la delincuencia encima de los ómnibus

Un punguista perdió su cédula y terminó preso

“¡Te tengo, te tengo!”, gritó la mujer mientras el ladrón huía.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El delincuente robó a la pasajera del ómnibus. Foto: Marcelo Bonjour.

Hace 15 años, en Montevideo prácticamente funcionaba una "escuela de punguistas". Sus códigos eran tres: ser sigilosos, no usar la violencia y llevarse el dinero de sus víctimas.

Todos los punguistas de antes tenían a sus mentores y dedos afilados como pianistas. Generalmente actuaban de a dos: el menos hábil o el "aprendiz" debía obstaculizar a la víctima en el pasaje central del ómnibus mientras que el otro le revisaba los bolsillos en pos de la billetera.

Para cortar el forro de la cartera o el bolsillo del traje, utilizaban como "arma" un bisturí que tenía como mango tres centímetros de una lapicera Bic cortada al medio. Con un simple encendedor calentaban el plástico y el bisturí estaba pronto para ser manipulado sin peligro de cortarse.

Los punguistas de antes respetaban las líneas de ómnibus. Por ejemplo, el que actuaba en la Línea del 103 (Los Aromos) no se subía al 60 (Buceo).

"De esa forma evitaban los conflictos", explicó a El País un exinvestigador del extinto Departamento de Hurtos y Rapiñas de la Jefatura de Policía de Montevideo.

En aquel entonces, todos los guardas conocían a los punguistas. Algunos de ellos recibían "propinas" de los delincuentes y debieron afrontar investigaciones judiciales y policiales. Sin embargo, la gran mayoría de los guardas de ómnibus alertaba a los pasajeros de lo que ocurría y solicitaban que se corrieran al fondo donde "hay lugar".

Los tiempos han cambiado. Los punguistas de ahora carecen de las destrezas y la paciencia de sus antecesores. Sus estrategias son lineales: se suben a un ómnibus, visualizan a una víctima cercana y cuando se abre la puerta para descender, le arrebatan la cartera o el celular, saltan al exterior y huyen.

El 6 de enero, un delincuente treintañero, cuyo alias es "El Rubio", esperaba el momento de robar a una víctima que viajaba en un ómnibus que transitaba por Camino Maldonado en dirección a Punta de Rieles.

"El Rubio" aguardó unos segundos a que el ómnibus comenzara a frenar antes de llegar a la parada. Manoteó la cartera pero la puerta no se abrió. El ómnibus circuló unos metros más. En ese ínterin, la víctima hizo un movimiento inesperado: se tiró encima del ladrón y comenzó a forcejear por su cartera. El delincuente con una mano trataba de contener a la furiosa víctima. Con otra tanteaba la puerta del ómnibus.

La puerta se abrió. El ladrón por fin pudo saltar al exterior. Sin embargo, no percibió que su cédula de identidad había caído durante el forcejeo con la víctima. Mientras corría a toda velocidad con la cartera de la víctima, "El Rubio" escuchó, con total nitidez, que una voz femenina gritó: "¡Te tengo! ¡Te tengo, desgraciado!".

Minutos más tarde, "El Rubio" revisó con amargura la cartera de la mujer. Sabía que su derrota era inminente.

ATRAPADO.

La mujer presentó una denuncia policial. Allí entregó la cédula del delincuente que le realizó el arrebato arriba del ómnibus.

Acostado en su catre, "El Rubio" cavilaba cómo escapar de los policías. Sabía que si lo atrapaban en la calle sin cédula de identidad, terminaría detenido en una comisaría. Allí le iban a tomar sus huellas dactilares y se descubriría que era buscado por robo.

Entonces se le ocurrió la única estrategia posible: presentarse en una seccional muy lejana a Punta de Rieles y decir que había perdido el documento de identidad.

Dejó pasar unos días para que la "cosa" se enfriara. Sin embargo, apenas "El Rubio" dio su nombre, el agente supo que estaba ante un prófugo. Llamó a otros compañeros y, en minutos, "El Rubio" ocupaba una de las celdas de la comisaría.

Ayer declaró ante el juez Huberto Álvarez y el fiscal penal Gustavo Zubía.

La Fiscalía pidió el procesamiento con prisión por hurto especialmente agravado por la modalidad del arrebato.

Álvarez envió al delincuente a la cárcel por hurto. Tenía varios antecedentes penales por otros delitos (robos y violencia doméstica).

Sin dejar de mirar al piso, "El Rubio" repetía en la comisaría: "Soy un nabo".

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