ANÁLISIS

De la sanción a la ovación

Ni sanción, ni disculpas, ni devolución de dinero. Nada de nada. El Frente Amplio no pudo superar el desafío de condenar a Raúl Sendic; ni siquiera contando con las rotundas conclusiones de su Tribunal de Ética. Tampoco respaldó explícitamente a sus miembros, un conjunto de respetables figuras, agraviadas por Sendic y su entorno, por señalarle al imputado lo que este preferiría no oír.

La política uruguaya ha sabido de corrupción, manipulación y descaro, pero no en la misma persona. Hasta ahora, los políticos descubiertos en hechos de corrupción eran unos personajes más o menos indecentes que no aspiraban más que al olvido. Algunos terminaron expulsados y se fueron sin chistar. La vergüenza, la resignación o el deseo de evitarle a sus partidos males mayores, los llevaron a aceptar los hechos sin estridencias. No es el caso de Sendic.

El vice decidió concurrir al Plenario, no a demostrar su inocencia sino a exhibir su enojo y sus reproches. Contrariamente a lo que dijeron algunos de sus allegados, no hubo en Sendic ni asomo de remordimiento. Su renuncia no resulta de un ataque inesperado de decoro sino de la traición de la que dice sentirse víctima.

Es poco probable que esto le sea de provecho delante del fiscal y la jueza, que lo esperan para interrogarlo por el caso Ancap. Ante el Plenario, le alcanzó como para bloquear una condena, disfrutar de una postrera ovación, y dejar expuesto al Frente Amplio a la duda sobre su sentido de la ética y de la reacción que merece un compañero de conducta inaceptable.

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