entre balas y estigmas

“Está todo bien hasta que en un momento explota”

Los Palomares de Cerro Norte, un lugar en el que gente de trabajo convive con un puñado de narcotraficantes

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Unas 6.000 personas viven en el complejo 19 de junio. Foto: Francisco Flores

Es viernes de semana de Carnaval, son las dos de la tarde y empieza a hacer calor después de una mañana fresca. En los pasajes del complejo habitacional 19 de Junio, conocido afuera como Los Palomares, algunos niños corretean y otros andan en bicicleta.

Los adultos clavan la mirada en los desconocidos visitantes pero aflojan cuando ven que van acompañados por referentes del barrio. Grupos de adolescentes y jóvenes se reúnen y buscan sombra en las esquinas. Fuman y conversan tranquilamente.

Mirta Castro se autodenomina “la abuela de Cerro Norte”, medio en broma y medio en serio. A sus 81 años tiene 20 nietos y 20 bisnietos, pero si fuera por ella adoptaría a todos “los gurises” que vio crecer en el complejo.

Cuando se los encuentra así, perdiendo el tiempo, le duele el alma. Cálida, saluda a cada uno con un beso y ellos le responden con respeto: “Hola, abuela”. Piensa que deberían tener “actividades acordes a su edad”, porque si no darán “un paso en falso”, y luego otro, y eso “solo se profundiza”. Hay unos cuantos que ni estudian ni trabajan.

Entre las estructuras de bloque que abarcan cuatro manzanas, los corredores se han vuelto pasadizos angostos, de apenas un metro y medio.

Hace 34 años, cuando Mirta llegó con ilusión desde su Cerrito de la Victoria, había más espacio para circular. Con los años los vecinos fueron levantando muros de contención frente a sus casas. Un poco por privacidad, otro poco por protección. El complejo se fue convirtiendo en un gigante casi blindado, perfecto para escabullirse. La estructura colabora con la delincuencia.

Mario, un padre de tres niños que trabaja en el puerto y hace changas, vigila el correteo de sus hijos y el de todas las criaturas del pasaje 59. Dicen que por ese corredor que luce tan familiar ha pasado de todo. Él no lo desmiente. “De repente está todo bien, pero de un momento al otro empiezan (los tiros). Es Cerro Norte esto. Cuando explota, explota. Puede pasar cualquier cosa”.

En las últimas dos semanas Cerro Norte fue escenario de muertes, incautaciones, enfrentamientos con la Policía. En un radio de no más de 15 cuadras asesinaron a tres hombres y un niño recibió en su rodilla el impacto de una bala perdida. El primer muerto se atribuyó a un problema por drogas y el tercero al robo de una moto. Del segundo no se supo nada.

Consultado por El País, el jefe de la Policía de Montevideo, Mario Layera, afirmó que las bandas en disputa “no son estáticas”, no son siempre las mismas, y que últimamente se ha detectado el “contacto con gente de otros barrios que utiliza Cerro Norte como escenario para desarrollar actividades criminales”.

Explicar el conflicto como una guerra entre dos grupos es recurrir a una simplificación, dijo.

Admitió que a la Policía le ha llegado la información de que quien comanda la banda principal es Luis Alberto “Betito” Suárez, preso en el Penal de Libertad. De hecho, en 2009 varios familiares de Suárez fueron procesados por integrar una red de narcos orientada por el conocido delincuente. Layera advirtió, sin embargo, que no han podido “confirmar” que él siga detrás de todo esto.

Cuando Cerro Norte explota, como dice Mario, nadie ve nada. Cada uno entra a su casa, se preocupa por mantener a salvo a los suyos y espera a que cesen las detonaciones. Después sobreviene un silencio largo hasta que alguien se anima a asomarse.

Nadie sabe nada tampoco de las bandas: ni quiénes son, ni cuántos, ni dónde viven. Solo dicen que no son de allí, que vienen de afuera. Pero aunque supieran, no quieren hablar de eso porque sostienen que no es su tema y que contribuye a reafirmar que su hogar es “zona roja”. “Yo, ciega, sorda y muda”, se ataja Mirta.

Los vecinos sienten el peso de estar en la mira de la crónica policial y aseguran que lo que se dice sobre su barrio está plagado de mentiras y exageraciones. Dicen que no es cierto que 60 personas resistieron a la Policía; que es falso que no se pueda entrar a su barrio (“ya lo ves, tú lo recorriste y no te pasó nada ni tuviste un mal momento”).

En 19 de Junio viven unas 6.000 personas. La inmensa mayoría son niños. Conviven albañiles, enfermeros, carpinteros, empleadas domésticas, bomberos y hasta policías.

El concejal municipal Víctor Hugo del Valle, del Partido Nacional, dijo a El País que estima que el 95 % es gente de trabajo y que los problemáticos son apenas 100 o 150.

En la misma línea, la concejal municipal Adriana Rojas, frenteamplista, comentó que los habitantes del complejo conviven con los delincuentes. “La vida en el barrio es todos los días. Hechos como los de esta semana los afectan mucho. Además, los narcos encuentran lugar allí pero no son de toda la vida”. (Lea el informe completo en la edición impresa de El País o suscríbase a la edición digital)

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