Alfredo Evangelista aún se emociona al ver la pelea con Alí, hace 38 años

"Aquella noche peleé con Dios"

Sylvester Stallone estaba filmando Rocky II cuando le presentaron a Alfredo Evangelista, entonces de 22 años. El uruguayo, que acababa de obtener la nacionalidad española, estaba con un grupo de boxeadores, entre ellos Mano de Piedra Durán. Stallone le estrechó la mano a Evangelista y le dijo: "Me inspiré en vos para hacer Rocky. Vi tu pelea con Alí".

Evangelista cruza los dedos sobre los labios —un gesto que repite varias veces a lo largo del día—y exclama: "¡Te juro por Dios que no miento. Fue así!".

Uno de los mejores boxeadores uruguayos de la historia, siete veces campeón europeo, rival de gigantes como Alí, Larry Holmes o Leon Spinks, sigue pareciéndose a un niño, a los 60 años. Conserva el aire bonachón, la humildad y una mirada que se deslumbra ante cualquier cosa que observa. Ayer de mañana, cuando salía de la zona de arribos del Aeropuerto de Carrasco, al cruzar la puerta de cristales, los ojos se le iban de un lado al otro mirando a las decenas de personas que aguardaban la llegada de viajeros de España. Parecía buscar a alguien que lo reconociese. Habían pasado 14 años desde la última vez que pisó Uruguay.

Lo esperaban en el vestíbulo dos hombres de monumentales calvicies: Tito Montiel y Marco Rodao, presidente y secretario de la Federación Uruguaya de Boxeo; también lo bienvenían el representante de artistas Carlos Arrúa, el ex boxeador Miguel Gilardoni y Robert Leyva, entrenador del Palermo Boxing Club. Todos ellos reconocibles por su nariz profesional.

Evangelista, que empujaba en un carrito dos valijas medianas y un estuche negro de tela, extrajo dos cinturones; uno de los siete que ganó en los campeonatos de Europa, y otro flamante, rojo y dorado, que le entregaron el año pasado en Miami cuando ingresó al Hall de la Fama por su carrera deportiva.

"De los cinturones europeos solo me queda éste y otro que tengo en España. Los demás los regalé todos", dice.

Lucía cansado, casi abombado como si saliera del ring. "Volé 12 horas en un asiento así de estrechito. No pude dormir".

Cuando no habla de box, habla de Peñarol

"No conozco en persona a Luis Suárez, ni a Messi ni a Neymar. Ese tridente es terrible, y pese a que Messi está lesionado, siguen jugando a mil. Me encantaría conocer sobre todo a Luis".

Desde que vive en España, Evangelista sigue al Barça. "Siempre fui contra del Real Madrid, porque era el rival histórico de Peñarol. Desde niño soy hincha aurinegro", dice el boxeador, y recita de corrido la mítica formación del 66: Mazurkiewicz-Lezcano-Varela-González- Gonçalves-Caetano- Abbadie-Cortés-Rocha-Spencer y Joya. "Ese sí que era un cuadrazo".

Veinte minutos después, Alfredo “Bichuchi” Evangelista estaba en la habitación 1001 del Hotel Intercity. Se acercó a palpar la cama king-size. “Es dura”, dijo elogiando el colchón.

Depositó una de las valijas, la abrió y lo primero que sacó fue un traje gris con rayitas, lo colgó en la percha del armario y lo alisó con las manos. “Este es nuevo. Es el que voy a ponerme el sábado en el Club Colón, para la gala de los 100 años de la Federación. Me voy a poner una camisa rosa, muy delicada, que me compré en Madrid”.

Después se metió en el baño, abrió la canilla y se lavó la cara. Agarró el cepillo de dientes y buscó la pasta. No había. “En el avión no te dejan llevar pasta de dientes… Bueno, me arreglo con esto”, dijo y cazó el frasquito de champú.

“¡Hace burbujitas! ¡Qué gusto horrible!”, balbuceaba mientras se cepillaba la dentadura.

Cien kilos


Abajo, en el Bossa Restobar, los ex boxeadores habían armado una mesa para diez mientras esperaban que Evangelista se duchara. Hablaban de box (¿de qué podían hablar?), recordando a figuras uruguayas de todos los pesos: medianos, ligeros, gallos y plumas, cuando bajó el invitado, único peso pesado de la tertulia, con el rostro afeitado, el pelo cepillado y húmedo y una camiseta de algodón con su foto impresa de joven, cuando llevaba el cerquillo a la moda de Los Beatles.

