en mi casa. OSE gasta el dinero en otras cosas y no en colocar la bomba en un lugar más alto", dijo a El País Raquel Faggini, ama de casa. Fernando Rodríguez, empleado del frigorífico San José, agregó: "Gastamos lo mínimo de agua. Esto nunca se vio".

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