COBERTURA

Refugiarse en el dólar puede exponer a la economía a nuevos peligros

En la semana transcurrida desde que Gran Bretaña asombró al mundo con su decisión de abandonar la Unión Europea, cubriendo a los mercados de incertidumbre, los inversionistas han vertido lo que parece arriesgado, la libra, el euro, las acciones, en bolsas de todo el mundo. Y han confiado en las ganancias de esa cosa tan segura como son los bonos de la Tesorería de Estados Unidos.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
La encrucijada de cómo cubrirse a los efectos del Brexit. Foto: Reuters

Ahora hay muchos fondos que se dirigen hacia el dólar.

Para Estados Unidos, una divisa más fuerte encarece sus exportaciones en los mercados mundiales, complicando una expansión económica que de por sí estaba suspendida.

Para los mercados emergentes, la corrida hacia el dólar podría presagiar un flujo de salida de inversiones, poniendo en peligro economías desde Brasil hasta Indonesia.

Para Europa, un euro débil pone de relieve las dudas fundamentales de que los líderes europeos finalmente puedan encontrar la fórmula para mantener vibrante la economía después de años de decepciones y recriminaciones.

Cuando la economía funciona de manera saludable, el dinero fluye a través de las inversiones, en busca de recompensas que supuestamente están relacionadas directamente con los riesgos. Pero cuando hay un choque y se impone el miedo, los inversionistas tienden a confiar solo en depósitos que tengan un rasgo clave: la certeza de que sobrevivirán.

Desde el referendo con el que Gran Bretaña decidió salirse de la Unión Europea, el “Brexit”, el dólar ha ganado casi 3% en relación con una amplia canasta de divisas; un 2,5% ante el euro y casi 12% ante la libra. El repunte más reciente fue el jueves cuando Mark J. Carney, gobernador del Banco de Inglaterra, anunció que el banco central tendría que bajar las tasas de interés para apoyar la economía. Eso envió a la libre de nuevo hacia abajo. El viernes, el rendimiento de las notas de la Tesorería de Estados Unidos a 10 años alcanzó un punto bajo sin precedentes, 1,385%, en reflejo de la ansiedad de los inversionistas por tener su dinero en un lugar seguro, aunque los dividendos sean mínimos.

La corrida hacia el dólar no habla tanto de la fe de los inversionistas en los Estados Unidos sino de la situación tan alarmante que viven otras economías.

Con su voto, Gran Bretaña puso en peligro su dominio como centro financiero y de comercio con Europa, el mercado común más grande del mundo. El país ahora está enredado en una crisis de liderazgo que vuelve incierto a todo, pues no se sabe siquiera quién estará encargado de negociar las condiciones del divorcio con la Unión Europea. Si los líderes británicos inician ese proceso, Gran Bretaña tendrá que regatear con el bloque, formado ahora por 27 gobiernos europeos que manejan sus propias políticas internas.

Los 19 países que comparten el euro parecen vulnerables al desacuerdo político y el separatismo, al tiempo que contienden con un flujo de refugiados, una población que envejece y un tibio crecimiento económico. Podrían venir años de confusión; el ambiente agitado que hace que los administradores de dinero busquen seguridad.

Estados Unidos no está a salvo de riesgos. Su deuda pública excede los 19 billones de dólares. El encono de su política en los últimos años ha puesto al país al borde de la suspensión de pagos. La desigualdad económica rivaliza con la de la “edad dorada” de fines del siglo XIX. Decenas de millones de trabajadores esencialmente han perdido la fe en la oferta económica de Estados Unidos conforme se ha hundido el nivel de vida.

El Partido Republicano está a punto de nombrar a Donald Trump su candidato a la presidencia. La insinuación de que él supervisaría a la Tesorería del mismo modo en que administró sus casinos de Atlantic City, que acabaron declarándose en bancarrota, suscita escalofríos en los mercados globales.

Y pese a todo, Estados Unidos puede imprimir su dinero y seguir encontrando una demanda al parecer ilimitada para su deuda. El dólar sigue siendo el cimiento de las finanzas globales, la única pieza de un rompecabezas cósmicamente complejo en la que se requiere una fe total, pues de lo contrario dejaría de tener sentido la totalidad.

Es tan intenso el antojo de los mercados por el dólar en tiempos de crisis, que se ha intensificado incluso cuando Estados Unidos ha sido el epicentro de los problemas. De septiembre de 2008 a febrero de 2009, cuando el colapso del banco de inversión Lehman Brothers convirtió una crisis en el peor pánico financiero desde la gran depresión, el dólar repuntó 10 por ciento.

“Con razón o sin ella, hay preguntas fundamentales sobre el futuro del euro”, señala Barry Eichengreen, economista de la Universidad de California en Berkeley. “Digan lo que digan del dólar, nadie cuestiona el hecho de que seguirá aquí dentro de diez o veinte años.”

En los últimos años, cuando los líderes europeos no han podido estimular el crecimiento, y cuando Grecia resbalaba hacia el abismo, estando a punto de abandonar el euro, la falta de coordinación política efectiva ha impedido una y otra vez dar una respuesta eficaz.

Los países que están en peores condiciones, como Grecia, España y Portugal, han tratado de desatar el gasto público, incurriendo en déficit para estimular su economía. Alemania, el miembro más fuerte de la eurozona, ha vetado esas medidas, exigiendo que en cambio recorten gastos en pensiones y servicios sociales.

La decisión británica de abandonar la Unión ha sido interpretada como una airada reprimenda al establecimiento, de parte de trabajadores que han absorbido el comercio global, la inmigración y la integración política europea solo para ver estancado su nivel de vida. Gran Bretaña tiene su propia moneda y autoridad sobre su presupuesto. Tiene menor desempleo y un crecimiento económico más sano que el de la eurozona. Si ese fermento puede explotar en la Gran Bretaña, la eurozona podría ser un polvorín.

“La gente que maneja a Europa se ha desconectado mucho de lo que quiere la mayoría, de lo que ha querido desde hace años”, señala Mark Weisbrot, codirector del Centro de Investigaciones Económicas y de Políticas.

Los mercados mundiales ahora están tan interconectados que cuando el dinero se desplaza con gravedad inesperada, puede provocar resultados imprevistos. Ese fue el caso en 2013, cuando la Reserva Federal anunció su intención de frenar el ritmo de sus intervenciones extraordinarias.

La Reserva había estado comprando grandes cantidades de bonos para mantener bajas las tasas de interés después de la crisis financiera. Ben Bernanke, su presidente en ese tiempo, filtró en mayo de 2013 el dato de que la Reserva iba a disminuir tales compras. El resultado llegaría a conocerse como el berrinche de la reducción, una desbocada estampida que salió de los mercados emergentes.

Argentina, Indonesia, México y Turquía vieron caer sus respectivas divisas. Las bolsas cayeron. Las empresas sufrieron y despidieron a trabajadores.

Esto podría repetirse en una época especialmente difícil. El freno de la economía china ha reducido el apetito por mercancías producidas en todo el mundo. El débil crecimiento de Europa ejerce más presiones en los mercados emergentes.

Se supone que la Reserve está al servicio de los intereses de Estados Unidos pero, como demostró el berrinche de la reducción, sus efectos se sienten en todas partes. Ahora, la Reserva está estudiando cuándo aumentar las tasas de interés, después de haberlas mantenido cerca de cero.

“Existe la posibilidad de una enorme volatilidad y de fuertes choques”, advierte Mark Blyth, economista político de la Universidad Brown. “Lo único que nadie puede decir en voz alta es que la Reserva Federal es el banco central mundial.”

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