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En Santa Lucía, los vecinos desafían al río

Hay familias que hace tres días que comen galletitas; mujeres y niños acampan en techos.

Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna
Inundaciones en Santa Lucía. Foto: Ariel Colmegna

A300 metros del río Santa Lucía, las calles son canales. El agua corre a gran velocidad. Algunas casas tienen las puertas abiertas y las luces encendidas. Todo hace suponer que sus dueños las abandonaron rápidamente en la madrugada del sábado pasado cuando el agua les llegó a la altura del pecho.

Desde encima de un bote, se ven muebles y electrodomésticos flotando dentro de las viviendas inundadas.

En los patios, verdaderas lagunas, se observan perros hinchados atrapados en alambrados y ramas.

Otros animales tuvieron más suerte: encima del techo de una casa del barrio El Abrojal de la ciudad de Santa Lucía hay una media docena de gallinas y otro tanto de conejos.

En la otra esquina, un gallo resiste empapado subido a un poste de un portón. Los gatos son los que mejor soportan la inundación: en grupos de a tres, duermen o ven pasar la corriente en forma lánguida. Su despreocupación deviene en que el agua les trae suficiente alimentos (insectos de todo tamaño, pájaros).

Contra los alambrados, también se observan una mesa de rattan, trozos de roperos, un televisor destrozado y enormes cantidades de basura.

Para los vecinos de los barrios más bajos de la ciudad de Santa Lucía, esta es una inundación de dimensiones históricos. A partir del viernes 15, llovió en forma intensa durante 36 horas. Al día siguiente comenzaron las evacuaciones.

En Canelones se evacuaron y autoevacuaron 432 personas, de las cuales 350 residen en Santa Lucía.

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Robos.

La casa de la familia Rolando se incendió hace tres años. Ahora está llena de agua. Por falta de recursos, la Intendencia de Canelones no le terminó el contrapiso de la cocina ni el baño, cuenta su propietario Julio Rolando, un empleado de hotel. Rolando envió a sus hijos a la casa de un familiar cercano y junto con su esposa aguantó estoicamente la inundación. "Yo tengo muebles que fueron regalados por vecinos después del incendio. El agua vino de repente y perdí cosas. Con mi esposa, hace dos días que casi no comemos", expresó.

Para muchas familias evacuadas de Santa Lucía, la inundación es una calamidad que atrae otra desgracia: los robos.

Zulma Miula durmió tres noches en el techo de su casa junto con su esposo y dos niños pequeños. "Yo perdí casi todo. No me voy porque tengo que cuidar lo poco que no se mojó", dijo en alusión a que por las noches se ven desconocidos en bote ingresando en casas deshabitadas.

Rolando señaló que los delincuentes no tienen escrúpulos: "Si solo el techo está fuera del agua, arrancan las chapas. Si logran entrar en las viviendas vacías, roban lo que encuentran. Y si no hay nada, destrozan todo lo que pueden".

El funcionario municipal Alejandro Posse llegó ayer a su casa en un bote hecho con dos medios tanques de 200 litros. En el segundo piso se encontraba su esposa.

Posse dijo que la creciente alcanzó su vivienda en menos de media hora. Apenas tuvo tiempo de subir algunas frazadas y ropas. "Perdí todas mis herramientas de albañil, heladera, cocina. Es la tercera vez que me pasa esto. Mi esposa quiere irse. El desaliento es grande. Se debería dar viviendas a todos los del barrio y hacer esto un gran parque", dijo mientras se bajaba del bote y el agua le daba por el pecho.

Posse destacó que "el barrio es precioso" y los vecinos "muy solidarios". Pero el río quita "lo que se obtiene con sacrificio".

Debajo del techo de quincho de la casa, se encontraba la moto de Posse. Apenas se le veía la punta del espejo.

La corriente golpeaba el bote con más fuerza al llegar a la esquina de Mateo Legnani y Florida. El vidrio de la puerta de una casa se había roto. Una pequeña lamparita iluminaba un pasillo. En el fondo, asomaba un pedazo de una heladera.

Contaminación.

Navegar en un bote por calles con dos metros de agua hace pensar al visitante que observa un escenario de una película apocalíptica clase Z.

Las casas están vacías y se ven distorsionadas. Es decir, no cumplen la función para las cuales fueron edificadas que es alojar a personas.

El chapoteo de los remos ingresando y saliendo del agua subraya esa realidad.

Cada tanto, un vecino asoma su cabeza desde una azotea y pide que el cronista escriba que necesitan muchos litros de hipoclorito para limpiar las viviendas anegadas.

Los pozos negros se han desbordado y materias fecales ingresaron en las casas.

TESTIMONIO.

"Nos acostumbramos a subir al techo de casa".

En el cruce de las calles Francia y Florida de la ciudad de Santa Lucía hay casas de material y techos de planchada. Una de ellas tenía una chapa con letras negras: "Se vende. $ 88.000". A poca distancia de allí, sobre un techo, varias gallinas tratan de acomodarse lo mejor posible al lado de un techo de nylon de color negro. Blanca Carro y su hija conviven con las gallinas, unos canarios enjaulados y muebles salvados de la lluvia. Aguardaban ayer que bajaran las aguas para limpiar su casa y desinfectarla. Desde encima del techo, Carro dijo: "Tenemos muchas subidas a este lugar. Estamos acostumbradas a las inundaciones del río Santa Lucía. También sabemos lo que es trabajar después que las aguas bajen. Hay que limpiar toda la casa y luego desinfectarla con hipoclorito". Consultada sobre las razones que la llevan a no buscar otro lugar de la ciudad de Santa lucía que no se inunde, Carro respondió: "No queremos irnos de este barrio. Nunca pensé en irme de aquí. Nos llevamos muy bien con los vecinos. Todos nos conocemos desde hace muchos años. El lugar también es muy lindo".

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