TIEMPOS DE ÉXODO

Pedidos de refugio crecen veinte veces en siete años

Los cubanos y libios desplazaron la supremacía de los colombianos. Experto critica los requisitos de ingreso a Uruguay para quienes necesitan visa.

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Flujos migratorios de Asia y África llegan a América del Sur. Foto: AFP

A 10 mil kilómetros de Montevideo la vida de un migrante vale entre 200 y 300 dólares. En Libia el uso de personas como mercancía es una realidad cotidiana y no un relato de esclavitud que figura en los libros de historia. Tras el asesinato del dictador Muamar el Gadafi, en 2011, la violencia en este país norafricano continuó en ascenso: guerrilleros se disputan el territorio, yihadistas buscan imponer su sistema, y en las costas han fallecido más de 15 mil hombres y mujeres en su intento de alcanzar Europa. Desde Trípoli y sus alrededores han llegado algunos de los 23 refugiados a los que el Estado uruguayo les concedió el cobijo el año pasado.

Tanto Libia como Cuba han roto en los últimos meses con una tendencia de refugios concedidos en Uruguay que lideraba Colombia desde 2012. A priori, la llegada de libios es excepcional y se le asemeja a los polizones que arriban al puerto de Montevideo a un ritmo de entre dos y cinco por año.

Cuba es, en definitiva, la nacionalidad que ha hecho cambiar la lógica de la recepción de refugiados en el último tiempo. Los más de 300 isleños que solicitaron el cobijo uruguayo el año pasado hicieron que la cantidad de solicitantes saltara de 85, en 2015, a 409 en 2016, según datos de la Comisión para los Refugiados (CORE).

¿Cómo es posible que el año pasado se hayan solicitado 409 refugios y solo se concedieron 23? Desde el Ministerio de Relaciones Exteriores explicaron que "se ha corrido la voz en Cuba" de que en Uruguay es fácil acceder a la documentación para luego recalar en un tercer país. Como a los cubanos se les exige visa de ingreso, entran en la clandestinidad desde la frontera con Brasil, y una vez en Montevideo se presentan en las oficinas de Cancillería para pedir el cobijo. Por normativa, cuando un migrante solicita el refugio no se lo puede deportar aunque haya ingresado sin pasar por un puesto migratorio. Recién en las entrevistas posteriores se les rechaza el refugio y se les comunica que deben tramitar la residencia: una trampa al sistema por las trabas que impone el propio sistema.

Más allá de esta aventura cubana, cuya ruta de tráfico va desde Guyana y Surinam pasando por todo Brasil hasta llegar a Montevideo, las cifras demuestran que "Uruguay no es ajeno al aumento de los flujos de refugiados y que el país se está recolocando como un destino seguro", explicó la docente de Antropología Pilar Uriarte.

Las solicitudes de refugio treparon de 21 a 409 en siete años. En el mismo período los refugios concedidos por el Estado pasaron de dos a 23. Entre quienes no accedieron al título de cobijo hay tres situaciones: algunos desistieron de la solicitud, otros aún no finalizaron el trámite y al resto se les rechazó.

Los seis exreclusos de Guantánamo y las familias sirias reasentadas no figuran entre las cifras. Sí están las familias colombianas cuyo "exitoso" plan se quiere imitar con salvadoreños.

Si bien no hay estudios cuantitativos, la impresión es que la mayoría de los refugiados recientes forman pequeñas familias, la edad promedio es entre 30 y 50 años, y tienen un nivel educativo muy alto", señaló Rafael Ramil, estudiante de Antropología.

"El refugiado no es un varón que viene de la guerra con un libro de doctrina", desmitificó Uriarte. "Son personas perseguidas por diferentes razones, incluso hemos tenido casos de desplazados por clima u hostigamiento sexual, y que buscan en Uruguay una ayuda que no necesariamente es económica".

Muchos de ellos, contó el estudiante Ramil, llegan sin tener muy claro a dónde están llegando. Las bondadosas normas uruguayas sobre migración y la información sobre el país que se lee en internet son a veces las pocas informaciones que traen previo al arribo.

El gobierno uruguayo, sin embargo, "no les prevé soluciones de vivienda, de trabajo o adaptación", cuestionó Uriarte, quien integra el grupo de trabajo de Facultad de Humanidades. "Es tal la desesperación, que la mayoría de refugiados llega sin un plan y los primeros días no tienen siquiera donde dormir, por eso muchos recaen en los refugios del Mides".

Hay otros refugiados que no tienen la necesidad material, pero tampoco encuentran la protección (en términos de seguridad) del Estado. En México han asesinado a más de 100 mil personas en cinco años, el comparativo a eliminar todos los asistentes a un partido con entradas agotadas en el Estadio Azteca. Y los periodistas son uno de los blancos más demandados por los criminales.

"El gobierno no está brindando seguridad a un refugiado", reconoció el periodista mexicano E., refugiado desde hace menos de un año. "No pueden tratar a todos los refugiados de forma igual: para cada trámite debo dejar mi identidad, la Policía nunca aprovechó los conocimientos sobre narcotráfico (y eso que en Uruguay pasan cosas, dijo) y el acceso a la documentación es una eternidad". Según fuentes de Cancillería, la demora actual para las primeras entrevistas de solicitud de refugio está en dos meses, por la "alta demanda".

