Un maestro que todavía vive en sus discípulos

El romance del "Melena" y el mar

Una placa de bronce en las rocas donde rompen las olas, cerca del puertito del Buceo, recuerda al "Melena". Toda una vida pescando. Primero en un pequeño bote, luego en la escollera Sarandí y, al llegar a la vejez, en la rambla del Buceo.

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El caño. La placa que recuerda a Alberto Otasso Foto: Darwin Borrelli

El pescador amaba el mar. Faltaba solo si llovía o si jugaba ese día su querido River Plate, de cuyo club era el socio vitalicio número 46.

El "Melena" fue un hombre desconocido para el 99% de los montevideanos. Sin embargo, era una institución viviente para la mayoría de los pescadores que, día a día, arrojan sus anzuelos al agua desde la rambla.

La historia de Alberto Otasso, el "Melena", es la de un hombre bueno. Le encantaba charlar con sus amigos pescadores, Atilio Gioia (75), Heber Iharur (70), Julio Ferreira (72) y tantos otros, mientras trataba de capturar pejerreyes desde el "caño" —una plataforma de cemento, que se adentra 20 metros en el Río de la Plata, a poca distancia del Yacht Club.

En una enorme olla de hierro, entre las piedras, el "Melena" cocinaba la "ceba", una pasta de color marrón compuesta por vísceras, cabezas y colas de pescados que le regalaban las pescaderías del Buceo.

Récord Guinness.

Cuando tenía cerca de 40 años, un hijo de edad escolar quedó inválido al recibir una descarga eléctrica mientras intentaba sacar una cometa enganchada en los cables de la luz.

El "Melena" decidió que la mejor forma de ganar dinero para operar a su hijo era batir un récord Guinness. Eligió caminar una semana en forma interrumpida. Sus amigos recuerdan que obtuvo dinero y donaciones de personas para la operación. Sin embargo, su hijo falleció pese a todos los esfuerzos.

Poco después perdió a su esposa. Se quedó con una hija viviendo en una casa medio desvencijada, ubicada en Luis Lamas y Basilio Pereira de la Luz.

A diferencia de los pescadores jubilados, "Melena" pescaba para comer. Lo que sacaban sus amigos, lo tiraban con generosidad al cesto de Otasso. Ellos eran sus hermanos, hijos y nietos de la vida. "Él era una institución en la rambla. Un referente para todos nosotros", recordó el pescador Julio Ferreira.

Cuando la pesca era nula, sus amigos hacían una colecta y le entregaban algo de dinero. El "Melena" lo aceptaba con la dignidad que confiere la pobreza solemne, y con la conciencia tranquila.

Vendedor.

Alberto Otasso nació el 2 de febrero de 1932. Desde pequeño le atrajo el agua.

Según narró a sus amigos en las largas jornadas de pesca, tuvo varios trabajos en la década de los 50. Uno de ellos fue en una conocida ferretería que funcionó en la Ciudad Vieja.

El "Melena" también contó que salía a pescar entonces en un pequeño bote a poca distancia de la rambla portuaria.

Con un cigarrillo medio consumido entre los labios, y los rayos del sol destellando en los anzuelos, el "Melena" ensartaba la carnada y hacía zumbar su caña flexible al lanzar el sedal, esperando con paciencia el pique de la torpe burriqueta o la escurridiza corvina.

En aquella época la pesca era abundante cerca de la costa. Con los animales abiertos, descamados y limpios, "el Melena" armaba una mesa de madera detrás de la entonces Caja de Jubilaciones —hoy Banco de Previsión Social— y vendía todo. Así se mantuvo a su familia varios años, según recuerdan sus amigos.

Nadie sabe qué razón llevó al "Melena" a abandonar el bote. Comenzó a pescar desde la escollera Sarandí. Antes de irse, dejaba todos sus aparejos debajo de las escaleras de la escollera. Nadie los tocaba. Eran otras épocas.

En una ignota oficina de un organismo estatal, a un burócrata de turno se le ocurrió tapiar las escaleras de la escollera Sarandí y Otasso ya no tuvo lugar donde dejar sus aparejos.

Así, recaló en la rambla del buceo. Corrían los años 80. Con andar tranquilo, el pescador cargaba sus aparejos en un carrito y caminaba diez cuadras desde su casa hasta el "caño".

Cada tanto, alguno de sus amigos pasaba a levantarlo por su hogar. Uno de ellos era Heber Iharur. En una oportunidad lo acompañó a una mutualista por una deficiencia renal.

"Yo lo quería como a un padre. Era una persona especial que disfrutaba de la vida. Se hacía querer", reflexionó Heber sosteniendo la caña que el "Melena" había tenido en sus manos durante centenares de días.

Cuando pescaba con sus amigos, era feliz. Cantaba y bromeaba. Mientras sostenía la caña, con un ojo atento a los movimientos de la boya pintada de rojo y blanco, Otasso mascullaba a sus amigos en tono de broma: "El día que me muera me voy a convertir en pejerrey y les voy a deshacer todos los anzuelos a ustedes".

A mi manera.

"Melena" sabía que en "el caño" habían arrojado al mar las cenizas de muchos pescadores, quienes preferían yacer cerca del lugar donde pasaron tantas y tantas horas, antes que ser enterrados en un frío cementerio.

Desde el 14 de enero del año pasado, el "Melena" pesca en otras ramblas. La antigua enfermedad en los riñones y su tozudez, cegaron su vida. Una tarde, mientras pescaba con sus amigos encima en el caño, les dijo que le molestaba la sonda que utilizaba para orinar y llevaba a todos lados. "Me la voy a sacar en cualquier momento", advirtió.

Sus amigos trataron de disuadirlo. Sin embargo, el "Melena" decidió que moriría como había vivido: a su manera. Se sacó la sonda. Dos días después falleció.

Sus viejos camaradas quedaron consternados.

A Heber se le ocurrió colocar una placa de bronce sobre la misma piedra donde Otasso preparaba la "ceba". Un amigo, Juan Bentancurt, consiguió el mármol. Otro pescador arrimó el bronce. Un tercero, de apellido Estela, hizo labrar el nombre del pescador y una figura sentada en las rocas de la rambla sosteniendo una caña.

La placa dice: Alberto Otasso, "Melena". Al viejo lobo de mar lo recordaremos siempre. Sus amigos del caño.

Lobos de mar a orillas del Buceo.

Así luce hoy la plaqueta de bronce que recuerda al "Melena", fallecido el 14 de enero de 2014. Varios de sus viejos camaradas de pesca —entre ellos Julio Ferreira, Atilio Gioia y Heber Iharur (arriba)— la colocaron en su memoria, en las rocas donde rompen las olas sobre la rambla del Buceo. Sus amigos esperan que Otasso sea reducido para arrojar sus cenizas en el lugar.

Heber y Julio, que el día de la nota habían arrojado al mar las cenizas de otro pescador, también han decidido seguir ese ritual cuando ambos hayan dejado esta orilla. Vivieron de cara al mar y así quieren ser recordados.

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