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Sugestivos y simbólicos efectos de luz

Vitrales patrimoniales en edificios públicos y viejas casonas de Montevideo: lo bueno nunca muere.

El "período dorado" del vitral se sitúa entre fines del siglo XIX y el 1930. Foto: A. Colmegna.
El "período dorado" del vitral se sitúa entre fines del siglo XIX y el 1930. Foto: A. Colmegna.
Vitrales en el Salón de los Pasos Perdidos en el Palacio Legislativo. Foto: Ariel Colmegna
Vitrales en el Salón de los Pasos Perdidos en el Palacio Legislativo. Foto: Ariel Colmegna
Vitrales en el Salón de los Pasos Perdidos en el Palacio Legislativo. Foto: Ariel Colmegna
Vitrales en el Salón de los Pasos Perdidos en el Palacio Legislativo. Foto: Ariel Colmegna
Vitrales en el Salón de los Pasos Perdidos en el Palacio Legislativo. Foto: Ariel Colmegna
Vitrales en el Salón de los Pasos Perdidos en el Palacio Legislativo. Foto: Ariel Colmegna
Vitrales en el Salón de los Pasos Perdidos en el Palacio Legislativo. Foto: Ariel Colmegna
Vitrales en el Salón de los Pasos Perdidos en el Palacio Legislativo. Foto: Ariel Colmegna
Vitrales en el Salón de los Pasos Perdidos en el Palacio Legislativo. Foto: Ariel Colmegna
Vitrales en el Salón de los Pasos Perdidos en el Palacio Legislativo. Foto: Ariel Colmegna
Vitrales en el museo pedagogico. Foto: Ariel Colmegna
Vitrales en el museo pedagogico. Foto: Ariel Colmegna
Vitrales en el museo pedagogico. Foto: Ariel Colmegna
Vitrales en el museo pedagogico. Foto: Ariel Colmegna
Vitrales en el museo pedagogico. Foto: Ariel Colmegna
Vitrales en el museo pedagogico. Foto: Ariel Colmegna

Hace 6 años, cuando se inició la reconstrucción del Hotel Carrasco, que había sido literalmente devastado por el tiempo y las últimas concesiones, uno de los desafíos que se planteó el inversor fue la recuperación de sus vitrales. No era fácil conseguir quien lo hiciera, porque la técnica y la moda del vitral no pertenecen a este tiempo. Después de mucho buscar, se encomendó la tarea al maestro Ruben Freire, quien perpetuó el oficio de su padre, un reconocido artesano que se llamaba igual que él.

La construcción y reparación de vitrales conserva la meticulosidad artesanal que tuvo hace siglos. Incluso la limpieza es una tarea delicada: no se hace "así nomás", sino desarmándolos y tratando pieza por pieza. La técnica es una creación extraordinaria de la Edad Media, que rápidamente se popularizó en las iglesias de todo el mundo y que continúa su andadura en este siglo XXI, aunque en menor escala y aggiornándose a los estándares del arte y el diseño.

Montevideo tiene muchos vitrales valiosos, pero al igual que ocurre con las obras de arte, los objetos museísticos o las mismas cúpulas de antiguos edificios y casonas, la gente no los ve. Recientemente, la Facultad de Arquitectura publicó un pormenorizado trabajo que compila imágenes de muchos de estos elementos que inundan de luz y color a varios edificios públicos y viejas propiedades que hoy están en manos de privados.

"Entre luces; el vitral en el patrimonio arquitectónico nacional", es el nombre del estudio realizado por un equipo de cuatro docentes de la Facultad de Arquitectura. Tres de ellas (Carola Romay, Gianella Mussio y Verónica Ulfe) pertenecen al Instituto de la Construcción, que abarca los aspectos más tecnológicos de la disciplina, y la cuarta (Miriam Hojman) trabaja en el Instituto de Historia.

"Formamos un equipo con distintas visiones sobre la misma cosa. El vitral es un elemento arquitectónico muy desconocido, teníamos la necesidad de ver la historia y qué lugar ocupaba en la cultura nacional. Y por otro lado, ver cómo están construidos, cuáles son los problemas que presentan en los edificios y qué hacer para poder recuperarlos", explicó Ulfe a El País.

