FAMILIAS SIRIAS

Los sirios, sin dinero, siguen acampando

Quieren salir del país, el gobierno les dice que no es factible.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El padre quiere llevarse a su familia "está todo caro", dice. Foto: A. Colmegna

Están instalados en tres carpas en la Plaza Independencia en una tarde soleada. Suman una veintena de personas y las mujeres adultas tiene su cabeza cubierta con pañuelo. Hay varios niños muy pequeños que corren. Son un grupo que se hace notar. Toman té y agua mineral de grandes envases de cinco litros y juegan con celulares. Son parte de los refugiados sirios que llegaron en 2014. Ahora quieren irse del país.

Y a pesar de que es imposible no notarlos, la mayoría de la gente que ayer de tarde pasaba por la zona los miraba con indiferencia. Un grupo de escolares que salía del mausoleo de José Artigas se detuvo a mirarlos unos segundos. Una señora mayor con bastones les gritó "A mí tampoco me alcanza la plata. Manga de vagos". Y agregó algún insulto.

La familia siria que vino de Salto esta semana está compuesta por ambos padres, siete hijas y seis hijos. Proviene de la devastada Aleppo y estuvo seis años refugiada en Líbano. También está en la plaza otra mujer siria que tiene su hija enferma de cáncer y que no puede trabajar.

La mayor de las hijas de la familia que vino de Salto, Fá-tima, tiene 24 años y dijo a El País que "mis abuelos están allá (en Aleppo) y están bien, no hay guerra, no hay bombas (...) Extraño mucho a Siria. También tengo como miedo. No termina la guerra todavía", dice, contradiciéndose. "Está allá muy barato, acá el país muy caro. Vamos a comer mañana pan y así y de noche vamos a comprar cosas, galletitas así, para niños, nada más. Hay gente muy buena que ayuda", explica con dificultad en español. "Somos quince, ninguno trabaja. No queremos plata, queremos trabajar. Nos cansamos de eso. Mi padre quiere salir del país", dice y se lamenta porque ella se anotó en un curso de maquillaje en la UTU que al final no comenzó. Ibrahim, uno de sus hermanos dice que quiere que Acnur, la agencia de la ONU que se encarga de los refugiados, los lleve a otro país. Otro de sus hermanos dijo: "de Antel pagamos $ 8.000 a veces, de luz $ 5.000, está todo caro".

La familia gastó $ 10.000 en los pasajes de ómnibus para venir de Salto y otros $ 2.000 en comida, explicó el padre de la familia que estaba acostado en el pasto fumando. Un menor de la familia quedó a cargo de la chacra en Salto en la que viven.

Funcionarios de la Secretaría de Derechos Humanos van permanentemente a reunirse con ellos en la plaza. Fuen- tes del organismo dijeron a El País que son "nulas" las posibilidades que tiene el Estado uruguayo de ayudar a los sirios a salir del país. "Que tengan una visa no depende ni de Acnur ni de Uruguay. No hay ningún país que entregue visas a sirios en este momento. Los que entran a Europa son ilegales. En abril de 2015 una de las familias se tomó un avión y se fue para Turquía. Estuvo varada 23 días", recordaron las fuentes.

En la secretaría de Derechos Humanos creían que si esta familia comenzaba a producir queso de vaca (con una asistencia de US$ 3.000), si alguno de sus miembros trabajaba en la zafra hortifrutícola salteña y si Ibrahim conseguía un trabajo podía haber "una sumatoria de pequeños ingresos" para sustentar a un núcleo familiar tan numeroso.

Pero el jefe de la familia, que es el interlocutor de los funcionarios uruguayos, ha rechazado todas las opciones. Ibrahim trabajó un año, pero ahora está en el seguro de paro y se desinteresó de participar en un proyecto apoyado por la incubadora de empresas "Salto Emprende".

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)