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Los restos de un dulce pasado

Historia de la fábrica Rausa, que dio vida a un pueblo y hoy es una presencia fantasmal.

Fábrica Rausa. Foto: Marcelo Bonjour
Fábrica Rausa. Foto: Marcelo Bonjour
Ruinas: el esqueleto del cuerpo principal de la fábrica. Foto: M. Bonjour
Ruinas: el esqueleto del cuerpo principal de la fábrica. Foto: M. Bonjour
Taller agrícola: el lugar donde se brindaban conocimientos de mecánica. Foto: M. Bonjour
Taller agrícola: el lugar donde se brindaban conocimientos de mecánica. Foto: M. Bonjour
Avenida principal de Montes. Foto: Marcelo Bonjour
Avenida principal de Montes. Foto: Marcelo Bonjour
Foto: Marcelo Bonjour
Foto: Marcelo Bonjour
Foto: Marcelo Bonjour
Foto: Marcelo Bonjour
Foto: Marcelo Bonjour
Foto: Marcelo Bonjour

La chimenea está aún erguida. Es una mole de 80 metros de altura que llama la atención al llegar a la localidad de Montes, por más que la niebla intenta ocultarla. La chimenea es la columna vertebral que queda del esqueleto de una fábrica, que durante más de 40 años fue el cuerpo y el corazón del pueblo.

Montes está ubicado en el departamento de Canelones, cerca del límite con Lavalleja y a unos 100 kilómetros de Montevideo. Nació en conjunto con una fábrica que llegó de Estados Unidos y se instaló en medio del campo. El ingenio azucarero Rausa se construyó, creció y en torno a él cobró vida todo un pueblo.

Miles de hectáreas de campo junto con el caudal de agua del arroyo Solís Grande, las vías férreas que unían Montevideo con Minas y un conjunto de pueblos que envolvían el campo fueron el punto estratégico para instalar la fábrica para producir azúcar a partir de la remolacha.

El arroyo sería la fuente inagotable de agua; las vías férreas, el medio de transporte de la producción; y el campo, el lugar para cosechar.

La guerra.

La firma azucarera operaba en Estados Unidos hasta que cerró al desatarse la Segunda Guerra Mundial. Las instalaciones fueron compradas, aseguradas y enviadas en barco hasta Uruguay por sus nuevos propietarios. Debido al conflicto bélico mundial, enviar la fábrica por partes en distintos barcos incrementaba el riesgo de ser hundidos por algún submarino alemán. Por eso, un solo barco tomó el riesgo y transportó las 22 mil toneladas de materiales hasta Uruguay. El barco llegó, la fábrica se empezó a levantar y en 1945 clavó el ancla definitivamente en territorio canario.

Desde su inauguración hasta su cierre en 1988, Rausa fue el motor encargado de poner en marcha el funcionamiento del pueblo. Hoy, a casi 30 años de su desaparición, la chimenea que permanece junto a los restos edilicios de la fábrica, es el monumento que rinde homenaje a la historia del pueblo.

La chimenea no es lo único que mantiene vivo el recuerdo del ingenio azucarero. Allí en la localidad, inmersa en un día de niebla y lluvioso, hay una doble avenida de asfalto que conduce hacia la casa de Alfredo Leyton, extrabajador de Rausa, de 56 años.

Alfredo empezó a trabajar con 17 años y estuvo un período de 12 años hasta que la empresa cerró. Leyton trabajó de adolescente porque la empresa funcionaba en zafra durante el verano. Esto le permitía estudiar el resto del año.

"Era como una escuela industrial gigante", recuerda Leyton. Dentro de la fábrica se realizaban diferentes oficios que iban desde "mecánica agrícola" hasta "chapa, pintura y carpintería".

Cerca de los restos fósiles de la fábrica y a unas cuadras de lo de Alfredo, Juan Carlos Martínez observa por la ventana de su casa, con un teléfono de línea en la mano.

Con bastón y boina, y la estufa a leña prendida, Martínez (88 años) se aprontó para mantener viva la llama de la historia de Rausa.

"Desde la mañana empezaban a llegar los camiones cargados de remolacha desde las chacras", recuerda. "A las 7:00 se abría la balanza que descargaba la remolacha en zanjas de unos tres metros de profundidad". Por día se llegaban a utilizar más de un millón de litros de agua del arroyo. Había una producción de 116 toneladas diarias de remolacha.

"Una vez que la fábrica empezaba a funcionar, no paraba" y las zafras duraban "unos cinco meses", dice.