"Nos dio mucho trabajo acceder a ellos porque a veces están en lugares privados y la gente tiene derecho a dejarnos pasar o no. Tuvimos que pedir permiso para que nos dejaran pasar, fotografiar, acercarnos a los vitrales. Y en los lugares públicos a veces tampoco están en lugares accesibles", agregó.

La arquitecta considera que los vitrales "tienen un rol" en los edificios. "Forman parte de la arquitectura, están donde tienen que estar y conforman un espacio. Ese mismo vitral, si lo colocás en otro lugar, no queda igual, porque fue pensado para un espacio determinado", dijo Ulfe.

En la historia nacional.

La Catedral Metropolitana, cuya construcción se inició en 1798, incorporó vitrales hacia 1868, muchos de los cuales —como ocurre con otros edificios emblemáticos— fueron traídos en barco desde Europa.

Dispuestos en el tambor de la cúpula se ubican los que pertenecen a la firma Hacendorfer de París, acompañados por el que representa a la Inmaculada Concepción, hecho por artesanos locales. En el transepto (nave transversal) se encuentran los de la firma Mayer & Cía de Munich.

El libro "Entre Luces" destaca también por su antigüedad a la Capilla de Caridad del Hospital Maciel, de 1796, en la que una serie de vidrios de colores de diseño geométrico dispuestos sobre los arcos laterales cierran la nave que conforma la capilla. Aunque en este caso no se trata de obras realizadas con la técnica del emplomado, demuestra que tempranamente hubo intención de utilizar la luz como elemento expresivo a través de la coloración del vidrio.

Es recién hacia las últimas décadas del siglo XX que comienza a consolidarse en el país la aplicación del vitral como cerramiento de lucernarios y en puertas y ventanas. Según la investigación realizada por las arquitectas Romay, Mussio, Ulfe y Hoj- man, es entre fines del siglo XIX y 1930 que el arte del vitral en Uruguay alcanza su período "dorado", época en que buena parte de la arquitectura nacional oscilaba entre lo clásico y lo moderno, mientras las artes plásticas fluctuaban entre lo académico y lo futurista.

Edificios emblemáticos.

Debido al prestigio que otorgaban antiguamente los objetos importados, sobre todo de tal calidad y refinamiento, los vitrales son comunes tanto en antiguas residencias privadas como en edificios públicos y privados.

Algunos ejemplos son la casa quinta Soneira del Prado (Joaquín Suárez 3781), el Palacio Legislativo (con su Salón de los Pasos Perdidos), el edificio de El Correo en la Ciudad Vieja, el Palacio Salvo, el local de la Alianza Francesa (Bulevar Artigas 1271), el Museo Pedagógico José Pedro Varela (en Plaza de Cagancha), la Vivienda Sanguinetti (Bulevar Artigas 1388), la Casa Strauch (Rambla República de México y Divina Comedia), el Palacio Brasil (18 de Julio 984), la Casa Soler (de la Avenida Agraciada al 2302), el Castillo Pittamiglio sobre la rambla de Pocitos, y el Palacio Santos, sede de la Cancillería, en 18 de Julio y Cuareim.

La firma al pie.

El Palacio Salvo ha perdido muchos de sus ornamentos con el correr de los años, en parte porque los desprendimientos de mampostería hacia la calle se hicieron peligrosos y llevaron a que se retiraran elementos pintorescos que tenía la fachada, desvirtuando el espíritu barroco que le imprimió el arquitecto Mario Palanti. Sin embargo, el Salvo mantiene otros valores patrimoniales únicos, como el gran vitral de Enrique Albertazzi, de la década del 1920, ubicado en la escalera principal entre el primer y el segundo piso. La obra, que actualmente se encuentra en recuperación, representa a un grupo de inmigrantes que tiran desde tierra una cuerda asida a un barco, llegando a una "tierra prometida" con árboles frutales. Albertazzi también colaboró en la creación de los vitrales del Palacio Legislativo.

