EL ACORAZADO DEL RÍO DE LA PLATA

Murió en Uruguay el último sobreviviente del Graf Spee

El militar alemán e ingeniero Hans Eubel residía en Punta del Este desde 1981.

El capitán Langsdorff ordenó echar a pique el acorazado el 17 de diciembre de 1939. Foto: AFP
El capitán Langsdorff ordenó echarlo a pique el 17 de diciembre de 1939. Foto: AFP

En Punta del Este, el pasado jueves murió el alemán Hans Eubel, último sobreviviente del acorazado Graf Spee, hundido en el Río de la Plata en 1939. Eubel había cumplido los 101 años y estaba radicado en Uruguay desde 1981, cuando llegó junto a su esposa argentina de padres alemanes. Los familiares no difundieron las causas de su fallecimiento, según informó ayer la agencia DPA y la emisora local FM Gente.

Después de aquel episodio bélico, y una vez que Hans Eubel arribó a Buenos Aires, había sido internado primero en la Isla Martín García y en 1943 en Sierra de la Ventana.

Cuando ya estaba completamente recuperado, en 1946 fue repatriado a Alemania.

Transcurridos los juicios y al ser liberado por las Fuerzas Aliadas, Hans Eubel había logrado completar sus estudios de ingeniería y regresó a Argentina en 1949.

En el país vecino trabajó en importantes obras de ingeniería hidráulica en la Capital Federal, la provincia de Buenos Aires y Santa Fe. Se retiró de la vida laboral en 1981, año en que decidió cruzar el charco y afincarse en el departamento de Maldonado, ya que muy bien conocía la península por haberla elegido durante décadas como su lugar de veraneo.

Durante la Segunda Guerra, Hans Eubel era un avanzado estudiante de ingeniería, y en las acciones desarroladas por los alemanes en el Atlántico Sur estuvo a cargo, con 22 años de edad, de los lanzamientos del avión Arado y de la dirección de tiros de torpedos.

Setenta años después de que zarpara el acorazado "de bolsillo" alemán desde el puerto de Wilhelmshaven el 21 de agosto de 1939, y aún después de la derrota sufrida en aquella batalla del Río de la Plata, Hans Eubel declaraba que "habiendo jurado la bandera como todo soldado de carrera, naturalmente volvería a cumplir las órdenes impartidas. Todo el que participa de la guerra tiene que defender su patria. El destino resuelve si sobrevives o no, pero el honor del soldado es ese". Sobre su elección de Punta del Este había dicho a El País: "Me parece un excelente lugar para pasar aquí mis últimos años".

Eubel fue uno de los más de 1.000 marinos alemanes que después del hundimiento del Graf Spee fue llevado a la Argentina.

En el puerto de Montevideo descendieron solo los cerca de 60 heridos, de los cuales se quedaron a vivir 11. También fueron sepultados en el Cementerio del Norte los 36 marinos muertos en el enfrentamiento del acorazado alemán con las naves inglesas Exeter, Ajax y Achilles, ocurrido el 13 de diciembre de 1939, el único episodio de la Segunda Guerra que se desarrolló en tierras sudamericanas.

Un acuerdo inicial había determinado trasladar a 300 oficiales y suboficiales a una base naval en la isla de Martín García, y distribuir al resto de la tripulación en grupos de 100 en ciudades argentinas como Florencio Varela, Rosario, San Juan, Córdoba, Mendoza y Santa Fe.

Los que allí se casaran, como quienes lo hicieron en Uruguay, no serían obligados a volver a Europa.

En tres años, a partir de enero de 1940, unos 200 hombres hicieron su camino de regreso a Alemania, la mayoría de ellos se había desempeñado como técnicos con conocimientos de gran demanda en la Kriegsmarine.

Un episodio que hizo ver la guerra de muy cerca.

El alemán Hans Eubel era el último sobreviviente del acorazado Graf Spee, hundido en el Río de la Plata en diciembre de 1939. El acorazado modelo era orgullo de la marina nazi y fue sorprendido y acorralado en aguas uruguayas por los cruceros ingleses Ajax, Achilles y Exeter. El enfrentamiento, conocido como Batalla del Río de la Plata, fue el único episodio de la Segunda Guerra Mundial que se desarrolló en Sudamérica. El Graf Spee fue a la postre hundido por su capitán Hans Langsdorff cuando se le negó cualquier chance de reparaciones. Langsdorff, quien después se suicidó en un hotel de Buenos Aires, consiguió impedir con el hundimiento que los ingleses accedieran a conocer la tecnología que contenía la nave.

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