UNA PERSONALIDAD UNIVERSAL CAMINANDO POR MONTEVIDEO

A tres décadas de la visita papal

En 1987 el papa Juan Pablo II recibió el calor popular en momentos difíciles para el país.

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Montevideo: la zona de Tres Cruces fue invadida por 300.000 personas. Foto: archivo El País

En pocos días se cumplirán 30 años de la primera visita del papa Juan Pablo II a Uruguay. Fueron apenas dos jornadas, 31 de marzo y 1 de abril de 1987, pero para la Iglesia Católica uruguaya aquel momento fue clave.

Cuatro obispos, entre ellos el cardenal Daniel Sturla, que en aquel entonces estaba dando sus primeros pasos en el sacerdocio, contaron sus vivencias a El País.

La nueva democracia uruguaya apenas tenía dos años y el muro de Berlín aún seguía en pie. El cardenal Sturla asegura que la visita cambió para siempre la relación entre el Estado y la Iglesia.

Juan Pablo llegó a Montevideo en el marco de su octavo viaje apostólico a América Latina y que incluía Uruguay, Argentina y Chile.

Su presencia estaba ligada a la firma del acuerdo de paz y amistad entre Argentina y Chile, donde el Vaticano a través del cardenal Antonio Samoré medió para evitar un conflicto bélico por el canal de Beagle.

El obispo de Roma aterrizó bajo una lluvia torrencial. Besó el suelo oriental y cumplió con todas las formalidades de un jefe de Estado. Fue recibido por el presidente Julio María Sanguinetti y su esposa, Marta Canessa, y todos sus ministros. Cinco de ellos comulgarían al otro día de manos del propio Juan Pablo II, en un hecho que sorprendió a muchos.

Habló el presidente Sanguinetti y luego hizo uso de la palabra el papa Karol Wojtyla, nacido en Polonia. Su discurso se refirió a la tolerancia política y a la unidad nacional: "En vuestro país conviven en la concordia diversas opciones sociales y políticas, y grupos que profesan diferentes creencias religiosas; todo ello en un clima favorable de respeto y tolerancia".

Además, destacó que "es bien conocido, y me es grato subrayarlo, que los uruguayos sois un pueblo de corazón, que sabe querer y valorar la amistad. Por eso, estoy seguro de que también vosotros sabréis entender mis palabras, palabras de amigo y de padre, que a todos respeta y a todos quiere".

Una vez cumplidos todos los rituales protocolares, con discursos de bienvenida y revista de tropas, Juan Pablo II abordó el "Papamóvil". Los memoriosos recuerdan que la estructura se llovía y el líder católico se siguió mojando. La caravana enfiló a la Catedral Metropolitana. En el camino miles de uruguayos salieron a saludarlo en una apoteosis impensada para uno de los países más laicos del mundo.

Una vez arribado a la catedral, rezó ante la tumba de monseñor Jacinto Vera. Luego se trasladó al Palacio Taranco para suscribir el acuerdo entre Argentina y Chile.

Papamovil: Juan Pablo II ingresó a Montevideo bajo una pertinaz lluvia. Foto: AFP
Papamovil: Juan Pablo II ingresó a Montevideo bajo una pertinaz lluvia. Foto: AFP

Al otro día presidió en Tres Cruces la misa con mayor asistencia de la historia uruguaya. Las cifras sobre la concurrencia no coinciden, pero se estima que hubo entre 250.000 y 300.000 personas. Durante la noche llovió a cántaros pero en el momento de comenzar la ceremonia salió el sol.

"Queridos uruguayos: Vuestra patria nació católica. Sus próceres se valieron del consejo de preclaros sacerdotes que alentaron los primeros pasos de la nación uruguaya con la enseñanza de Cristo y de su Iglesia, y la encomendaron a la protección de la Virgen que, bajo la advocación de los Treinta y Tres, hoy nos preside junto a la cruz. El Uruguay de hoy encontrará los caminos de la verdadera reconciliación y del desarrollo integral que tanto ansía, si no aparta los ojos de Cristo, Príncipe de la Paz y Rey del universo", declamó.

Recuerdos.

El actual obispo de San José, Arturo Fajardo, era entonces un diácono que estudiaba en el Seminario Cristo Rey. Le tocó sostener el micrófono del Papa durante la misa. Al final de la ceremonia el pontífice entabló un imprevisto diálogo con la multitud.

"La gente le gritaba que vuelva, que vuelva. El Papa dijo: veremos, esperemos. El que hacía de maestro de ceremonias me pedía que cortara el micrófono y yo lo dejé encendido porque era un diálogo muy lindo con la gente", contó Fajardo a El País.

Ahora como obispo, siente que el estilo de Juan Pablo II sigue siendo "muy actual" por "la forma en que rezaba, celebraba y se relacionaba con la gente de una manera cercana, algo que también hace Bergoglio".

Un año después de aquella primera visita, en mayo de 1988 Juan Pablo II volvió a Uruguay. Estuvo más tiempo. Recorrió el país y en Florida ordenó a un grupo de sacerdotes, entre ellos estaba monseñor Fajardo.

En esa ceremonia también fue ordenado Milton Tróccoli, actual obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Montevideo. Era diácono y las autoridades de la Iglesia uruguaya de entonces lo nombraron para actuar en la comisión organizadora de la recepción de la primera visita papal en la historia.

"Lo saludé en la Catedral, encontrarme cara a cara con él me dio mucha paz. Para mí Juan Pablo II representó el modelo de sacerdote misionero, no se quedó encerrado, buscó ir al encuentro", afirmó el obispo.