Como Albertazzi, hay muchos vitralistas que dejaron una huella indeleble en nuestro país. Uno de ellos fue Arturo Marchetti, nacido en Milán en 1886, quien se formó en la Escuela Superior de Arte como diseñador y artista vidriero. En 1912, año en que emigró a Uruguay, obtuvo una medalla de oro en el Salón de las Artes Decorativas de su ciudad natal. Un artículo firmado por Ernesto Beretta García repasa la obra de este italiano y enumera algunos de sus trabajos más notables: Marchetti ejecutó en el Palacio Legislativo 28 ventanales, todos de estilo grecorromano. En ellos empleó 82.000 piezas de vidrio combinados en cuatro motivos distintos. Realizó vidrieras de los más variados tamaños, desde pequeñas banderolas hasta obras inmensas, como la que existiera en la Caja Nacional de Ahorros y Descuentos, que se tuvo en su momento por una de las más grandes de Sudamérica.

Para el "Palacio de la Cerveza" (1927), de marcada arquitectura Decó, Marchetti realizó una serie de vidrieras de diseño geométrico, con dos elementos figurativos: un vaso de espumante cerveza en el centro y el rostro del dios Baco arriba. Desde la décadada de 1940 hasta su muerte, abandonó ambos estilos y retornó a las vidrieras estrictamente figurativas de carácter "moderno".

El libro "Entre luces; el vitral en el patrimonio arquitectónico nacional", destaca el trabajo de otros maestros vidrieros que dejaron su impronta en nuestro país. Entre ellos, Enrique Aquarone, José Genta, Ernesto Zavaglia, Víctor Valentín y Francisco Vittone. Muchos de estos apellidos dan cuenta de la preeminencia italiana en el campo. Otros vitrales llegaron a el país desde Bélgica, Francia, Alemania e Inglaterra.

Vidrio, color, plomo y mano artesana.

El vitral es una composición decorativa, resultado de un arte en constante evolución, cuya particularidad reside en alcanzar sus efectos gracias a la cualidad traslúcida de su materia prima: el vidrio. Los vitrales se componen por un conjunto de láminas de vidrio translúcidas o transparentes, coloreadas o no (de espesores en general variables de 2 a 4 milímetros), recortadas de diversas formas según un diseño preestablecido, y unidas entre sí por una red de plomo.

En los trabajos para casas privadas es notoria la mayor libertad en el abordaje de los temas, frente a las obras realizadas para la Iglesia (las primeras en popularizar los vitrales), el Estado o locales comerciales, en los que los símbolos litúrgicos, patrióticos o industriales constituyen motivos centrales. La construcción y recuperación de los vitrales es una obra que sigue teniendo un fuerte componente de mano de obra artesana.

OTROS VITRALES DE REFERENCIA.

1 - Palacio Salvo.

El gran vitral de Enrique Albertazzi, de la década de 1920, está ubicado en la escalera principal del edificio, entre el primer y el segundo piso. La obra, que actualmente se encuentra en recuperación, es una alegoría a los inmigrantes.

2 - Palacio Santos.

Sede de la Cancillería, sobre la avenida 18 de Julio, esquina Cuareim. Fue construido por el ingeniero civil Juan Capurro, quien plasmó en esta obra su sentido artístico, utilizando dentro de un marco clasicista, líneas de la arquitectura del Renacimiento italiano.

3 - Catedral.

La Catedral Metropolitana cuya construcción se inició en 1798, incorporó vitrales en 1868, muchos de los cuales —como ocurre en varios edificios emblemáticos de Montevideo— fueron traídos en barco desde Europa. Otros fueron hechos por artesanos locales.

4 - Iglesia.

La Parroquia y Santuario de la Medalla Milagrosa y San Agustín se encuentra en el barrio de La Unión, frente a la plaza Cipriano Miró. Monseñor Soler bendijo la piedra fundamental el 27 de noviembre de 1896, varios años antes de concretarse la construcción.

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