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Pez cebra: el nuevo ratón de los laboratorios uruguayos

Un grupo de investigadores del Instituto Pasteur montó un acuario con peces cebra, pequeños animales de aguas tropicales, que podrían ayudar a conocer más sobre patologías originadas en el sistema nervioso.

A la luz del microscopio, el embrión de pez cebra se mueve. A pesar de que tiene apenas dos días y aún le quedan otros tantos de desarrollo, cuando las pinzas del investigador del Instituto Pasteur, Flavio Zolessi, rompen la envoltura que lo protege mientras crece, el embrión parece nadar. Sin embargo, se trata de una ilusión que en seguida el investigador advierte: es un reflejo automático, no más que un movimiento involuntario.

Un embrión de pez cebra tiene solo cinco días para volverse un animal independiente, capaz de cazar y distinguir una presa de un depredador. Si se los compara con los nueve meses que lleva en un ser humano adquirir la baja visión, es muy poco tiempo, acota Zolessi, también profesor agregado de Biología Celular de Facultad de Ciencias.

Los embriones de pez cebra son los animales de experimentación perfectos para los investigadores del Laboratorio de Biología Celular del Desarrollo Neural del Pasteur. Son transparentes y fáciles de ver en el microscopio, se reproducen rápido, su mantenimiento es sencillo y tienen visión diurna, al igual que los humanos. Esos cinco días son, de alguna manera, una versión acelerada del proceso en el que se originan las neuronas humanas. Y no están tan lejos de parecerse: se ha comprobado que existe una similitud genética entre las especies que ronda el 70%. 

Estos vertebrados poco simpáticos que nadan de un lado a otro en el acuario del Pasteur pueden transformarse en la clave para responder a muchas preguntas sobre el desarrollo del sistema nervioso y, especialmente, las enfermedades que lo afectan. Es por esto que su uso para investigaciones científicas se ha popularizado en todo el mundo hasta el punto de señalarlos como "los nuevos ratones de laboratorio". 

Lo que hacen Zolessi y su equipo es investigación a nivel básico y se enfocan en el funcionamiento normal del sistema nervioso, especialmente de la retina, una parte del cerebro que está ubicada en el ojo. Sus estudios podrían ayudar a entender mejor patologías como la retinitis pigmentosa -la progresiva muerte de células de la retina que conduce a la ceguera-, la anencefalia y la espina bífida, defectos en el tubo neural que afectan a uno de cada 1.000 nacidos vivos y ocurren en las primeras etapas de desarrollo.

El Instituto Pasteur cuenta con decenas de pequeños acuarios en los que se colocan decenas de ejemplares de una misma cepa. Foto: M. Castiñeiras
El Instituto Pasteur cuenta con decenas de pequeños acuarios en los que se colocan decenas de ejemplares de una misma cepa. Foto: M. Castiñeiras

Una vida al servicio de la ciencia

Afuera sale el sol, pero adentro del acuario el inicio de las actividades lo marca el interruptor de luz. Allí la temperatura ronda los 26°C y en el fondo de las pequeñas peceras, las bolitas “ojo de gato” sirven como piedras que protegen a los huevos de ser comidos por los ejemplares adultos. Todo el entorno es ideal para la reproducción de los peces cebra.

Una hembra puede producir unos 300 huevos cada dos semanas. Para que lo haga, cuanto más temprano en la mañana se la junte con un macho, mejor. Los científicos saben cómo generar las condiciones perfectas para obtener la mayor cantidad de huevos y en días de mucha actividad, esta granja de peces de experimento puede generar casi 1.500 embriones. De ellos, unos pocos afortunados van a llegar a adultos.

Los pequeños huevos se retiran de las peceras, se lavan y después de unas horas de desarrollo pasan al microscopio.

Un pez cebra tiene un cuerpo rayado que intercala tonos rosado claro o gris, con azul. Son peces típicos para los acuarios y en la naturaleza suelen vivir en aguas tropicales. Aunque los del Pasteur parecen no diferenciarse mucho entre sí, pero detrás de una etiqueta que dice “Casper” se esconden dos ejemplares de piel clara sin rayas. Son versiones modificadas genéticamente para que no tengan color.

El investigador Flavio Zolessi trabaja con un microscopio de barrido láser con focal, una herramienta adquirida recientemente por el Pasteur. Foto: M. Castiñeiras
El investigador Flavio Zolessi trabaja con un microscopio de barrido láser con focal, una herramienta adquirida recientemente por el Pasteur. Foto: M. Castiñeiras

En ocasiones incluso pueden introducirles proteínas fluorescentes, extraídas de otras especies como de las medusas, para hacer brillar determinadas células bajo la luz del microscopio. De esa forma pueden seguir su desarrollo y distribución en alta resolución, gracias a un microscopio de barrido láser con focal, que según Zolessi hace una especie de tomografía del pez utilizando la luz. 

La vida de un pez cebra puede durar hasta dos años y medio en un laboratorio. Zolessi asegura que nunca estarían tan cuidados como allí: “Se los cuida tanto como lo haría un acuarista que quiere a sus peces. Nosotros les damos las condiciones para que su sobrevida sea ideal”, explica. Sin embargo, es probable que muy pocos de los 300 huevos que una hembra puede poner en una mañana lleguen a convertirse en adultos.

El trabajo de los investigadores se enfoca en el desarrollo temprano, por lo que si no tienen un interés particular en observar el crecimiento de los peces en adultos, los eliminan. Los científicos tienen una política estricta sobre la liberación de peces a la naturaleza, algo que además de ser improbable —no hay condiciones para su reproducción— sería poco ético y contra toda norma. 

“Nos aseguramos de que no se libere al ambiente una especie que no es propia de nuestro país”, explica Zolessi. El final de la corta vida de estos embriones lo da el exceso de anestésico, que permite tener la verdadera certeza de que sus creaciones no llegarán a la naturaleza ni reproducirán las modificaciones hechas por el ser humano en su ADN.

Así se ven los huevos de pez cebra. Foto: M. Castiñeiras
Así se ven los huevos de pez cebra. Foto: M. Castiñeiras
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