Alguien le palpó la cintura, algo abultada. “¿Cuánto estás pesando ahora, Alfredo?”

“Me pesé hace unos días: 101 kilos. Aunque llegué a estar en 116. Ahora en el gimnasio de Zaragoza, donde entreno a quince chicos, pude bajar de peso, pero es difícil. Cuando peleé con Alí pesaba 93 kilos. Ese es mi peso ideal. No sé si volveré a tenerlo algún día. Anoche nomás, antes de tomar el vuelo, me fui a comer en Madrid con un viejo boxeador uruguayo. Arroz con langosta y mariscos. Me comí mi plato y lo que dejó mi amigo”.

Del hotel, Evangelista se marchó en auto al estudio de El País TV, donde Jorge Savia iba a entrevistarlo. Hablaron de boxeo, como es lógico. El ex campeón europeo recordó cómo llegó desde España a Estados Unidos, donde viajó “engañado”. “Un día, Martín Berrocal (su representante español) me llevó al aeropuerto y me dijo: ‘Nos vamos a París’. Yo fui, distraído como era. Arriba del avión me dijo: ‘Alfredo, no vamos a París. Estamos volando a Nueva York. Vamos a firmar la pelea con Muhammad Alí’. Yo me quedé helado en el avión”.

“En Nueva York me metieron en una sala llena de fotógrafos. Había flashes por todos lados, y ahí estaba Alí.

Durante el pesaje, el más grande boxeador de todos los tiempos desplegó su acostumbrado histrionismo. Sacó un pañuelo blanco y se lo agitó ante la cara: “Voy a torear a ese toro”, fanfarroneaba.

Un ayudante del famoso empresario Don King, que patrocinaba la pelea, le susurró al oído de Evangelista: “Decile que es un viejo. Se va a enojar”.

El boxeador masculló unas palabras, Alí amagó atropellarlo y Don King se colocó en medio.

La pelea

El 16 de mayo de 1977. Alí y Evangelista combatieron en el Capitol Centre de Landover, Maryland.
“Aquella noche peleé con Dios”, sentenció el púgil.

En los primeros seis rounds, el dominio de Alí fue casi total. Al igual que lo que hacía con otros boxeadores, el campeón mundial se burló del uruguayo. bailoteando en el ring

En el séptimo, Evangelista combinó golpes que impactaron en el rostro de Alí. El campeón se tiró contra las cuerdas y fingió estar vapuleado.

“Alí era muy listo. Yo sabía que no podía ir hasta las cuerdas. Lo esperaba en el centro y allí boxeaba”, dijo Evangelista.

Para el uruguayo, en el round 12 pudo ganar la pelea. “Ese round siempre lo tengo presente. Lo repaso en video y me digo: ‘Ahí lo tenías... Si hubiera entrado ese gancho...’

Evangelista aguantó los 15 asaltos sin caer a la lona. Los tres jueces le dieron ganador a Alí por escaso margen.

El cielo y el infierno

Después vino la gloria. En Estados Unidos conoció a todas las celebridades cercanas al boxeo y al ambiente de Las Vegas: Frank Sinatra, Gregory Peck, Telly Savalas, Robert Redford…, “y a actrices y mujeres bonitas, que no voy a nombrar por si mi esposa lee este reportaje en España”.

Tocaba el cielo con las manos y algunas noches, incluso, veía las estrellas desde la cama.

Don King lo llevó a su mansión en Nueva York. Allí estuvo unos días. “Nunca había estado en una cama como esa: una cama redonda. Te movías y no te caías al suelo, siempre había cama alrededor. La habitación tenía un techo de cristal y de noche, cuando te acostabas, podías ver las estrellas”.

En ese lugar, el uruguayo recordó el humilde camastro de su niñez, una ruina con elástico vencido, un colchón de harapos y unos sacos viejos de su padre como frazadas.

Podía haberse quedado en EE.UU., donde tenía por delante una carrera formidable. Pero prefirió volver a España. No todo fue una vida de rosas.

La vida nocturna, el ambiente de los boliches, la fama y las amistades de turno lo confundieron. “Yo era muy joven. Me había criado en la pobreza y estaba nadando en dinero”.

En una redada, cayó con 14 gramos de cocaína encima. Lo acusaron de tráfico de drogas.

