El Proyecto de Minería a Cielo Abierto

El paso de Aratirí: de la euforia a la desolación

Habitantes de Valentines y Cerro Chato se replantean qué hacer por el fracaso del proyecto minero.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Cerro Chato. El proyecto Aratirí significaba una oportunidad de reactivación económica y empleo. Foto: Víctor Rodríguez.

Hace dos años todo era distinto. El Parlamento había sancionado la ley de minería a cielo abierto y el proyecto Aratirí parecía comenzar a andar. La pequeña localidad de Valentines, con apenas 300 habitantes, y su vecina más grande Cerro Chato, con 3.200, veían la posibilidad de empleo para que sus jóvenes no emigrasen, pese a la resistencia que en parte de la población despertaba el proyecto por los daños ambientales.

"A mí no me importa que la gente se enoje. Yo vivo con mi hijo y mi esposo y necesito trabajar. Acá nunca hubo trabajo", decía entonces a El País Daisy, una joven que encontraba su primer empleo en la minera.

Para los más veteranos Aratirí también era una luz al final del túnel. "No quiero estar más en el seguro, quiero trabajar. Va a haber trabajo, más plata, y otro movimiento de gente. Si hoy o mañana va a haber contaminación… eso no lo sé", decía Washington, entonces de 58 años, que también había conseguido trabajo en la minera.

Dos años después las caras de esperanza se desvanecieron con la confirmación del fracaso del proyecto Aratirí. El País recorrió el jueves las zonas de Cerro Chato y Valentines, luego de sortear vía terrestre 250 kilómetros desde la ciudad de Durazno, en medio de intransitables caminos de tierra afectados por las abundantes lluvias, como la Ruta 19, plagada de pozos.

En Cerro Chato, localidad en la que confluyen tres departamentos (Durazno, Treinta y Tres y Florida), quedan pocos rasgos de la impresionante obra que desde 2009 a 2015 empleó a cientos de personas. La población no disimula la caída de la calidad de vida y los comercios sienten el impacto. Saliendo hacia Valentines, tomando Ruta 7 a unos 20 kilómetros al sur, en los campos pueden verse los entubados blancos de las perforaciones.

Además de la caída general de las ventas en comercios estipulada en un 60%, los jóvenes del lugar son los más afectados. Mientras trabajaban y percibían sus salarios, fueron cristalizando sueños, formando familia, ayudando a sus familias, alcanzando la casa propia, un predio o los insumos para construirla, o bien comprando una moto o un automóvil.

Pero ahora "tienen que agarrar para otro lado, tienen que salir a buscarla, se sintió mucho, la gente empieza a pasar mal", dice ahora Washington, exempleado del megaproyecto minero, que volvió a estar desocupado y que se dedica a realizar changas y a cuidar vacas de su propiedad.

La paralización de actividades por parte de la empresa minera frenó las expectativas de los lugareños, impactando fuertemente en todos los sectores.

Reflejando la situación, el propietario de un almacén de ramos generales, que para "no generar rispideces" pidió mantener el anonimato, dijo que actualmente la caída en las ventas en los comercios chicos como almacenes, carnicerías, supermercados y ferreterías de Cerro Chato, Valentines y Tupambaé, es del 60% en relación a los tiempos en los que Aratirí operaba.

El anterior propietario de la estación de servicio Ancap de Cerro Chato, única expendedora de combustible en la localidad, debió cerrar el local por efecto de la retirada de Aratirí. Luego apareció un comprador y el servicio nuevamente retomó funciones.

El factor desempleo es el más acuciante e impacta fuertemente en una franja etaria de jóvenes de 18 a 20 años, además de influir en la vida laboral de personas de mayor edad que también se desempeñaban en la empresa. Más de 140 jóvenes quedaron sin trabajo y no saben adónde ir, dijo Washington.

"Están esperando que les salga algo, una hija mía trabajaba ahí y ahora está viendo qué hacer; les cambió la vida, se acostumbraron a ganar unos 22.000 pesos al mes y ahora la realidad es otra, acá una estancia si te paga bien anda en 10.000, 12.000 pesos", agregó, mientras preparaba un alambrado en un predio lindero al suyo en el ingreso mismo del pueblo.

"La gurisada no andaba metida en la madrugada. El que no estaba trabajando, estaba durmiendo para ir a trabajar al otro día, ahora andan sin saber qué hacer y no es culpa de ellos", comenta otro vecino, Ramón Silvera.

"Somos redondos sí, pero no tan redondos como para no darnos cuenta; hasta parece que se ríen de nosotros, acá hay gente que mantiene una enemistad por marcar su posición en el tema, en un pueblo chico, por eso yo no converso con nadie de esto, cuando sale el tema, lo evado".

Estas palabras de don Juan Pablo Ramos reflejan las heridas que hasta ahora permanecen —aun cuando Aratirí anunció la retirada— en un pueblo como Valentines. "Si trabajaste (en Aratirí) el comerciante que estaba en contra no te vende; si estabas en contra, los que estaban a favor te ignoran", agrega con un dejo de amargura.

"Nosotros no decimos que salimos victoriosos, tenemos un espíritu contemplativo y respetuoso", señala Fernando Larrosa Rodríguez, pequeño productor que desde los inicios del conflicto se mostró contrario a la llegada de Aratirí, integrando la Mesa de Productores de la Ruta 7.

Descarta que quienes rechazaban el proyecto sean "terratenientes" o grandes productores. "Ante la opinión pública, el que no conoce, se come ese verso de alguna manera, yo creo que todos debemos ser un poco más inteligentes y aquí no importa si sos grande, mediano o chico. Primero que nada son pequeños establecimientos de un promedio de 500 hectáreas, pero casi todos son productores familiares; eso fue una manera de querer justificar el emprendimiento (por parte de Aratirí"), señala.

"Sin ir más lejos, el presidente de la República en su momento, José Mujica, en su audición dijo que iban a entrar mil millones de dólares por año; esa misma tarde el ministro de Industria, que era (Roberto) Kreimerman, dijo que eran 400 millones. Toda una gran improvisación", dijo Larrosa a El País, aclarando que su opinión es personal y apolítica.

"El único que se mantiene es el sereno".

Los portones que dan a lo que era el sector de oficinas, galpones y contenedores que Aratirí tenía en Cerro Chato a una cuadra de la iglesia, están cerrados con candados. "Va un sereno, es el único que se mantiene", dijo un vecino. Solo un sector del lugar mantiene actividad, pero está a cargo de una empresa de molinos de viento que se estableció en la zona y alquiló el inmueble.

Ahora, con otro nombre, el grupo indio Zamin Ferrous (Aratirí) negocia con el gobierno cómo salirse. Aratirí compró una sociedad anónima denominada Invertexi para este proceso. Como presidente de Invertexi figura un chofer de la Junta Departamental de Montevideo. Raúl Viñas, referente del movimiento "Uruguay Libre", que se opone a la minería metalífera a cielo abierto, dijo a El País que la posible explicación de la presencia de Invertexi es que el grupo Zamin Ferrous quiera venderle al Estado los datos geológicos de la zona de Valentines para recuperar parte de la inversión en exploración que rondó los 170 millones de dólares.

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