La Columna de Pepe preguntón

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Eran otros tiempos. Distintos. Quizá mejores. La calle era nuestra. Era segura. En la esquina aprendíamos de los más grandes. Para empezar, aprendíamos a escuchar. Y escuchándolos, aprendíamos a entender.

Hasta que oscurecía, corríamos detrás de la pelota. Y en esas canchas, con arcos improvisados, todos éramos iguales. Como en el aula, de túnica y moña. Nadie hablaba de "inclusión". Pero en la mesa siempre había lugar para un plato más.

Era otro Uruguay. Uno que ya no existe. Que se fue perdiendo de vista, de a poco. Y que un día, cuando nos quisimos acordar, no estaba más. Se había llevado consigo unos valores, unos modales, unas formas, un respeto por los mayores, una educación, una cultura de trabajo, un cuidado en el atuendo, un vocabulario y una cultura que nos caracterizaron. Y que hemos perdido. Tal vez para siempre.

Hoy la calle se ha vaciado de chiquilines. Porque nuestros hijos o nietos no están corriendo detrás de una pelota. Y no porque estén reunidos, los días de frío o lluvia, en la casa de fulano o mengano, tomando la leche todos juntos, compartiendo un marsellés calentito y sus sueños.

No. Están encerrados en su cuarto. Hipnotizados por la computadora o el celular de última generación. Jugando con otros, pero solos. Porque juegan en línea durante horas, con amigos reales o, a veces, con gente que ni siquiera conocen. Chateando sin parar. Y haciéndolo con una ortografía que, para peor, cada vez escandaliza a menos gente. Porque ha ganado terreno aquello de "no importa que escriban con faltas, lo importante es que se expresen".

Juegan a juegos que no estimulan la picardía, sino la destrucción. Juegos de guerra. De crimen. De destrucción. Lo más sano es el Play Station. El fútbol jugado con la mano, donde los golpes no duelen. Donde no hay raspones. Donde uno elige hasta el clima. Y los jugadores. Y el nivel de dificultad.

La vida la exhiben, sin filtro, en Facebook. Allí muestran lo que piensan. Y demuestran hasta qué punto no piensan. Interactúan, de nuevo, con "amigos" a los que, en su mayoría, no han visto nunca en su vida. A los que no le conocen ni la voz. Y a esos extraños conocidos les abren la puerta de su casa, de su corazón, de su familia.

En este mundo, en el que a los que peinamos canas nos ha tocado vivir, ya no debería extrañar que un hombre que en octubre fue candidato a la Presidencia de la República haya renunciado hace algunos días, por la red social Twitter, al liderazgo del Partido Colorado, una de las dos colectividades que han construido este país.

En los tiempos de realidad virtual que corren, un hombre decide que la mejor forma de anunciar que va a abandonar la tarea que se le confiara es con un mensaje de 140 caracteres en Twitter.

No lo hace con un discurso encendido frente a una fervorosa asamblea. No lo hace desde la tribuna. Tampoco en una carta donde argumente una decisión de tanto peso.

A Pedro Bordaberry le alcanzaron 140 caracteres para anunciar su paso al costado.

Al sucesor, ¿lo anunciará el Partido Colorado por mensaje de texto - [email protected]

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