Al periodista E. (ver nota aparte) le negaron el asilo para no "comprometerse políticamente", y solo le dieron el refugio convencional. De hecho no tiene siquiera una mutualista. En marzo sufrió un accidente, luego de que una moto siguiera de largo cuando él fue a cruzar la calle, y en la ambulancia le estuvieron dando vueltas porque no sabían a dónde lo irían a recibir. "Estuve más de una hora sin atención en el piso. ¿Acaso vale más el dinero que la vida?", cuestionó.

La única ayuda excepcional, recordó, fue que el Ministerio del Interior le dijo que podía apelar a la reunificación familiar (ver recuadro), para que trajeran a sus allegados que quedaron en una "zona segura" de México. El periodista E. se negó porque desconfía de las autoridades mexicanas que irían al encuentro de su familia y, por eso, busca sacarlos del país de otra manera.

En Uruguay, el periodista E. intenta rehacer su vida. Casi no se da con otros refugiados, un poco para resguardar su pasado y otros tanto porque apela a la integración. Un proceso que, dijo, "se hace cuesta arriba".

México: seguridad a cambio de silencio

En un estado de México, cuyo nombre no se puede mencionar, al periodista E. lo intentaron asesinar al menos tres veces. Y eso que, por momentos, contaba con la "protección" del gobierno federal. Todo por meterse con el narcotráfico, la corrupción y la violencia: todo por ejercer su profesión como se debe.

La última de las veces en que casi lo matan, ya sin tener en quién confiar, el comunicador tuvo que huir hasta que llegó a Uruguay hace menos de un año. Una amiga le dijo que lo mejor era buscar un refugio a miles de kilómetros de las amenazas constantes de grupos criminales que se han adueñado del poder desde 2006.

Solo en lo que va de este 2017, cuatro periodistas han sido asesinados en México. Y, como en más del 95% de los crímenes anteriores contra profesionales de los medios, los casos quedaron impunes. El periodista E. vio esa realidad demasiado cerca. En sus archivos llevaba contabilizados unos 5.000 homicidios documentados (no se descarta que hayan más) entre 2009 y 2013 en la zona cercana a su ciudad. Solo el año pasado hubo más de 2.500 asesinatos (de esos que llaman "ajuste de cuentas") en el país más al norte de América Latina: siete por día.

La escapada del periodista E. transcurrió en la más absoluta clandestinidad. La falta de respaldo de las autoridades lo llevó a desconfiar, incluso, de las aerolíneas de bandera nacional. Compró un pasaje de avión en el primer asiento libre que encontró en compañías extranjeras, y con una valijita salió. "La media hora de atraso hasta que despegó el avión fue eterna", recordó en su rol de anónimo en que se maneja hoy.

En Uruguay, el periodista E. pidió el asilo, una categoría que carga con un componente político, pero se lo negaron, solo le dieron el refugio "normal". Está convencido de que "el gobierno no quiso asumir una responsabilidad política", y que Uruguay "prefiere mantenerse en silencio, como si en el mundo no pasara nada".

El periodista E. notó una realidad similar en el seno de la sociedad uruguaya. Por un lado, dijo, los grupos defensores de derechos humanos apenas exigen justicia por tantos crímenes. Por otro, "hay un muy mal aprovechamiento de lo que un refugiado puede aportar, de sus conocimientos, de su formación". Hace meses que el periodista está callado. Silenciado.

La travesía para que la familia se reencuentre

Uruguay exige visa a los ciudadanos de 118 países, incluso a quienes ingresan con pasaporte de cinco orígenes de América Latina: Cuba, República Dominicana, Haití, Antigua y Barbuda, y Santa Lucía.

Todas estas nacionalidades, que representan cerca del 1% de los migrantes que llegan a Uruguay, tienen que apelar al trámite de reunificación familiar si quieren reencontrarse con sus afectos. Pero este instrumento es "prácticamente inexistente", señaló en una reciente monografía el diplomado en Derechos Humanos Adrián Becerra.

"En materia de reunificación familiar los requisitos de ingreso al territorio uruguayo exigidos a los inmigrantes de países cuyos nacionales necesitan visa para viajar a Uruguay, plantean un obstáculo muchas veces insalvable", concluyó Becerra. "La exigencia de un ingreso económico comprobable y el respaldo de un empleo formal se basa en un estándar de vida que, aunque mínimo, sobrepasa incluso la realidad de muchas familias uruguayas". Si tantas familias nacionales no podrían pasar el test por no contar con ingresos suficientes, se preguntó el investigador, "qué puede pretenderse de los inmigrantes que llegan al Uruguay escapando de la miseria".

Según el investigador, "al país se le presenta una vez más la oportunidad de participar en los flujos internacionales de migrantes con el fin de atender sus necesidades demográficas, como lo hacen las principales naciones receptoras de inmigración. Al igual que éstas, tiene también el deber de incidir en la realidad de los hombres, mujeres, niños y niñas que migran huyendo de la injusticia social en sus países de origen, evitando caer en la lógica mercantilista que considera al inmigrante un mero factor productivo, o en la lógica policial que aborda la inmigración desde el lugar de la seguridad nacional". Se trata de una reflexión no menor a la luz de las encuestas: "la mitad de los uruguayos creen que la inmigración no es una buena noticia", concluye un informe de UdelaR.

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