“Me dieron ocho años y un día. Cumplí cinco”.

El púgil resume esa época de su vida en una frase: “Llegué a tocar el cielo y el infierno”.

Aquel paréntesis de hierro fue un bache en su vida, pero no el peor. Siempre está presente su infancia en Villa Española.

Regreso a la isla

En 1974, cuando tenía 19 años, el entrenador cubano “Kid Tunero”, amigo de Ernest Hemingway, buscaba un peso pesado para llevarlo a pelear a España. Le hablaron de Evangelista. Tunero se lo llevó sin papeles a España.

Horas antes de partir, su madre le dijo: “Hijito, te vas a ir solo. Sos muy joven. Te puede pasar cualquier cosa allá”.

Evangelista la miró y le dijo: “Mamá, quiero salir de esta miseria y sacarte también a vos. Tengo que ir”.

El padre de Alfredo ya no vivía en casa. Un buen día se marchó, haciendo autostop, con la mira en Estados Unidos.

Alfredo juntó sus ropas en un pequeño bolso. Detrás quedaba un rancho de lata ubicado en “La Isla”, un caserío cargado de miseria, en Gobernador Viana 3126 y Tomás Claramunt.

Ayer de tarde, Evangelista volvió al barrio. Todo estaba cambiado desde la última vez que visitó su casa en 2001. Los amigos de antes habían fallecido o se mudaron a otras zonas.

Evangelista entró en el rancherío, donde hoy viven algunos primos y sobrinos, todos de apellido Evangelista. Al fondo de un pasillo, con construcciones de bloques que revelan una pobreza inaguantable, se encuentra el antiguo hogar del boxeador: un rancho de lata de 9 metros cuadrados.

Miró al cronista y dijo: “Quiero que conozcas de dónde salí. Lo digo con orgullo. Nunca me olvidé”.

Fue a la búsqueda de su padre en Panamá

Poco después de que Evangelista cumpliera ocho años, su padre se fue de la casa buscando escapar de la miseria. Le dijo a su esposa: "Vuelvo si hago plata".

Como no tenía dinero para el pasaje, cruzó América del Sur en autostop. Y recaló en Panamá. Evangelista ya era un púgil consagrado en Europa cuando recibió una carta anónima que le indicaba dónde se encontraba su padre. Se tomó el primer avión a Panamá. Se fue hasta el barrio y comenzó a caminar buscando la casa, que no tenía número. Se le acercó una señora, embarazada y con tres hijos pequeños. Le dijo que era la actual pareja de su padre. "Estos son tus hermanos".

Alfredo se quedó duro. La mujer le explicó que su padre estaba haciendo changas y volvería en un rato.

El boxeador compró comida para los niños: leche, manteca, bizcochos, y estuvieron en el rancho familiar esperando al padre.

Al otro lado de la casa había un descampado. Por la ventana, la mujer le señaló a un hombre cojo que venía cruzando el terreno. Desde el umbral de la casa, Evangelista chifló. "Era un chiflido característico que usábamos mi padre y yo". El hombre quedó tieso.

Se dieron un largo abrazo, como dos boxeadores extenuados en el ring. No había árbitro que los separara.

En su interior, Evangelista acariciaba una idea. "Quería volver a casar a mis padres en España". Y, al final, lo consiguió, los volvió a unir en Madrid. El boxeador cumplió su promesa y siguió mandándole dinero a la mujer panameña y a los niños. "Lo hacía a escondidas, porque no quería que mi madre supiera". Pero la madre se enteró. Un día, mientras el marido estaba durmiendo la siesta, "mi madre le entró a revisarle la billetera y se encontró con las fotos de los tres hijos que tenía en Panamá. Mi padre le contó entonces toda la historia".

"Le dije a mi padre que me lo iba a llevar a España. Me dijo que tenía tres hijos y una mujer que estaba esperando el cuarto. Yo le dije: No importa, yo lo arreglo. Le mando plata todos los meses para mantenerla".

"Cuando llegué a casa, yo volvía de una pelea y vi a mi madre con la cara larga. ¿Qué te pasa, mamá, que estás con esa cara?. Me contó lo que había descubierto y supo que yo les estaba mandando plata todos los meses".

Años después, en Estados Unidos. Alfredo volvió a encontrarse con sus medio hermanos. "Fue en 2008, en Las Vegas. Ahí también vi a Alí, por última vez", dijo.

"Las manos le temblaban".

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