Tróccoli pudo participar de las ceremonias de canonización de Juan Pablo II el 27 de abril de 2014. "Fue muy emocionante, no todos los sacerdotes son ordenados por un santo, y cuando se da, muy pocos llegan a verlo porque eso a veces se produce un siglo después de su fallecimiento", dijo.

El actual obispo de Minas, Jaime Fuentes, era un sacerdote de 47 años en 1987. Su tarea era la asistencia de jóvenes en una residencia del Opus Dei. En aquellos días se acercó a la zona de Tres Cruces y bendijo las obras. "Los obreros y los tres arquitectos tenían un gran entusiasmo. Recuerdo que hubo mucha colaboración de todo el mundo", afirmó.

Cardenal.

Dos décadas más tarde Daniel Sturla puso aquella cruz en su escudo de obispo. Su hermano Martín, diputado blanco, luchó por la aprobación del mantenimiento de aquel símbolo en Tres Cruces. "Es como una pregunta de Jesús, clavada en el centro de la ciudad, que le dice a los uruguayos: ¿Quién dicen ustedes que soy yo?", reflexionó Sturla.

El hoy cardenal y jefe de la Iglesia de Montevideo era un joven estudiante del seminario cuando llegó por primera vez Juan Pablo II a Uruguay. Recién había sido ordenado como diácono. Tenía 27 años y le tocó asistir al Papa en la misa de Tres Cruces. "Fue una experiencia impresionante", afirmó.

Aquel 1° de abril de 1987 fue declarado feriado por el Poder Ejecutivo, un tratamiento honorífico que nunca más se repitió para recibir a un jefe de Estado extranjero.

"Empujó positivamente al Uruguay posdemocrático y dio un momento de unidad, paz y alegría. Fue algo muy positivo para la relación entre la Iglesia, la sociedad civil y el Estado, marcó las relaciones hasta ahora. Se superó el antagonismo entre la Iglesia y el Estado, el presidente Sanguinetti, batllista y agnóstico, participó activamente. Cinco ministros recibieron la comunión de manos del Papa. Estuvieron los líderes de la oposición, Wilson Ferreira y Líber Seregni. Fue un momento de unidad nacional", afirmó Sturla.

El cardenal asegura que el Papa legó una Iglesia "metida en los problemas humanos".

"Juan Pablo II fue un gran líder, era un hombre de fe impresionante y su vida estaba unida a lo que decía. Sufrió la guerra, la persecución nazi y comunista. Era un hombre que amaba la libertad. Cuando vio que el régimen no daba para más, él sacudió el árbol, el resto lo hizo el sindicato Solidarnosc. Todo comenzó a trastabillar desde Polonia", recordó.

Francisco.

Sturla estima que en el primer semestre de 2018 Uruguay podría volver a recibir a un jefe de la Iglesia. No está confirmado, pero es una posibilidad. El dato podría saberse con precisión en el mes de noviembre, cuando todo los obispos uruguayos vayan a Roma en el marco de una visita quinquenal y obligatoria.

La idea era que Bergoglio llegara al país este año; luego se postergó por las elecciones en Argentina y Chile.

El cardenal Sturla calcula que Francisco, al igual que Juan Pablo II, tendrá un recibimiento multitudinario.

Sangre del Papa llegó a Uruguay.

En la mañana de ayer comenzó la peregrinación por Uruguay de un relicario que contiene gotas de sangre de San Juan Pablo II. Se trata de una iniciativa de Congregación de las Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María. La primera etapa tuvo lugar ayer en la catedral de Minas.

El lunes 27 se trasladará a Melo, el 28 llegará a Florida y los días 29 y 30 la veneración se realizará en la catedral de Montevideo y en el Santuario del Señor Resucitado.

Hay cuatro ampollas con la sangre del santo circulando en todo el mundo. El relicario que llega a Uruguay viene directamente desde Roma, según confirmó a El País el obispo de Minas, Jaime Fuentes.

La sangre que está en los relicarios le fue extraída al Sumo Pontífice en prevención de que necesitara una transfusión, según señalan medios internacionales.

LA INFLUENCIA DE JUAN PABLO II.

Sturla - "Momento de gran unidad".

La visita de Juan Pablo II empujó positivamente al Uruguay posdemocrático. Fue un hecho que marcó hasta ahora la relación entre la Iglesia y el Estado. Se superó aquel antagonismo. Estuvieron los líderes de la oposición junto con el presidente. Fue un momento de alegría y unidad nacional".

Tróccoli - "Clave en caída del muro".

Cada papa deja su impronta, en el caso de Juan Pablo II dejó el estilo de salir y buscar al otro y estar muy metido en los temas internacionales. Siempre buscó llevar un mensaje de paz y reconciliación. Fue clave en la caída del muro de Berlín, estuvo en la ex Yugoslavia enseguida que lo dejaron ir".

Fajardo - "Marcó a una generación".

Yo estaba en la Escuela Militar cuando leí la historia del Papa. Siempre sentí una admiración por él. Marcó a una generación y mostró la vigencia del cristianismo. Fue un maestro en el trabajo con los jóvenes, desarrolló las Jornadas Mundiales de la Juventud y tuvo una gran capacidad de convocatoria.

Fuentes - "Hombre de buen humor".

Me impresionó mucho la actitud del Santo Padre de estar en lo que tenía que estar sin importarle nada más. Era impresionante escuchar a la gente que lo esperó en la rambla decir que le había mirado. Además, me sorprendió el buen humor, le daba igual que lloviera o que hiciera calor".

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