La fábrica funcionaba las 24 horas en tres turnos. El movimiento del pueblo era grande y más de mil personas trabajaban en Rausa. Durante las mejores épocas, entre 1970 y 1980, el pueblo contaba con más de dos mil habitantes. La población fue decreciendo hasta los 1.760 que registró el Censo de 2011. "Habíamos alcanzado en aquellos años una población superior a la de Migues, una localidad que era anterior a Rausa", explica Martínez.

En la fábrica no solo trabajaba gente del pueblo sino que "también de la vecina Migues, de Tala y de Minas".

El ingenio funcionaba a toda máquina durante la zafra. Los camiones entraban y salían por los polvorientos caminos del pueblo cargados de remolacha. Una sirena sonaba tres veces al día para indicar el horario de entrada del próximo turno de trabajadores.

Además del ingenio azucarero, Rausa montó su propio matadero que luego se transformó en un frigorífico. Creó un lago artificial, un equipo de fútbol y hasta tuvo un helicóptero para vigilar los campos donde se cosechaba la remolacha. "Rausa se convirtió en un complejo industrial", explica Martínez.

Durante la post-zafra el movimiento continuaba. "Venían los camiones a buscar un subproducto, que le llamábamos tallarín. Era un desecho de la remolacha que servía para alimentar animales en los tambos", dice el extrabajador.

Roberto Minozzo (83), quien trabajó 40 años en la fábrica y emigró a Montevideo un año antes del cierre, afirma que la fábrica "fue un centro educativo, de formación de gente, un centro comunitario como muy pocos".

Después del cierre.

Extraer azúcar de la remolacha pareció ser un negocio inviable a medida que pasaba el tiempo. Por eso, a finales de la zafra de 1988, la sirena que indicaba la entrada del último turno de trabajadores, sonó una vez más y luego calló para siempre. El cierre del complejo indutrial golpeó duro al pueblo durante muchos años.

"Se produjo una diáspora, la gente tuvo que emigrar e irse a trabajar a otro lado", explica Martínez. "Algunos se fueron a Montevideo, a trabajar en la construcción". Él no sufrió el impacto del cierre ya que se jubiló en aquel momento. "Yo lo asumí", dice, mientras se frota las manos frente al fuego.

Para Alfredo Leyton fue distinto. La empresa cerró cuando tenía 29 años y tuvo que buscar diferentes alternativas y probar suerte en Montevideo.

"Llega un momento que no sabés cuál es tu casa", dice. "Si bien tenés la familia en Montes, en Montevideo tenías tu ingreso". Leyton recuerda que el estado de ánimo en esos años "era jodido" y que hoy por hoy "le nombrás Rausa a algún veterano y les duele".

La empresa fue mucho más que una fuente de trabajo, según Leyton. "Sentías que la empresa era tuya". Había un montón de beneficios. "Te prestaban vivienda, tenías servicio médico para toda la familia. Se llegó a crear un estado de dependencia".

Roberto Minozzo, que empezó a los 14 años como cadete y llegó a ser jefe administrativo, se fue a Montevideo un año antes del cierre y aún continúa en el capital. "Para mí significó un golpe muy duro", dice. Tuvo que empezar de nuevo y trabajar en cosas que nunca había hecho, "siempre con dignidad", aclara.

El cierre de Rausa tuvo "un impacto social muy grande". En las mejores épocas "trabajaban 2.550 personas en la zafra y 800 en post-zafra", y su cierre "fue un desastre social", asegura.

Un pasado dulce.

Alfredo Leyton y Juan Carlos Martínez siguen viviendo en ese pueblo que se creó en torno a Rausa y se han acostumbrado a ver la fábrica con sus paredes derruidas: la estructura deteriorada de un dulce pasado.

"Todos añoramos esa época", dice Alfredo y hasta el día de hoy se pregunta qué sería de la zona si hubiera subsistido Rausa.

Martínez cuenta que sale a caminar y pasa por Rausa porque le gusta mucho el paisaje. "Hay un lago, un bosque y la zona es muy linda", dice y agrega: "me da lástima por la gente, se me hace que paso por un cementerio".

Para Roberto Minozzo, que vive en Montevideo, llegar a Montes es distinto. "Muchas veces he visto la chimenea que tanto conocía y me impresiona", reconoce.

Allí, bajo la niebla y la lluvia, o iluminada por el sol, seguirá asomándose esa pieza de 80 metros de altura que evoca los mejores años del pueblo.

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